En el barranco del Hierro

Operario de un centro comarcal detectando una avería de agua en un pueblo. // Foto: Diputación de Guadalajara.

Por Rubén Madrid

Este artículo iba a ser una encendida defensa de las diputaciones. Guadalajara se prepara para celebrar los 200 años de la primera experiencia institucional de ámbito provincial, que se vivió a rebufo del espíritu liberal de las Cortes de Cádiz, y lo hace coincidiendo con una crisis económica que, en plena operación bikini del estado del biniestar, recurre con frecuencia a proponer la eliminación de este ámbito administrativo para ahorrar gasto público.

Hay sobrados motivos para defender esta institución que, como destacaba su actual presidenta, Ana Guarinos, en un reciente acto, sigue siendo «insustituible». Y daba la dirigente molinesa en el clavo, porque la Diputación de Guadalajara no sólo es insustituible (como Messi) por importante y necesaria, sino -aquí creo ver el adjetivo intencionado- porque su labor no es una tarea que puedan asumir otras administraciones con la misma eficacia. La proximidad, la constitución a partir de los propios ayuntamientos y el ámbito geográfico de competencias la convierten en la más adecuada para echar un cable a los municipios, combatir la despoblación -asunto vital para los pueblos situados en este triángulo desértico que forman Guadalajara, Teruel y Soria- o relanzar la imagen de marca de la provincia de cara a sectores tan rurales como el turismo o la agroalimentación.

Las instituciones provinciales arrastran la fama bien merecida del caciquismo que ha habido también en Guadalajara hasta antes de ayer -y lo dejamos ahí-; se las acusa, también con razón, de duplicidad de competencias (¿deben las diputaciones tener conservatorios o polideportivos, sobre todo en las capitales? ¿han de poner en marcha museos de arte vanguardista? ¿tienen que organizar campamentos ‘urbanos’ en navidades?); y se dice, también con cierto sentido, que algo falla en una institución que se come más de la mitad del presupuesto en gastos fijos (su funcionamiento), dejando poco margen para invertir en las actuaciones sobre el terreno.

Pese a todo, hay motivos para racionalizar la estructura y las funciones de las diputaciones y mantenerlas vivas, incluso refortalecerlas, para seguir con sus tareas: llevar la música a las fiestas, al cobrador a la puerta del ciudadano que debe cumplir con la hacienda local y al operario donde hay una avería… Muchos pequeños ayuntamientos no pueden hacerlo por sí mismos; ¿lo harían las consejerías? ¿con la misma eficacia?

Construir unos centenares de metros de asfalto a la entrada del pueblo y arreglar el camino o el cauce del río. Promocionar la marca turística de una comarca y pelearse los fondos europeos para permitir que abran o reabran algunos negocios… Esta es la misión «insustituible» de una institución que debe dejar de perder el tiempo en imitar a los parlmentos de Madrid o en debatir mociones impuestas sobre el aborto o el pueblo saharaui.

El debate llega a Guadalajara cuando los diputados provinciales de todos los colores (por fin unanimidad de buenas intenciones) llevaban un tiempo felizmente centrados en la tarea, en un giro muy oportuno que tiene en la aprobación y la ejecución del Plan de Carreteras a su buque insignia, pero también un buen ramillete de políticas verdaderamente destinadas a los pueblos.

Obras, hace dos años, del edificio ya rehabilitado para el Museo de la Plata de Hiendelaencina. // Foto: R.M.

Sin embargo, y como les decía, este artículo que iba a desarrollar (hay todavía más argumentos) una defensa firme de las diputaciones ha sufrido un cortocircuito. Un correo electrónico ha interferido en su redacción. Un mail enviado por un veterano miembro de una asociación cultural de un pueblito de la sierra me traslada cómo andan las cosas por allí. Y, como comprenderán cuando lo lean, este ciclón de realidad ha hecho polvo los cimientos de esta reflexión.

Obviando los saludos, dice así nuestro buen amigo:

«Nos acaban de confirmar la noticia que ya nos habían adelantado hace meses, en el sentido de que nos suprimen las urgencias de nuestro Centro de Salud. Como comprenderás es un palo para el pueblo y para toda la zona, son pocas las cartillas que atiende, pero las especiales condiciones geográficas y demográficas de la zona (8 pueblos de la sierra dependen del Centro de salud) suponen que la gente mayor va a tener serios problemas para desplazarse, especialmente en invierno. No se les ocurre más que asignarnos a los 8 pueblos que se atienden desde aquí, Atienza como centro de urgencias; es decir, te pones malo, subes a Atienza (20 km. desde Hiendelaencina, casi 50 km desde Aldeanueva) para que te digan que tienes que ir al hospital, te vuelves otros 20 km. de vuelta hasta aquí y 60 a Guada…. En fin, nos moriremos en el barranco del Hierro.

Otro palo es que han suprimido un montón de servicios del autobús de Campisábalos, que antes era servicio diario y ahora sólo 4 días a la semana; más dificultades para ir a consultas al hospital, o al dentista o a cualquier gestión capitalina. ¿Cuántas personas mayores pueden desplazarse por sus propios medios?

También nos acaban de comunicar que un Convenio que estaba firmado en 2011 entre la Consejería de Cultura de la Junta y nuestro Ayuntamiento para equipamiento del Museo de la Plata (120.000 euros) se anula. Esta ayuda tu la conocías, ya que has sido buen conocedor de nuestro proyecto minero, y tanto el alcalde como yo te hemos ido informando de los avatares de nuestro Proyecto. Ahora estamos con edificio nuevo, reluciente y …… vacío».

El pueblo, como habrán averiguado por las alusiones mineras, es Hiendelaencina, pero podría ser cualquier otro de la provincia. Y el buen amigo es Joaquín Latova, hasta hace poco presidente de la Asociación Loín de la Encina. Su carta, como se comprenderá, no está escrita con intenciones partidistas ni políticas, sino que es un mail personal (que me perdone Joaquín por revelarlo) escrito con algunos detalles ya difundidos por la prensa y con la sinceridad esperable entre dos personas a las que les ha unido en realidad un proyecto ilusionante y una desigual sensibilidad -pero compartida- por el medio rural.

Cuando uno lee en la orden firmada por el consejero Echániz que el cierre de las urgencias pretende «racionalizar la atención sanitaria urgente» (ya ni siquiera habla del gasto); cuando se mira a Molina, a la Alcarria o la Serranía y se ve que las zonas más deprimidas de nuestra provincia, que ya de por sí tenían poco, se quedan sin casi nada; cuando la realidad pone de actualidad las palabras escritas hace años por Julio Llamazares, que en un célebre artículo (‘España menguante’) decía que a las gentes de estos pueblos el Estado «no sólo les cobra impuestos como a cualquiera, sin darles igual servicio, sino que últimamente parece que lo que quiere es que se vayan todos de allí, a juzgar por la gran cantidad de trabas que les pone para abrir cualquier negocio y por las facilidades que les ofrece para cerrar los que existen»; y cuando, en definitiva, toda la arquitectura de razonamientos teóricos que habíamos levantado para este artículo se viene abajo con los hechos; entonces… qué quieren que les diga, ya sólo queda la pregunta original: ¿tiene sentido mantener las diputaciones?

3 comentarios en “En el barranco del Hierro

  1. Las diputaciones, como los gobiernos regionales, como la televisión, como los cuchillos jamoneros… Como casi todo, vaya, no son ni buenas ni malas por sí mismas, sino por la forma de utilizarlas. Sin embargo, los de siempre están ahora en el apogeo de su hegemonía cultural y nos ponen por delante capotes que les van muy bien para esconder el cuerpo.

  2. Comparto todo lo que expones en tu artículo. ¿Hasta dónde van a llegar con los recortes, cierres, supresiones, …? ¿Acaso no son personas qué pagan religiosamente sus impuestos de los que cobran «estos ilustres recortadores»? Después de 200 años y con la estructura autonómica, creo que sobran razones para suprimir estas instituciones. ¡Lo que no se justifica es el cierre de los centros de salud. Sus pequeñas, pero necesarias escuelas! ¿Y por qué no apoyamos sus museos y a sus gentes?

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