Rompamos la baraja

Reunión de ciudadanos indignados en Guadalajara. // Foto: lacronica.net

Reunión de ciudadanos indignados en Guadalajara. // Foto: lacronica.net

Por Yago López

No seré yo quien peque de cinismo y asegure que la crisis es una oportunidad para reinventarse. Harto estoy de ver cómo a los nuevos profetas del emprendimiento se les llena la boca diciendo que hay tanto parado porque la sociedad carece de vocación empresarial, no hay ideas y cuando las hay falta valor para llevarlas a cabo. Vamos hombre, a quién pretenden engañar. Lo que les falta a los desempleados es pasta, un papá que les monte el negocio, o bien que cambien de arriba a abajo las reglas del juego.

Con todo esto no quiero decir que no sea positivo que las personas tengan proyectos empresariales e intenten llevarlos a cabo. Y no pierdo de vista que falta mucha formación a la hora de constituir una mercantil, y que la administración lejos de incentivar las iniciativas deja caer sobre los emprendedores todo el peso de la burocracia y encima cobra, y no poco, por ello. Pero no confundamos los términos. Un parado de larga duración no deja de montar su empresa porque le falten agallas. Igual que la crisis no trae la mayor de las veces aparejada una oportunidad, sino un drama.

Eso sí, dado que la situación general de nuestro entorno no parece mejorar, y las promesas de crecimiento económico y aumento de empleo del Partido Popular se han quedado en agua de borrajas, y, además, la oposición socialista sigue insistiendo en las mismas recetas que le llevaron a perder estrepitosamente en las urnas sin aportar una sola idea novedosa, quizá ha llegado el momento de romper la baraja, ya que no nos dejan jugar.

Todas aquellas propuestas del 15-M parecen haber caído en el olvido, al menos en lo que al Gobierno se refiere, que es quien al final toma las decisiones. A la primavera de la esperanza le ha sucedido un otoño de protestas y, o mucho me equivoco, ahora se avecina un invierno de resignación.

¿Y qué nos queda? Pues mucho por hacer. Hablaba hace unos meses con un profesor de política de Madrid, Carlos Taibo, en su visita a Guadalajara precisamente sobre esta cuestión. Cuando después de salir a la calle, mostrar públicamente la indignación mayoritaria de la sociedad y poner sobre la mesa la necesidad de modificar de manera estructural el modelo de organización, llegan las elecciones y los políticos barren las propuestas, gritan gana la banca, y se pasan por el forro la participación ciudadana.

Taibo aseguraba, y en eso coincido plenamente, que es necesario seguir reclamando nuestros derechos en la calle y aprovechar la herencia del 15M, que ha dejado algo tan positivo como la unión ciudadana en los barrios, para organizarnos. Y ahí precisamente quería ir con este artículo. El modelo de vida que hemos llevado, o nos han impuesto, según se mire, tendía cada vez más hacia el individualismo y funcionaba en la medida en que casi toda la población era autosuficiente. Pero ahora el panorama ha cambiado radicalmente y, visto que nuestros dirigentes van a lo suyo, debemos cambiar las cosas desde abajo.

El concepto de comunidad debe recuperar el valor que ha perdido. Debemos reunirnos en los barrios y aprovechar las sinergias que puedan surgir entre los habitantes que los componen. El poder de los bancos, por ejemplo, no surge de la nada, se lo dan los ciudadanos que depositan allí su dinero. No digo con esto que guardemos los ahorros bajo el colchón, pero potenciemos la economía social y apostemos por la banca ética.

No podemos cambiar de golpe y porrazo la reforma laboral, pero podemos no alimentar a las empresas que oprimen a sus empleados y orientar nuestro consumo a modelos saludables de negocio, donde se respeten los derechos de los trabajadores, y modificar así el espectro empresarial. Lograr que la patronal de este país se comporte dignamente de una vez, aunque solo sea por interés. Ha llegado la hora de cambiar nuestros hábitos de vida si es que queremos realmente construir un lugar más justo donde vivir. Si no lo hacemos ya sabemos lo que toca, por no hablar de lo que nos espera, que pinta aún peor.

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