El día del tren

El escritor, a los mandos de una antigua máquina en Iria Flavia, localidad natal de Camilo José Cela. // Foto: Archivo de García Marquina.

Por Francisco García Marquina *

Guadalajara es una provincia con vocación ferroviaria, pues a lo largo de su historia ha recibido al tren por tres vías distintas. Primero el famoso, reposado y ya difunto tren de Arganda, que salía de Madrid por la estación del Niño Jesús y aunque tenía el propósito de llegar hasta Aragón, no pasó de Alocén, en las cercanías de Sacedón. A través de él, las mercancías de estraperlo hacían el viaje desde el campo hasta Madrid.

Luego la vía férrea de Madrid a Zaragoza y Barcelona, que se estrenó a mediados del siglo antepasado, cuando en España empezaron a construirse las grandes líneas del ferrocarril y que formó parte del desarrollo industrial de la Campiña y de la Serranía.

Y el tercero es el AVE, el más veloz y despegado, pues pasa retirado de la capital, que es su única parada, y gracias a Dios que se la concedieron porque en los planes originales no se contemplaba. El único servicio que hace el AVE a nuestras gentes es poder ir a Zaragoza o a Barcelona en un suspiro, a cambio de un puñado de euros. A mí, que ando sobrado de  tiempo y escaso de numerario, me fastidia que esta centella haya puesto fuera de uso los antiguos rápidos, expresos y talgos que iban por la vía del valle del Henares. Aparte de que el verdadero lujo está más ligado al sosiego que a la celeridad y siempre se ha llevado la palma el coche-cama, donde te acuestas en Guadalajara y te levantas a desayunar en Barcelona y para ese viaje sobra tiempo en toda la noche.

El próximo sábado se celebra en Jadraque el día de la Serranía, que estará dedicado al tren y a mí me toca largar el pregón haciendo la defensa y elogio del tren del Henares. Esto me resulta fácil porque, aparte de razones utilitarias, adoro la mitología ferroviaria.

Se dice que las gentes del tren son de mejores sentimientos que las que van en automóvil porque son más familiares y comunicativas y siempre tienen la intención de compartir algo con el prójimo. Y viajan con atención y cabeza y no se limitan a ser empaquetados y enviados directamente a su destino como corre con el avión. Los viajeros del ferrocarril se van enterando, más o menos, de los lugares por donde pasan. Y, al atravesar los campos de Guadalajara, ven que en lo alto de Jadraque hay un castillo muy hermoso sobre un cerro perfecto, privilegio que no tienen los automovilistas que van por la carretera general de Zaragoza porque la autovía cruza por los páramos desolados, mientras que el tren va por sitios muy bonitos. Y además lo hace con un instinto muy sabio porque aprovecha los pasos más naturales y lógicos que son los que el agua sigue por su propio pie, porque la vía va hermanada con el río Henares desde la linde de Soria hasta la de Madrid. Y también va emparejada con la antigua calzada romana que iba de Mérida a Zaragoza y ya se sabe que los romanos construían con mucho tino y para durar.

El tren de Soria, en la estación de Sigüenza. // Foto: Archivo de García Marquina.

En el tren pueden hacerse muchas cosas que están vedadas a los conductores de un automóvil, como contemplar el paisaje, enviar un SMS, sestear, leer un libro, entrar en internet, pasear, hacer pis, tomar un café, charlar con otros viajeros interesantes y hasta enamorarse, como le pasó a Pío Baroja.

Los nuevos trenes de alta velocidad sirven a la filosofía del éxito, que prima el llegar a término sobre el placer de viajar y envían al viajero a su destino por derecho y sin mediar palabra. Son artefactos utilitarios que no aman el camino, a despecho de la tradicional sabiduría de que es preferible deleitarse en el viaje porque el hombre en la realidad se pasa la vida yendo a muchas partes para no llegar casi a ninguna. Leguineche, el gran amante del camino que llegó a dar la vuelta al mundo y fijándose en todo, solía decirme: “There is no way to happpines, happiness is the way!”

Además, los modernos alardes de transporte están tocados del mal del siglo español, cifrado en la ostentación, el derroche y el latrocinio: el AVE lo tenemos todavía sin pagar, las autopistas acumulan déficit y el aeropuerto de Ciudad Real no ha tenido más utilidad que llenar los bolsillos de los sinvergüenzas que lo planearon.

Sigüenza es la población más singular de la provincia y ella y su comarca no deben carecer de comunicación ferroviaria, tanto más cuando existe esa línea de trazado tan racional y bello, sobre una gran infraestructura de doble vía electrificada y sería de tontos dejar que entre sus durmientes creciera la maleza. Claro que, como tontos hay muchos y además bien colocados, al paisanaje sólo le cabe protestar. Los tontos no son sordos y cuando el ruido es mucho acaban enterándose. Una sugerencia es que el uso de pequeñas unidades de circulación más frecuente racionalizaría el gasto y volvería a dar atractivo al viajero. Perdonen, pero creo que acabo de inventar el tranvía.

* Francisco García Marquina (Madrid, 1937) es escritor afincado en El Cañal, en la vega del Henares, que cultiva el cuento, el periodismo, el ensayo y la poesía, por la que es más conocido. Ha sido el biógrafo oficial del Premio Nobel gallego Camilo José Cela, y ha escrito, entre otros, ‘Cela, masculino singular’ o ‘Guía del Viaje a la Alcarria’. Biólogo de formación, es uno de los rostros más activos de la cultura guadalajareña y el próximo fin de semana pregonará el Día de la Sierra, este año en Jadraque y en cuyo acto oficial se reivindicará la línea de ferrocarril de Sigüenza, el llamado Tren del Henares.

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