El negocio de la información

Manifestación de los trabajadores del desaparecido periódico El Día de Guadalajara y de la recién cerrada delegación de la televisión CNC

Manifestación de los trabajadores del desaparecido periódico El Día de Guadalajara y de la recién cerrada delegación de la televisión CNC

Por Yago López

Este fin de semana me invade una sensación agridulce. Al ser el primero en muchos años que lo hago desligado absolutamente de un medio de comunicación -desde el martes he pasado a ser uno más entre los centenares de profesionales del periodismo que ha perdido su empleo en estos últimos años de crisis en la provincia de Guadalajara- puedo escribir en este Hexágono igual de libre que siempre, pero esta vez sin levantar suspicacias entre los lectores más desconfiados. Pero claro, por otro lado tengo la incertidumbre evidente del que acaba de perder su trabajo en un país de más de cinco millones de parados.

A pesar del descoloque inicial, a poco que reflexione, inevitablemente llego a la conclusión que mi amor a esta profesión es desgraciadamente infinitamente mayor que mi sentido común y, por tanto, más allá de reciclarme profesionalmente donde sea necesario para llevar la comida a la mesa, continuaré ejerciendo el periodismo en la medida que me sea posible.

Y es precisamente éste el objeto de mi artículo de esta semana: hasta que punto es posible dedicarse al periodismo, al menos libre y dignamente. Una vez que los empresarios ladrilleros han decidido tirar a la basura sus juguetes de comunicación, más aún después de que desaparecieran las subvenciones millonarias de la administración, y los grandes e históricos grupos editoriales apuestan por cuatro firmas de renombre a costa de mandar a la calle a gran parte de su plantilla y romperle la espalda por dos duros al redactor de base que sobrevivió a la quema, el panorama es desolador.

Un ejemplo claro lo tenemos en Guadalajara. Hemos visto como en un apenas tres años han desaparecido la mayor parte de los medios de comunicación de la provincia, y los que quedan lo hacen a base del nada recompensado esfuerzo de sus raquíticas plantillas compuestas por sufridos trabajadores sometidos a interminables jornadas laborales por una miseria de sueldo.

Y entre todo esto, lo más digno que tenemos son los proyectos surgidos de los profesionales que tras perder su empleo hicieron uso de las plataformas digitales para elaborar sus propios medios de comunicación. Un modelo que debido a la falta de publicidad y al coste temporal que exige el buen periodismo requiere -al menos para hacer un producto decente- ser un trabajador infatigable, renunciar a la vida familiar, y carecer de ambición económica, porque en el mejor de los casos bajo este formato se puede ser, con mucha suerte, mileurista. A lo que hay que sumar la inestabilidad salarial y laboral que este tipo de proyecto lleva aparejado.

Y mientras todo esto sucede, las organizaciones de periodistas denuncian el precario estado de sus asociados, lamentan el goteo incesante de despidos en la profesión y poco más. Yo no tengo, muy a mi pesar, la fórmula mágica que salve al periodismo del lamentable pozo en el que está sumido, pero si no existe unidad profesional que exija seriamente un cambio, más allá de gritarlo y de escribirlo en una pancarta una vez al año, lo llevamos claro.

Hay quien dirá, y en parte no le falta razón, que cuando los periódicos y televisiones proliferaban como setas el nivel informativo no era mucho mejor. Disiento en parte por la experiencia que me toca. La línea editorial era evidente y cada una de las empresas se arrimaba el sol que más calentaba, pero me consta que muchos de los periodistas que en ellos trabajaban se dejaban los cuernos por sacar temas de interés para los lectores o espectadores y en muchas ocasiones encontraban vía libre para hacerlo.

Quedaba pendiente la libertad para poder denunciar aquello que fuera contra los intereses de la empresa, y eso era precisamente lo que había que corregir. Una carencia que está aún por solucionar teniendo en cuenta que hoy por hoy el ciudadano de a pie no parece dispuesto a pagar por una información veraz y de calidad lo suficiente como para permitir que el periodismo sea sostenible por si mismo y no requiera una inversión empresarial que luego exija peaje.

Para concluir, dejar claro que la dramática situación que vive el periodismo no solo afecta a los profesionales del sector, los que de seguir así simple y llanamente se deberán dedicar laboralmente a otra cosa, sino que ataca directamente al derecho a informarse debidamente de los ciudadanos, algo imprescindible para un sistema democrático real. Tanto como la sanidad o la educación.

4 pensamientos en “El negocio de la información

  1. La situación es desastrosa, eso está claro. La solución es un cambio en el modelo de negocio, y para ello la base es re-educar al consumidor… ¿El cómo? Ese ya es otro cantar, porque hay que invertir dinero, y ahí es donde se tocan los bolsillos de empresarios que decidieron apostar por la información cuando les costaba “tres pesetas” (que diría mi abuelo) pero a la hora de la verdad, cuando hay que dar el Do de pecho han salido corriendo…. Al final, tocará tomar el periodisimo com un hobbie en lugar de como un trabajo…

  2. ¡Gracias por tus escritos semanales y esperemos la calma después de esta larga tormenta que nos está dejando sin medios de comunicación, que no de expresión!!, ¡A Dios gracias!, que sois valientes y nos dais cada día un poco de luz , con vuestra peculiaridad, pero con la profesionalidad que habéis demostrado, aunque algún “anónimo comentarista no lo entienda” Seguid así os necesitamos.

  3. Bienvenido al voluntariado periodístico. Lamento mucho que hayas pasado a otra vida. Sinceramente, a mí me preocupa mucho, no tanto la situación que vivimos ahora, cuando nuestro prinicipal sustento tiene unos cuentos perdigonazos, sino la situación que nos encontremos a la vuelta de la crisis. Desde mi talante optimista solo te puedo decir que me alegro de haber compartido contigo una parte de mi viaje. Tú, como el resto de mis compañeros, habéis hecho que merezca la pena. Sabes que por aquí, por las Alcarrias y por los Señoríos tienes una amiga para los restos. Solo decirte que muchas gracias por todo lo que me has aportado profesionalmente, que es mucho, pero sobre todo, por todas las lecciones que he aprendido de tí en cuanto a calidad humana. Como tú, como Luis, como Rubén, Marina, Elena, Borja, Alba, Rocío, Roberto, Luis, Eva, María, Nines, Yolanda, etc, ect, ect… Hay muy pocos. Yo creo que he tenido mucha suerte y no lo olvido ninguno de estos días extraños. Solo espero que no nos olvides, que vengas a vernos de vez en cuando. Yo prometo que no me olvidaré de ti y que en mis visitas a Madrid, por lo menos, una llamada de teléfono para un abrazo de eternos compañeros, no faltará jamás. Un abrazo muy fuerte

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