El equipo, el entrenador y el palco

Interior del centro de interpretación de Checa, en el Alto Tajo. // Foto: Amaia Goicoechea.

Por Rubén Madrid

Escuché una vez decir al entrenador de fútbol Luis Aragonés que los jugadores de la plantilla que tenía a su cargo en cada momento eran siempre los mejores del mundo. Así lo creía y así lo hacía creer a sus muchachos. Y ciertamente los Findi, Luque y Eto’o de aquel Real Mallorca de la temporada 1999/2000 no ganaron la Liga, pero conquistaron los puestos de Champions con el aliento del sabio de Hortaleza diciéndoles que para él eran insuperables, aunque las portadas fuesen para el Real Madrid de Raúl, Roberto Carlos, Casillas y compañía que, por cierto, quedaron quintos.

Llama la atención que el consejero de Cultura y Educación, Marcial Marín, no tenga en tan buena consideración a su equipo. Que vea tan incapaces a sus muchachos de asumir el objetivo: hacer rentable una infraestructura cultural o turística, como sí cree que lo pueden hacer otros chavales que no son de su cantera.

¿Han funcionado tan rematadamente mal hasta ahora el teatro Moderno, los parques arqueológicos o los centros de interpretación cuyo modelo de gestión hay que “repensar”? Una vez más, ¿sólo nos vale la rentabilidad económica? Y, en ese caso, ¿cómo es posible que la mera cesión de la gestión a una empresa pueda hacerlos “rentables” y que la Administración regional sea incapaz de ello, como implícitamente reconoce con sus palabras? Si una empresa puede sacar beneficios al cabo de un año de gestión de la Cueva de los Casares, pongamos por ejemplo, ¿por qué no aprovechar esos excedentes para las maltrechas arcas regionales?

Evidentemente, los zoquetes no entendemos de economía.

A partir del día 1 se abre el concurso para la gestión de los parques arqueológicos, como el de Recópolis de Guadalajara; y los centros de interpretación turística de Corduente, Orea, Checa, Zaorejas, Mandayona y el Hayedo de la Tejera Negra. En el aire están el teatro Moderno y la Cueva de los Casares.

Parque arqueológico de Recópolis. // Foto: A.G.

Los ciudadanos nos hemos gastado antes de ayer más de un millón de euros en el centro de interpretación de Checa, por poner un ejemplo. Otros más de dos y medio de nuestros impuestos han ido a parar a los centros del Parque Natural del Río Dulce, Mandayona y Pelegrina. El coste en excavaciones, musealización y apertura al público de la ciudad visigoda de Recópolis durante los últimos años resulta difícilmente calculable, por el volumen y la cantidad de partidas orientadas a este parque arqueológico. ¿Regresarán a las arcas regionales estas inversiones? ¿Nos basta, después de hacer estos desembolsos, con que una empresa nos haga perder de vista el gasto que nos ocasionan las facturas de la luz y el sueldo de un puñado de empleados?

Dice el consejero que hay muchos particulares interesados en Recópolis. ¡Desde luego!

Uno puede creer más en un modelo de gestión público o en otro privado. Lo que se pediría siempre es honestidad. Nos están acostumbrando demasiado a que los ciudadanos sembremos, aun cuando cada vez tenemos menos semillas, y otros pocos cosechen. Se puede entender que la Junta decida que una empresa privada invierta en la construcción de un centro y, por tanto, lo explote una vez abierto para amortizarlo y sacarle provecho. Resulta inadmisible, en cambio, ‘regalar’ unas instalaciones pagadas por todos para que un gestor privado saque la rentabilidad que no saben o no quieren sacar los señores a los que, una vez más, pagamos entre todos, desde el consejero hasta el último funcionario de su Consejería.

Y, por cierto, quedan dos dudas sin resolver: ¿cómo hará rentable una empresa Recópolis? ¿Subiéndonos el precio de las entradas a las instalaciones que nosotros mismos hemos pagado de nuestro bolsillo? Habrá que explicarlo.

“Los centros de interpretación van a seguir, pero bien gestionados por empresas privadas”. El mensaje no tiene doblez: las administraciones administran mal por naturaleza. Marín se reconoce tan mal gestor como el peor de los gestores socialistas. Sólo hay dos opciones: falla el entrenador o falla la plantilla. Sabemos lo que haría Luis Aragonés en ambos casos: en el primero, marcharse; en el segundo, dar ánimos a los suyos y convencerles de que son “los mejores” para cumplir con los objetivos. Habrá balance a final de temporada: si la afición se siente agraviada, acabará pitando al palco, a la Presidencia.

3 pensamientos en “El equipo, el entrenador y el palco

  1. En mi opinión, es simple cuestión de números y radica en el significado que para alguien tiene “buena gestión”. Para unos simplemente es hacer que el balance cierre en positivo cada año, y sino, pedir ayuda a papá Estado, para otros es hacer que las cosas funcionen verdaderamente bien, otorgando unos estándares de calidad elevados y de relación justa con los trabajadores.

    No es que las administraciones gestionaran mal, es que su objetivo era el de prestar el mejor servicio posible para todos de forma sostenida en el tiempo y proporcionando a sus trabajadores unas condiciones laborales y salariales dignas y acordes con su función. Y si el balance era en rojo, no había problemas, porque era un servicio público que debía ser asequible al ciudadano con unos estándares altos de calidad.

    ¿Qué esto podía ser mejorable en términos económicos? Claro. ¿Qué un gestor privado va a mejorar la gestión? Falso. Lo que hará es cuadrar su cuenta de resultados a base de un precio más elevado por un servicio de inferior calidad, dependiendo éste de sus necesidades de negocio; infinitamente peores condiciones laborales para sus trabajadores (aquí está el principal pellizco), y explotando una infraestructura por la que apenas pagará una ínfima parte de su coste real a través de un arrendamiento simbólico.

    En caso de que se deteriore por su uso, la administración pagará. Si las entradas me salen muy caras, la administración pagará una parte, no vaya a ser que se eche la gente encima del político de turno… Consecuencia: negocio redondo y beneficio a unos pocos bolsillos, en lugar de revertir en la sociedad en forma de mejores servicios.

    Y lo malo de todo esto no es que se haga, es que se hace con plena premeditación pese a no haberse anunciado, sin avisar y sin dar explicaciones de ello, saliendo por la tangente con mentiras o con el desprestigio de los trabajadores de lo público debidamente calculado para encumbrar a la clase empresarial. Marín ni ninguno de sus compañeros se ha planteado nunca cómo reducir costes del servicio sin variar el modelo. Desde el principio ha querido denigrarlo, aniquilarlo, y luego mal venderlo, quedando los cadáveres de trabajadores con condiciones laborales dignas por el camino para ser sustituidos por otros mucho menos costosos en lo que es una privatización total del turismo que se ampliará después a la cultura.

    El premio ya se recogerá luego. Ya se sabe, hoy por ti, mañana por mi, pero que controlando el tablero nos mantengamos siempre los mismos.

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