La ciudad y sus fantasmas

Cuatro realizó un reportaje similar al de El País, en diciembre.

Por Rubén Madrid

Digámoslo por última vez: Ciudad Valdeluz no ha sido lo que se esperaba que fuera.

Ya está. Lo admitimos, pero ya está. Es momento de ahuyentar a los malos espíritus de la ciudad fantasma, del Avelandia de nuestros delirios de la fiebre inmobiliaria y de las ensoñaciones de la ciudad celestial en la tierra con su conexión directa con Barcelona, sus campos de golf y sus niños correteando de piscina en piscina.

El fin de semana pasado nos desayunábamos otra vez con el enésimo reportaje en el que nos venían a decir desde Madrid que Valdeluz (situamos, por si acaso: a diez minutos de Guadalajara capital, en el municipio alcarreño de Yebes) ha sido un rotundo fracaso. Aquí ya han venido televisiones francesas, el Follonero, todos los canales televisivos y todos los periódicos nacionales al menos en un par de ocasiones. Ahora, en un tono más conciliador, pero insitiendo en la visión tradicional, decían las páginas de El País que es una “ciudad a medias”, que sólo viven 3.000 de los 30.000 vecinos que allí habría habido, que se ha construido únicamente una de las cuatro fases y que fue la crisis inmobiliaria la que pinchó este gran proyecto.

Me lo he preguntado muchas veces: ¿De verdad alguien pensó que de la noche a la mañana se construiría una ciudad más grande que Azuqueca a la vera de una estación de tren de alta velocidad? ¿Éramos ciertamente tan rematadamente ilusos de tan optimistas? Mucha gente me ha dicho que sí.

Valdeluz fue, ciertamente, un exabrupto como proyecto inmobiliario, seguramente obsceno aunque hubiese cumplido el guión y los tiempos. Pero resulta injusto colgarle en exclusiva el sambenito de toda esta filosofía de vida. Sin irnos tampoco muy lejos, hay una barriada en Torija, junto a su plaza de toros, donde los chalés literalmente están inclinados y se pueden ver casas arrancadas de cuajo. Por no hablar de los acabados de la vivienda ‘a precio tasado’ de El Fuerte, de urbanizaciones enteras sin alumbrado o de alicatamientos al borde del río Henares.

Como a estas alturas nadie parece dispuesto a exigir responsabilidades por lo ocurrido en Yebes o Torija -o en Marina de Cope (Región de Murcia)- dejémoslo ahí y miremos hacia delante. Me consta que el principal objetivo del Ayuntamiento de Yebes pasa ahora mismo más por una operación de márketing que por ningún otro proyecto: contrarrestar la enorme propaganda vertida desde los medios nacionales contra una urbanización que se ha convertido en el santuario del ‘mea culpa’ urbanístico y en el muro de las lamentaciones de esta crisis de la que algunos alertaron predicando en un desierto, mientras la mayoría se maravillaba con los destellos de los oasis de sus pelotazos urbanísticos.

En Valdeluz no sólo se encuentran en estos momentos -crisis mediante- algunas de las mejores oportunidades de adquirir una vivienda a buen precio en las inmediaciones de la capital, sino que también florecen por fin negocios, su ayuntamiento -de los pocos que tienen las arcas municipales saneadas- se permite invertir en los equipamientos necesarios (el anterior equipo de Gobierno dejó pasar la legislatura en blanco) y sus gentes se implican en la vida social y cultural de la localidad.

Valdeluz tiene un centro astronómico que debería ser la envidia de España, pero también ha tenido cine de verano y ha organizado exposiciones de fotografía; va a construir un polideportivo y tiene reservada una parcela para un proyecto de huerto urbano. Mal que bien, puede presumir incluso de sacar adelante iniciativas que la crisis tiene paralizadas en cualquier otro municipio en estas circunstancias.

A uno le puede gustar más vivir en el centro de una ciudad con reflejos históricos en sus paredes o en estas nuevas urbanizaciones con amplias avenidas, que eso ya son elecciones muy personales, pero lo cierto es que ha llegado el momento de reconocer que la ciudad fantasma que buscan las cámaras ya no se encuentra aquí. Hagámosles un favor a los fantasmas de Yebes y dejémosles vivir como si fuesen invisibles.

¿Somos libres para hacer huelga el 14-N?

Los dirigentes regionales de UGT y CC.OO animan a secundar la huelga del 14-N. / Foto: CC.OO y UGT

Por Abraham Sanz

El otro día, un compañero de profesión me hacía una pregunta que, si bien de primeras parece de lo más normal, considero que precisa de una importante reflexión. Ésta venía a cuento de la huelga general convocada para el 14-N por los sindicatos de clase mayoritarios y buscaba conocer mi opinión sobre si esta convocatoria gozaría de éxito o no. Si bien no poseemos el don de adivinar el futuro, sí podemos preverlo analizando los posibles condicionantes que se encuentran detrás de una movilización de estas características.

Será la segunda llamada de atención en apenas un año que reciba el presidente Rajoy y ya en marzo tuvimos una pequeña prueba de lo que ocurrió en Guadalajara, donde la huelga contó con un seguimiento no tan notable como el esperado por las organizaciones sindicales que, no obstante, sí lo encontraron en la posterior manifestación en contra de los recortes que estaba practicando el Gobierno popular en todos los ámbitos sociales, incluido el sector del trabajo.

Esta reacción de la ciudadanía nos debe hacer reflexionar sobre algo fundamental en un Estado democrático. ¿Somos libres para ejercitar nuestros derechos? Bien escuchamos a políticos y demás dirigentes de agentes sociales vanagloriarse del sistema dado y de la cantidad de leyes desarrolladas para garantizar no sólo nuestra libertad, sino la igualdad o la equidad; pero lo cierto es que estas cuestiones se quedan más sobre el papel y cada vez pintan menos en la realidad.

El derecho al pataleo ya no es suficiente pues está visto que el Gobierno hace oídos sordos a las continuas movilizaciones no sólo a nivel nacional, sino a nivel local. Contemplamos a diario que cuando no es la marea verde la que clama por sus derechos, son los trabajadores de Geacam; cuando no los trabajadores sanitarios y en otros casos, la sociedad en general buscando hacer ver a los diferentes gobiernos que los paganos de la crisis no pueden ser siempre los mismos. Pero ahora, como el pasado 29 de marzo, ya no se pide al trabajador que proteste, se indigne y se manifieste; sino que no acuda a su puesto de trabajo y mi pregunta es: ¿todo aquel que quiera podrá hacerlo libremente?

Mi respuesta es clara y concisa: no. Nuestro sistema, el que tanto hay que defender y que tantas imperfecciones tiene, se ha asegurado que sean estos defectos los que labren el camino. De poco sirve que tengamos una Constitución, unas leyes, si luego no tenemos un sistema judicial garante de que todas estas normas dictadas se cumplan o se permita el ejercicio libre de los derechos reconocidos. La coacción y la amenaza disfrazadas de sugerencia se sucederán en muchos centros de trabajo el próximo 14 de noviembre y, no lo digo porque sea una novedad, sino porque es una realidad palpable. Sin duda, algo lamentable que hace que se coarte la expresión de quien quiera manifestar, de forma pacífica, su rechazo a las políticas estatales o regionales del Gobierno elegido.

Pero, ¿qué pesa más en la balanza? Ante esta situación y donde hoy en día tener trabajo parece casi un éxito –hasta es objeto de una mofante rifa en una zapatería de otra ciudad- junto con el negro panorama que se vislumbra detrás de las cuentas del ministro Montoro, ¿puede más el ideario o el bolsillo? Sin duda, lo segundo por lo que la huelga volverá a tener una respuesta más tibia que lo que sería lo esperado pero, su manifestación posterior volverá a teñir de éxito la jornada. Aunque qué poco digno es por parte del empresariado –sufridor en buena medida de esta crisis, especialmente los autónomos- que deba recurrir a artimañas más propias de otra época para evitar quedarse sin trabajadores un día en la empresa.

Es complejo articular medidas que puedan solucionar esta patología del sistema, más aún en empresas familiares o de escasos trabajadores, donde ahora justificar un despido apenas requiere motivos bajo el paraguas de la crisis. Pero sin duda, requiere que tanto empresariado como sindicatos sean los que firmen un pacto de obligado cumplimiento para que se respete tanto el derecho a trabajar en día de huelga y el derecho a no hacerlo.

Y es que al otro lado se encuentran los piquetes informativos. Su actividad ya no es aquella de décadas anteriores que hacían prácticamente imposible acceder al puesto de trabajo a quienes deseaban acudir a él por no compartir los motivos de la huelga; pero sí es cierto que su actividad informativa también sobrepasa estos límites pasando a la coacción, siendo sus consecuencias, no obstante de menores consecuencias que las que puede ejercer un empresario como el despido.

Sin duda, lo peor de esta crisis es que nos ha mostrado que nos creíamos libres cuando realmente somos presos de un sistema que no ofrece soluciones más allá de nuevos recortes sociales. La huelga general no es una medida que se tome a la ligera, sino que significa una situación de hartazgo y que debe evidenciar el sentir general de un país. El miedo o el temor a perder el único sustento que una familia pueda tener, no la hará triunfar de nuevo y ya van dos en ocho meses. Guadalajara volverá a ver polígonos y centros comerciales a medio gas. Sólo esa ausencia de libertad impedirá que se pueda calibrar su calado. De nuevo, sólo nos queda el derecho al pataleo y eso está claro que no es suficiente porque la ciudadanía no es escuchada.

El futuro ya no pasa por un sistema  más justo ni por un sistema más igualitario o equitativo –que también-, sino por desarrollar de una vez un sistema que al fin nos permita ser libres para ejercer nuestros derechos.

El Depor no tiene ‘Plan B’

Gerard Badía, que sustituyó al lesionado Álvaro Antón en el minuto 13, fue el único hombre de refresco introducido por Terrazas. // Foto: http://www.deportivoguadalajara.es (Mariano Viejo)

Por Roberto del Barrio

No quiero emplear este artículo en alimentar todos los debates sobre Terrazas. Es evidente que hace tiempo que el Escartín le ha bajado del pedestal de ídolo y le exige como a cualquier otro entrenador. Así lo describí aquí después del empate ante el Xerez y no volveré sobre ello. En aquellas líneas ya avisé de que los pitos al entrenador constituían una primera fase de la protesta generalizada de la afición, cansada de las sensaciones y los resultados que está dejando el Depor en el año en el que se osó vender el objetivo del play-off.

No entraré a opinar -al menos no esta semana- sobre si el club debe prescindir del técnico o es él el que debe elegir si tirar la toalla o continuar por el camino trazado (ya anunció en rueda de prensa que continuará pase lo que pase y que los periodistas no incidamos en la cuestión). Símplemente, hablaré de un aspecto que se me antoja obvio y fundamental.

El partido contra Las Palmas me despertó el mismo sentimiento de impotencia que otros muchos de esta temporada. Similar al del encuentro ante el Castilla, por ejemplo, en el que el Depor regaló un choque a pecho descubierto que acabó por castigarle. En esta ocasión la historia se escribió con la misma pluma. Los alcarreños, incluso, se adelantaron por dos veces en el marcador y llegaron en franquicia al ecuador de la segunda mitad. Ese momento en el que los partidos se decantan es el gran lastre del Depor, incapaz de adaptarse a las circunstancias y asegurar empates, victorias y puntos con la regularidad necesaria.

Una pancarta pidiendo la marcha del técnico apareció en la grada durante la segunda mitad.

El equipo de Terrazas juega igual en el minuto 1 que en el 90, en Guadalajara o en Sebastopol, e independientemente del marcador o de las necesidades del momento (la resurrección defensiva de las últimas semanas queda aparcada). Es el extremo al que el míster vasco lleva su propuesta futbolística, atrevida, sí, pero con un bagaje desolador: una victoria en once jornadas. El Deportivo no tiene un ‘Plan B’ por varios motivos. No lo tiene por ese fútbol invariable y poco versátil que propone, en el que nunca hay espacio para frenar el ritmo, ocupar de manera distinta y más equilibrada los espacios o retroceder unos metros para proteger su botín. Pero tampoco lo hay porque Terrazas no aporta soluciones y tampoco las encuentra en el banquillo.

Causa cierto desasosiego observar como en un día tan importante como el sábado el Depor solo utilizó un cambio (Gerard Badía por el lesionado Álvaro Antón). Terrazas no realizó ningún movimiento más, paralizado tal vez y atado seguramente por las características de sus suplentes: tres defensas, un portero, un jugador aún en fase de recuperación y un canterano. Tampoco intentó ninguna solución aparente con variaciones efectivas más allá de los cambios. El peso de las lesiones influye en este cuadro, pero no es menos cierto que el entrenador y mánager se contradice cuando declara tajantemente que no “considera una prioridad” acudir al mercado. ¿Si no es necesario fichar en el escenario actual por qué no se agotan los cambios? ¿Hasta qué punto ofrece soluciones una plantilla en la que de 18 citados solo doce gozan de minutos en un encuentro de vital importancia? ¿De verdad se puede competir en estas condiciones hasta diciembre?

‘Aladín’ Antón, Jony y Azkorra. Y por si el transitar del Depor no se hubiera encontrado ya con suficientes dificultades, el partido del sábado dejó la peor de las noticias posibles. Álvaro Antón cayó lesionado después de un desproporcionado encontronazo con Sergio Suárez (también habrá que conocer el estado de Aitor, que finalizó el choque con problemas musculares y podría sumarse a la plaga de bajas). El burgalés salió del estadio con el brazo en cabestrillo y la clavícula dañada, a la espera de concretar si hay fractura o no con las pertinentes pruebas médicas. Su pérdida sería, sin duda, un golpe descomunal para el equipo, muy dependiente de su particular Aladín.

La enésima prueba se vivió minutos antes de su sustitución obligada. El jugador estaba siendo atendido en la banda con visibles gestos de dolor y de espaldas al campo cuando se produjo la falta que originó el 1-0. Terrazas se percató y se desgañitó para avisar a Antón y solicitar al árbitro su reingreso en el campo. Antón llegó al borde del área, colocó la pelota y la clavó en la escuadra para adelantar al Depor; un gol que no sirvió, pero que volvió a demostrar que el talento del ’23’ (cuarto tanto de la temporada y tercero de libre directo) es uno de los mayores motivos para el optimismo.

Como quizá lo sea Jony, pese a las críticas de un amplio sector del Escartín uno de los mejores del Depor en las últimas jornadas. Más allá de su golazo de larga distancia, el medio centro sigue creciendo con autoridad para sobreponerse a la difícil papeleta que le plantea el exigente sistema de Terrazas. Pese a ello, tendrá que vivir injustamente con el “runrún” perpetuo de la grada en cada balón. Como Azkorra, cuyo rendimiento dista mucho del esperado y ha acabado con la paciencia del respetable. El delantero vasco no ha encontrado su sitio y parece encerrado en un callejón sin salida. No golea, ni remata, ni gana las disputas… Otro gran problema para el Depor, muy carente en la zona más ofensiva tras la lesión de Kepa. En definitiva, sin un ‘Plan B’ al que aferrarse para salir del atolladero.

El Rincón Lento, hágalo usted mismo

Ana Ongil, retratada por su hermana, la cineasta Elvira Ongil.

Por Ana Ongil *

Hay un espacio en Guadalajara que aboga por la lentitud en nuestras vidas. La lentitud, no entendida como pereza y relajación, sino como control del tiempo, reducción de la prisa y la atención por los pequeños momentos que ofrece el día a día. El Rincón Lento lleva más de tres años en el centro de Guadalajara, ofreciendo una alternativa de consumo (responsable), e infinidad de alternativas culturales y de ocio, creadas por los propios socios y socias del espacio.

No es casualidad que esta propuesta de local autogestionado haya surgido en tiempos de crisis. Infinidad de proyectos que apuestan por las personas aparecen y se reafirman en momentos en los que lo demás se tambalea. Es una reacción natural frente al recorte de todo aquello que hace de una ciudad algo más que un dormitorio. Una respuesta que se manifiesta en participación, en acción cultural e implicación.

Y mucho más en una ciudad como Guadalajara, con amplia experiencia en cultivar eventos culturales de gran importancia que precisamente organizan y piensan asociaciones y ciudadanos (el Maratón de los Cuentos, el Fescigu, el Festival Panorámico Musical, el Tenorio Mendocino…), la mayoría de referencias culturales de nuestra ciudad no nacen de una administración pública, sino del interés y esfuerzo de sus gentes; voluntarios en la mayor parte de los casos.

La propuesta del “Hágalo usted mismo” es interesante en cuanto a la actitud del consumidor cultural. Significa el paso del espectador pasivo, del asistente no implicado, al gestor cultural, al ciudadano que propone y es crítico. Cuántas veces no habremos escuchado la tristísima frase de “en Guadalajara no se hace nada”, que cada vez que oigo, personalmente, se me clava en el alma. La respuesta es otra pregunta (retórica, en este caso): “Y tú, ¿qué has hecho por Guadalajara?”. Además de necesario, sacarnos las castañas del fuego puede ser una idea apasionante. Si no somos conscientes de ello, difícilmente conseguiremos que nuestro panorama cultural y de ocio crezca (e incluso se mantenga) en los próximos años. No hay más que ver el ritmo de acelerada desaparición que llevan nuestras agendas: La Linterna Mágica, el Teatro Moderno, revistas como Qubo o el Calamar Gigante…, todas ellas propuestas que tenían (aún hoy tienen) su público y fueron eliminadas del mapa cultural sin que a nuestros no-representantes les temblara la mano.

Sin embargo, esta idea de autogestión de nuestra cultura no es excluyente en cuanto a que las administraciones públicas lleven a cabo la labor para la que fueron creadas, y apoyen, generen y mantengan, las propuestas caleidoscópicas de sus ciudadanos. Ésa es su tarea, y la nuestra, recordárselo. Si los poderes públicos no velan por los intereses de sus gentes, quizás deban plantearse que no son necesarios, que deben sufrir también un tijeretazo.

La idea de lentitud va unida también al optimismo; y a la crítica, al derecho a quejarse de todo aquello que no nos parece ético, adecuado, permisible. La queja está muy mal vista en este mundo, pero hace avanzar a las generaciones, y hay que practicarla casi a diario: en el bar, en las aulas, en la panadería, en las calles. Eso sí, hay que acompañarla de propuestas y acciones, de ilusión y trabajo.

Las buenas ideas surgen en tiempos de crisis, y las malas gestiones, se hunden con ellos. Aprovechemos la oportunidad que nos dan los mercados, la prima de riesgo y la Merkel. Revisemos cómo nos gustaría que fuera nuestra ciudad, qué consideramos que la hace distinta, propia, bella. Y, después, hagámoslo, nosotros mismos.

* Ana Ongil Escribano (Guadalajara, 1984) coordina el multiespacio el Rincón Lento, que forman en la actualidad sus 300 socios. Alcarreña convencida, amante de la cultura y el arte, busca transformar la ciudad con herramientas sencillas, como la creatividad y el trabajo.

Guadalajara no tiene quién la visite

Imagen Arquitectura Negra. // Foto: http://www.turismocastillalamancha.com

Por Yago López

Un servidor, que hace vida entre dos aguas, laboralmente en la provincia alcarreña y familiarmente en Madrid, no acaba de entender la razón por la que una zona con tantos atractivos como la primera no acaba de ser el destino habitual de vacaciones, o al menos de escapadas de fin de semana, de los ciudadanos de la segunda, más aún si tenemos en cuenta que con la crisis la cercanía del destino, y por tanto un sustancioso ahorro en gasolina, es más que un punto a favor para escoger lugar de esparcimiento.

Todo el mundo sabe que Valencia es la playa de Madrid y si no que se den un paseo por Gandía cualquier mes de verano. Y como destino interior, Segovia, Ávila, Toledo o Cuenca nos ganan de largo la batalla del turismo entre los madrileños. Los problemas pueden ser varios. Por un lado, que el desconocimiento de la oferta de Guadalajara por parte de los vecinos de la capital es absoluto. Muchos de sus residentes no aciertan siquiera a conocer cuatro pueblos. Y por otra, y no por ello menos importante, la falta de demanda provocada por esta desinformación ha impedido que realmente se haya tejido una buena red de servicios que permita al visitante gozar de todas las comodidades que exige.

En un repaso rápido. Sigüenza, Pastrana, la zona de los pantanos, los pueblos de la Arquitectura Negra y su bosque petrificado o el Alto Tajo dan una buena muestra de que materia prima sobra. ¿Qué falta entonces?, pues trabajo e inversión. Y eso tiene que ir de la mano de las administraciones. La pasada legislatura, la Diputación de Guadalajara se jactaba de su gran apuesta por el turismo y de llevar el nombre de la provincia a cada rincón del mundo, recuerdan: “Guadalajara no solo está en Jalisco”. Más fuegos artificiales que otra cosa y demasiados gastos innecesarios asociados. No fue efectivo en líneas generales pero algo dejó: un Plan de Dinamización de la Arquitectura Negra en marcha, un Centro de Interpretación en el Castillo de Torija (CITUG) desde donde se pretendía vertebrar el turismo y alguna que otra herramienta física y virtual para los visitantes.

Sin embargo, el nuevo equipo de Gobierno de Ana Guarinos ha decidido, en la línea de todo lo que considera superfluo, eliminar prácticamente por completo, en torno al 80%, la partida de promoción turística. Un hecho que lejos de suponer un ahorro tiene en realidad consecuencias dramáticas Primero, porque cercena en cierta medida las posibilidades de desarrollo del medio rural y segundo y más importante porque según están las cosas en estas comarcas, condena a sus pueblos aún más a la despoblación.

Por si fuera poco la única idea que ha tenido en el último año en esta materia el ejecutivo provincial ha sido la de poner precio a la entrada en el CITUG, concretamente dos euros. Si uno conoce este espacio es para echarse a reír, o casi a llorar. ¿Quién ha decidido cobrar al turista por mostrarle en qué sitios de Guadalajara puede gastarse su dinero? Así ha ido la cosa: menos de mil visitas desde que se implantara la medida y una reducción del 90% respecto a los datos del mismo periodo del año anterior.

Así las cosas, después de una tímida tendencia alcista en los últimos años en las cifras de turismo de la provincia, en el primer ejercicio de este semestre las visitas se han reducido en 14.000 y las pernoctaciones en 28.000. Si estos datos no hacen reflexionar a los dirigentes provinciales sobre la necesidad de promocionar el turismo como motor económico para estos pueblos, quizá es porque se han resignado ya a su desaparición.

En conciencia

Varios usuarios leen en el Patio Central de la Biblioteca Pública.//Foto: flickr.com.

Por Elena Clemente

Ayer, el escritor Javier Marías recibía el Premio Nacional de Narrativa por su novela ‘Los enamoramientos’. El galardón está dotado con 20.000 euros. En medio de la crisis, cualquiera se hubiera felicitado por haber ganado tal pastón. Pero por encima de todo, están las creencias, las convicciones. Por eso, el escritor ha rechazado inmediatamente el premio. La verdad, no me sorprende.

Lo sucedido me ha hecho recordar una grata visita que realizó Javier Marías a Guadalajara, invitado por el entonces Club Siglo Futuro. En la misma mesa, sentado a su lado, estaba Rogelio Blanco, Director General del Libro del mismo Ministerio de Cultura al que ayer Marías sacó los colores. La ‘encerrona’, sin embargo, no le achantó. Si llega a saberlo, no hubiera venido, vino a decir. Pero ya puestos, hizo como si la cosa no fuera con él y soltó al respetable su historia de amor hacia el reino ficticio de Redonda, de donde él es un feliz monarca literario.

A Marías le dan urticaria los políticos: “Nunca aceptaré un premio de una institución española…es una cuestión de consecuencia”. No sólo no lo acepta por dinero, también porque cree que lo merecía su padre, porque lo merecían muchos, buenos escritores, a los que no les ha tocado nunca. Porque, en este país, ha dicho “prefiero no tener este premio”.

Pueden emplear 20.000 euros en lo que quieran, ha soltado. Bueno, puestos a sugerir, háganlo “en las bibliotecas públicas”, a las que no les lloverá ni un euro en 2013 para nuevas adquisiciones.

A Marías le parece escandaloso, a mí también. “Si este dinero que no percibiré es destinado a alguna biblioteca me parecerá bien, pero no es asunto mio destinarlo. El hecho de aceptarlo y donarlo a la biblioteca de Guadalajara, por ejemplo, me habría parecido demagógico. Prefiero directamente no aceptar”.

Su referencia a nuestra Biblioteca tampoco es nueva. Lo hizo en un reciente artículo de la revista semanal de El Pais, donde él escribe, aludiendo a una carta de una bibliotecaria de Guadalajara que explicaba el descenso del presupuesto para compra de nuevos libros.

A la Biblioteca de Dávalos, verdaderamente, le aqueja un dolor profundo. No sólo ha reducido préstamos, también perdido trabajadores queridos, útiles, imaginativos… y nuevos materiales. Sólo había que mirar el estante de ‘Novedades’ este miércoles, por ejemplo, Día de las Bibliotecas que, por cierto, no celebró. Cuestión de coherencia.

A esta biblioteca ‘que resiste’ le faltan fondos, sí, pero le sobran manos colaborativas. Lo que ahí ocurre es casi un milagro. Ha visto cómo de 150.000 euros anuales de aportación estatal se ha pasado a 56.000 euros en cinco años. Y dudan si llegarán los 20.000 euros destinados a actividades paralelas. Es paradójico, si tenemos en cuenta que es la biblioteca de España que más actividades organiza por habitante. Pero no faltan usuarios que han realizado suscripciones de publicaciones de su propio bolsillo, pese a estar en paro. Ex técnicos que siguen siendo voluntarios de Clubs de Lectura, como Concha Carlavilla, voluntarios que se prestan a llevar Pequeclubs, con niños a partir de 3 años; a ayudar a hacer los deberes … Cuestión de conciencia, como Javier Marías.

El banquete de otros

La Junta gravará con una tasa varios trámites de la Ley de Dependencia. // Foto: Europa Press

Por Marta Perruca

A menudo observo el conjunto de las noticias de un día concreto y busco relaciones entre ellas. Es una especie de juego para encontrar algo de diversión en este ejercicio cruel de ponerse cara a cara con la actualidad informativa que nos asola. De esta forma, me encontraba el pasado martes con el siguiente titular: “Revisar la discapacidad valdrá 30 euros y la dependencia 40”;  seguido de éste otro: “La Junta ha empleado unos 600 millones de ingresos de 2012 para pagar facturas del gobierno anterior”. No sé que pensarán ustedes, señoras y señores lectores, pero a simple vista, la relación entre ambos titulares, para mí, fue evidente: Estamos pagando el banquete de otros.

Resulta que el pasado lunes la Mesa de las Cortes admitía a trámite por procedimiento de urgencia el Proyecto de Ley de Tasas y Precios Públicos de Castilla-La Mancha, que entre otras cosas y según denuncia el PSOE, recoge al menos 12 tasas que gravarán varios servicios sociales, en especial la aplicación de la Ley de Dependencia. El mismo día en el que los socialistas realizaban dichas críticas, la Junta hacía pública una nota de prensa en la que manifestaba que “debido al monumental atasco de Tesorería que dejó el anterior Gobierno socialista, el actual Ejecutivo ha tenido que utilizar ingresos de 2012 para pagar gastos de años anteriores que se dejaron pendientes de pago. Para ello, se han empleado cerca de 600 millones de euros de ingresos de este año”. No obstante, no vaya a ser a la vez la Administración regional bombero y pirómano, añade que “el desfase de Tesorería, contando los ingresos y los gastos, sería de únicamente 250 millones, que en un Presupuesto de 7.325 millones, supondría estar pagando a menos de un mes”.

Esta dosis de “diversión” incluye también una conversación indignada con la pantalla del ordenador: “Que sí, que ya nos ha quedado suficientemente claro el discurso de la herencia recibida. Yo desde luego me lo he creído y me lo creo”. Y es que supongo que el Gobierno entrante de la Junta no se encontró las mejores circunstancias para empezar a trabajar, pero lo que parece que se les escapa una y otra vez a los dirigentes políticos es que los ciudadanos no tenemos la culpa y, por lo tanto, no se nos puede hacer responsables de un banquete desmesurado y sin cabeza que, para colmo, no hemos disfrutado. Eso sin mencionar que los esfuerzos de las ejecutivas se están centrando ahora en alcanzar el objetivo del déficit que reclama la Unión Europea, en lugar de dedicar más recursos a asistir a las acuciantes necesidades que en las capas más bajas de nuestra sociedad está causando la crisis.

Llegados a este punto del juego toca llamar a mi cuñada, porque en ese momento no se me ocurrió mejor persona con la que compartir mi indignación y porque,  en este caso, me vino al pelo, ya que trabaja en el sector de los Servicios Sociales. Ella se mostró de acuerdo conmigo en lo del banquete del que no hemos probado tajada, pero sin embargo, nos han pasado la cuenta, y además, coincidimos también en que, con esta medida, se incurre en una mayor injusticia todavía, dado que se trata de un colectivo que se presupone desprotegido y con escasos recursos.

Mi cuñada me explicó que entre los beneficiarios de la Ley de Dependencia se encuentran personas con una discapacidad en un grado elevado, en algunos casos pensionistas y en cualquiera de ellos, incapacitados para el empleo. Otros, debido a su situación, ni siquiera han podido trabajar y, por lo tanto, nunca han cotizado a la Seguridad Social. Estos últimos solo cobran una pensión no contributiva que asciende a 357 euros mensuales.

Con este panorama de fondo, creo que resulta comprensible que estas tasas representan un importante obstáculo para el acceso a estos servicios que, se supone, están garantizados por una Ley. Además, lo que esta medida propone es que se cobre una cantidad cuando estas personas, con determinadas dolencias, empeoren y necesiten revisar su situación para tener acceso a una atención más adecuada a sus circunstancias actuales o cuando a alguien le sobreviene un nada agradable problema que le convierte en dependiente, entre otros muchos supuestos que recoge esta nueva norma.

Yo, desde luego, no puedo desprenderme de ese sentimiento de injusticia y al final del juego imagino un lujoso restaurante de años pasados y a un elegante camarero, de esos que lucen pajarita al cuello, que se acerca portando una factura de enormes dimensiones y una larga lista de cuentas. “Veis esa mesa infinita repleta de platos vacíos”, dice el camarero con sorna. “Pues han estado aquí unos señores poniéndose las botas y me han dicho que meta el banquete en la cuenta de los ciudadanos”. Desde entonces, estamos pagando e imagino que se tuvieron que poner morados en esos días de banquete.