Más que nuestros, parte de nosotros

Vista del Señorío de Molina desde uno de los cerros de Rillo de Gallo. // Foto: M.P.

Vista del Señorío de Molina desde uno de los cerros de Rillo de Gallo. // Foto: M.P.

Por Marta Perruca

En aquellos domingos estivales solíamos meternos todos en aquel viejo Seat 1500 de tercera mano, pertrechados con la mesa plegable azul y aquellas desvencijadas  sillas de campo desparejadas. Mi madre preparaba una ensalada campera y un par de tortillas de patata y pasábamos todo el día en aquel paraje cercano a Rinconcillo en el que mi padre había fabricado un rudimentario columpio con una cuerda y una gruesa tabla de madera asida en sus extremos, que había colgado entre dos chopos. Aquel rincón mágico, donde cantaba el río y saltaban las truchas, era nuestro. Más nuestro de lo que pudiera decir cualquier papel o administración. Ese rincón habla de nuestra familia, de nuestros momentos más felices. Si algún día paseáis por la ribera del río Gallo solo tenéis que prestar atención para escuchar los murmullos de nuestros juegos de infancia, nuestras risas de merienda de pan con chocolate, las exclamaciones de asombro que rodeaban a papá cuando volvía al atardecer y sacaba de la nasa las truchas que había pescado y de las tardes en que nos afanábamos en fabricar barcos de juncos que luego fletábamos desde la orilla y que sólo dios sabe hasta dónde viajarían: A Lisboa –decía mi hermano-.

Para quienes hemos nacido y crecido en el medio rural nuestros montes son un pedazo importante de nuestra vida, forman parte de lo que somos, de nuestra identidad. Los hemos cuidado y protegido y  hemos velado porque se mantengan, tal y como los conocimos, para las generaciones venideras.

No podríamos entender nuestra vida sin el cortante frío en la cara de esas mañanas de otoño, de cesta de mimbre y navaja, de olor a humedad y a pino fresco en las que identificamos níscalos, boletus, aceiteros o senderuelas; sin la alegría de encontrar la primera seta de cardo de la temporada en un paseo eterno con aroma a tomillo, romero y espliego; sin  tantas tardes de merienda, de Jueves Lardero, de expediciones hasta cerros desde donde se divisan los confines de la tierra.

También han sido el plato sobre la mesa de quienes han pasado largas jornadas recogiendo la resina de nuestros pinos; de aquellos que han arriesgado su vida cuando el fuego acechaba en los incendios forestales; de esos otros que se sienten orgullosos de los páramos que rodean su modesto negocio rural; de quienes han recogido leña para avivar su hogar o se levantan con ilusión al alba para disfrutar de una jornada de caza, que buenas rentas dejan en los ayuntamientos.

Imagen nocturna de un monte de la provincia. // Foto: M.P.

Imagen nocturna de un monte de la provincia. // Foto: M.P.

Sin tantos sentimentalismos, la propia LEY 3/2008, de 12 de junio, de Montes y Gestión Forestal Sostenible de Castilla-La Mancha reconoce en su Exposición de motivos: “En muchas áreas rurales de nuestra región la actividad forestal se manifiesta de forma relevante, tanto en términos de empleo como de generación de renta. Si, además del valor económico de los productos forestales obtenidos del monte, se tiene en cuenta su creciente valor social, en el contexto de una sociedad cada vez más urbanizada que practica de forma creciente el turismo rural, y demanda más actividades al aire libre en contacto con la naturaleza, o la interpretación del paisaje, la presencia de los montes, en especial los arbolados, es insustituible.

La erosión, uno de los principales problemas medioambientales en amplias zonas de Castilla-La Mancha, principalmente en su modalidad hídrica, no solo ocasiona importantes pérdidas de fertilidad del suelo, también es causa de otros efectos indeseados que merman la efectividad de ciertas infraestructuras, en especial las de comunicación vial y las hidráulicas. La existencia de masas forestales es esencial, sobre todo en terrenos en declive, para paliar los efectos negativos del fenómeno erosivo, así como para la contención de riadas, regulación de la de escorrentía, etc.”

Esta misma Ley  reconoce que “los montes de dominio público son inalienables, imprescriptibles e inembargables y no están sujetos a tributo alguno que grave su titularidad”. Inalienables, imprescriptibles e inembargables, palabras grandes, palabras de peso, que sin embargo se las lleva el viento en boca de quien no tiene palabra.

Yo me imagino las historias que cuentan los parajes de la Carravieja y la Cuesta del Valle  en Guadalajara, de Jocar en Arabancón, de los de las Cabezas y el Botijoso en Semillas y Tortuero, respectivamente; los de Robredarcas, Umbría de los Parejones, Canalejas, Barranco y otros, en Semillas; el Espinar en El Cardoso de la Sierra; Fraguas en Monasterio; Solana de la Cabeza en Peralveche; Valhondillo y otros en Guadalajara; Carravieja, Camino de Valdenoches y otros en Tórtola de Henares y el perímetro de la localidad de Tendilla, todos ellos contenidos en el informe presentado por Ecologistas en Acción el pasado lunes y que, según la organización, están siendo estudiados por la Junta para su puesta a la venta al mejor postor. Cabe decir, además, que seis de ellos se encuentran en el Parque Natural de la Sierra de Ayllón.

Se trata de casi 48.500 hectáreas en toda Castilla-La Mancha de las que el 30 por ciento se encontrarían en espacios protegidos y con las que la Junta, según recogen los presupuestos regionales, pretende embolsarse 45 millones de euros.

Unos montes a los que, tal y como sospechan los ecologistas, el Gobierno regional, en los tiempos que corren, sacará un escaso rendimiento económico, pero que a la vuelta de la crisis su valor subirá como la espuma. Unos montes que ya no serán nuestros y que cortarán nuestro paso con una cerca, y ya nada podremos decir de lo que se haga en ellos, sobre si se edifica o se talan sus árboles, si destruyen nuestro columpio y desdibujan con él  todas nuestras historias. Serán espacios en los que ya no nos reconoceremos, ni dotarán de identidad a los que vengan después.

Claro, si nos has visto cómo el sol se esconde entre las montañas, si no has oído cantar a los árboles, ni chillar al viento en el barranco, si no has sentido el latido de la tierra paseando entre los pinos, encinas, quejigos o sabinas, no puedes comprender de lo que hablo, porque no se puede amar aquello que no se conoce y, cuando no se ama, parece fácil poner precio a los recuerdos, a las historias y a la identidad de una tierra.

En este país en el que lo público no es de nadie, parece que cualquiera que entre a presidir una Administración puede colgar el cartel de “Se Vende” a un patrimonio natural que es de todos, a esas 10.000 hectáreas de monte de nuestra provincia que deberían ser inalienables, imprescriptibles e inembargables. Parajes que susurran historias, porque ya lo decía la semana pasada, la naturaleza nos habla, pero parece que nos hemos olvidado de escucharla.

4 pensamientos en “Más que nuestros, parte de nosotros

  1. Llevo muchos años presumiendo de mi provincia, demasiados diria yo, tantos que ya tengo que reconocer que una y otra vez, nuestros representantes politicos me han derrotado, es imposible luchar contra aquellos que solo les importa mas un despacho que su tierra. Gracias a ti Marta y este articulo, haces que siga sintiendome orgullloso de Guadalajara, de ver a gente joven y una magnifica periodista como tu, que luchen y defienda, esta Guadalajara tan bella, gracias Marta, por este aire fresco que traes, y ojala alguien se de cuenta de una vez que nuestra provincia es algo mas que un despachito….

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