La dignidad del río Henares

Jornada de limpieza del río. // Foto: ACAmbientales.

Jornada de limpieza del río. // Foto: ACAmbientales.

Por Rubén Madrid

El río Henares, al que usted seguramente da la espalda sin saberlo, estaba allí mucho antes que todos nosotros.Y permitan tamaña perogrullada para llamar la atención sobre un asunto verdaderamente importante: la necesidad de que siga ahí también mucho después que todos nosotros.

La antigüedad del Henares como un río de referencia para los hombres y mujeres la testifican los yacimientos paleolíticos y neolíticos que se asientan en sus orillas, pero también el puente árabe de Guadalajara saltando de siglo en siglo sobre sus aguas o la presencia de la cuesta alcalaína del Zulema en la más universal de las obras escritas en castellano, El Quijote. También el Cantar del Mío Cid nombra el río, como el Libro del Buen Amor, ‘La Galatea’ -de nuevo, Cervantes- o, con amplias referencias, el ‘Alfanhui’ de Ferlosio, que luego dedicaría otra obra al Jarama, con el que el Henares rinde cuentas en San Fernando. Quevedo, Lope, Unamuno o Azaña dan también noticia literaria de la vieja impronta del río en estas tierras.

Por su parte, los más viejos recuerdan un río que para aquellas generaciones fue un lugar de recreo que les ha dejado entrañables recuerdos. Hubo un tiempo, pues, en que nuestros abuelos se bañaron en las aguas del Henares, más limpias y abundantes. ¿Cuándo y por qué se le dio la espalda al río?

Aunque sin el más decidido de los apoyos, que es el financiero, varios proyectos están acertando en los últimos tiempos a señalar la necesidad de recuperar este río simbólico para Guadalajara, que baña las tres ciudades más pobladas de la provincia -la capital, Sigüenza y Azuqueca-, que presta apellido a nada menos que once localidades, entre ellas también las vecinas Alcalá y San Fernando; y que marca el camino del corredor cuya fertilidad ha permitido a los pobladores de este rincón de Castilla ganarse la vida dignamente, generación tras generación: antes en la vega agrícola, ahora en el eje industrial paralelo a la A-2.

Azuqueca acogía ayer la presentación de unas conclusiones del Proyecto Río Henares, una de estas iniciativas que reman en el sentido correcto. En su caso reúne jornadas de voluntariado de análisis de calidad de las aguas, limpieza de residuos, encuestas y entrevistas a la población, así como actividades de concienciación, en todos los casos bajo la batuta de la Asociación de Ciencias Ambientales y la ONG Green Cross España.

Ya antes el alcalaíno Foro del Henares soñó nada menos que en plena orgía urbanística, hacia 2006, con un parque fluvial entre las ciudades de Guadalajara y San Fernando, y logró encandilar al Ayuntamiento de Alcalá para que liderase un proyecto minucioso y bien tramado y trazado. Como pueden imaginar, no tuvo mucho éxito: Chiloeches, Los Santos o la propia Guadalajara no parecían demasiado interesados en sacrificar sus planes urbanísticos a cambio de preservar un patrimonio tan intangible y económicamente estéril como una corriente de agua.

También la plataforma Salvemos el Río Henares ha trabajado duro en los últimos años para denunciar los impactos medioambientales en el cauce y sugerir la protección de algunos espacios. Otras políticas locales, como la recuperación del paseo ribereño en Guadalajara y el objetivo de prolongarlo hasta Castillejos, son gestos que devuelven el merecido respeto al río.

Porque merece un respeto. Aunque no lo parezca, los expertos señalan que a lo largo del recorrido del Henares podemos encontrar más de 300 especies de aves. Y no sólo en su tramo inicial, entre Horna y Guadalajara, sino también en Azuqueca, como saben quienes frecuentan su reserva ornitológica.

Pese a todo, convendría no conformarse y que la conciencia renaciente para devolver la dignidad al río cristalizase, esta vez sí, en la creación de alguna entidad supramunicipal que permitiese coordinar inversiones, directrices de ordenación del territorio, esfuerzos en conservación de la naturaleza (incluyendo presionar a la CHT para la limpieza de los cauces, un asunto siempre complejísimo) y un uso ordenado de las aguas para que río y ciudadanos vuelvan a congeniar, si es posible permitiendo actividades reguladas como un paseo agradable, la pesca, la navegación en piragua o el simple baño.

Frente al avasallador recurso a alicatarlo todo, se hace imprescindible rescatar la maltratadísima margen derecha del río y respetar la muy amenazada mano izquierda de las aguas -con los cerros y las terrazas como supervivientes de la catástrofe urbanística- porque, por discreto que parezca el paisaje, es el máximo referente medioambiental para toda una zona y conforma un patrimonio cultural, histórico y sentimental que hace de esta viejísima cicatriz azul la principal bandera de toda la comarca, a uno y otro lado de la frontera adminsitrativa de Meco. Tal vez así consigamos algo que debiera resultarnos una perogrullada: que el río siga allí incluso cuando todos nosotros ya no estemos.

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