Él no lo haría

Por Marta Perruca

Roque junto a Paco, antes de morir. // Foto: M.P.

Roque junto a Paco, antes de morir. // Foto: M.P.


Ayer murió Roque. Hace tan solo unos días estaba tan feliz contoneándose de un lado para otro de la pecera, con esos movimientos tan torpes y simpáticos, y ayer aparecía flotando en el agua de mi acuario, ya sin vida y sin que pueda encontrar una explicación a su muerte. Sí, Roque era uno de mis peces, un precioso telescopio de color negro con reflejos dorados y ojos saltones. Le gustaba perseguir a Paco, mi otro pez telescopio, que tan solo se diferenciaba de Roque  por ser un poco más grande, y ahora nada desorientado sin su pequeño amigo.

Puede parecer algo frívolo hablar de la muerte de mi pez hoy, cuando todavía llueven las protestas por los cierres de las urgencias en 21 centros de salud –o por la modificación de sus horarios con criterios asistenciales, según sostiene la Junta en un comunicado de prensa- , pero hoy es San Antón y, aunque el panorama sea desolador, no podemos dejar de lado otro tipo de injusticias que suceden todos los días.

Ayer no podía evitar sentirme egoísta, porque Roque y Paco estaban tan felices y tranquilos en una de las peceras de la tienda de Marcial y ahora Roque está muerto y Paco añora a su amigo.

A menudo satisfacemos nuestros caprichos comprando mascotas sin ser muy conscientes de que con ellas también adquirimos responsabilidades. Ellas no son un juguete que cuando se rompe o nos cansamos de él podamos abandonar en el contenedor de la esquina. Son seres vivos con sentimientos y me atrevería a decir que más leales que muchas personas. Ellos no nos abandonan en los malos momentos, están ahí dándonos su cariño incondicional –vale que mis peces no son esa suerte de animales, pero me dan tantos buenos ratos de entretenimiento y sosiego cuando los contemplo a través del cristal de mi acuario-.

Mi hermano pasea a su perro, Rocky, por un paraje de Rillo. // Foto: M.P.

Mi hermano pasea a su perro, Rocky, por un paraje de Rillo. // Foto: M.P.

Sin embargo, y aunque estamos aburridos de escuchar los mensajes de las distintas campañas para frenar el maltrato y el abandono, cada año en Guadalajara se siguen abandonando más de un millar de animales.

Hoy muchos guadalajareños se acercarán a las distintas parroquias de la provincia a bendecir sus mascotas con motivo de la festividad del patrón protector de los animales, porque aunque haya por ahí sueltos algunos desalmados que se desprenden de sus animales como si de un trasto viejo se tratase, también hay mucha gente que ama a sus mascotas como a un miembro más de la familia.

No quiero olvidarme hoy de la importante labor que realizan muchas organizaciones que recogen a estos animales de la calle, les prestan cuidados si están heridos e intentan buscarles un nuevo hogar, como el que tuvieron la suerte de encontrar Lola y Beetle, las mascotas de mi sobrina.

Beetle es una cariñosa gatita negra de ojos verdes y una pequeña mancha blanca en la tripa. Alba –así se llama mi sobrina- la adoptó cuando tan solo era un cachorro. Su destino se unió al de Lola cuando mi sobrina empezó a acudir como voluntaria a una protectora. Un día trajeron a Lola, una Chihuahua que tenía una pata quebrada y requería de constantes cuidados, por lo que Alba decidió llevársela por unos días a casa para darle las atenciones que necesitaba. Aunque había prometido a sus padres que no adoptaría ninguna mascota más, nadie consintió que Lola regresase a la protectora y hoy Beetle tiene una nueva amiga con la que juega todos los días y la familia un miembro más.

Mi hermano estaba conmigo mientras rescataba el cuerpo sin vida de Roque. Hasta ese momento no había decidido todavía el tema sobre el que iba a versar este artículo y entonces él me recordó un precioso episodio que recogieron todos los periódicos y muchos medios de comunicación tanto provinciales como nacionales hace unos años.

Los bomberos del parque de Azuqueca de Henares tuvieron que intervenir en un accidente de furgoneta con una víctima mortal. Cuando llegaron nada se podía hacer ya por el conductor del vehículo, pero en la parte trasera apareció un pequeño cachorro de mastín que había resultado herido de las dos patas traseras. Los bomberos se lo llevaron al parque azudense, sin embargo, el destino del cachorro no era muy prometedor. Neng –así decidieron llamarle por el personaje televisivo que estaba de moda en esos momentos- se impulsaba con las patas delanteras arrastrando el resto del cuerpo y causándose heridas. La solución más factible entonces parecía ser el sacrificio, pero a un bombero se le ocurrió diseñar una especie de carrito para que el pequeño pudiera desplazarse sin problemas.

Durante unos meses, Neng fue la mascota del parque, hasta que una clínica veterinaria catalana, que había visto en las noticias la historia de este cachorro, se ofreció a practicarle una operación para devolverle la movilidad. Una vez recuperado sería entrenado como perro de rescate y, de la misma manera que él había sido rescatado por los bomberos, podría destinar su vida a la admirable labor de rescatar personas.

Sin duda, ésta es una bonita historia que bien podría inspirar una película de la factoría Disney, o mejor aún, remover las conciencias de los ciudadanos para que sean responsables a la hora de comprar una mascota y quieran, cuiden y protejan a sus animales, porque como decía una conocida campaña “Él no lo haría”.

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