El momento del chequeo a los edificios

Vista del casco de Guadalajara. // Foto: Ayuntamiento de Guadalajara

Vista del casco de Guadalajara. // Foto: Ayuntamiento de Guadalajara

Medio siglo es el lapso de tiempo que diferencia lo viejo de lo nuevo. Nos referimos, claro está, a las construcciones, ya que esa es la frontera marcada por la normativa que obliga a revisar el estado de los inmuebles que han cumplido los 50. Es la llamada “ITV de los edificios”, y que en nuestra ciudad se empieza a aplicar este 2013 merced a la ordenanza que entró en vigor el pasado mes de diciembre.

A buen seguro que esta norma va a traer de cabeza a propietarios y comunidades de vecinos que adivinan las derramas que tendrán que aplicar para hacer frente a los gastos. Porque todos los edificios que hayan superado el medio siglo deben someterse al “chequeo” de un profesional, arquitecto o aparejador, que vise su buen estado de conservación. Y en caso de que el informe sea negativo, como en la ITV, habrá que pasar por el “taller” para reparar cubiertas, cimentaciones o fontanería.

Calcula el Ayuntamiento que alrededor del 60 por ciento de los inmuebles tendrán que someterse a reformas, una proporción que ha rebajado el Colegio de Arquitectos Técnicos al 25 o el 30 por ciento. Y ese es el temor y el motivo por el que algunos ciudadanos se plantean si este, el de la recesión económica, es el momento más apropiado para meterse en este “fregado”.

Hay varios argumentos de peso que rebaten esa cuestión. El primero, irrefutable, el imperativo legal de una normativa nacional que ha obligado a dictar la ordenanza municipal, aprobada por PP y PSOE. Otro, que no se trata de un tributo, sino de una medida que vela por la seguridad y la salubridad de quienes ocupan esas viviendas. También se puede alegar que la ordenanza se traducirá en más trabajo para el sector más castigado por la crisis, el de la construcción, tanto para los técnicos que se ocuparán de las revisiones, como para las cuadrillas que llegarán detrás para acometer las reformas.

En todo caso, es indiscutible que, desde el punto de vista urbanístico, la norma llega a nuestra ciudad en un momento crucial y oportuno. Porque justamente ahora hace medio siglo que Guadalajara dejó de ser un pueblo para convertirse en una ciudad. Hasta los años 60, esto era poco más que el casco, donde “el caserío era irregular, de materiales pobres, y con predominio de las casas de uno, dos y tres pisos”, según recoge Aurora García Ballesteros en su Geografía Urbana de Guadalajara. Como es sabido, en 1959 la ciudad fue nombrada “Polígono de descongestión de Madrid”, y se dio el pistoletazo de salida a un urbanismo desenfrenado, amparado por el plan de ordenación de 1962, que multiplicaba por 10 la superficie urbana. 

Proyecto del Polígono de Descongestión de Madrid.

Proyecto del Polígono de Descongestión de Madrid.

Fue entonces, ahora hace medio siglo, cuando se despertó la voracidad constructiva del desarrollismo, que se hace evidente en unos cuantos datos, tomados de la citada obra y de El crecimiento reciente de Guadalajara (1960-1990), de Alfonso García Roldán, dos imprescindibles biografías urbanísticas de nuestra capital. Si en 1960 el único conjunto sobresaliente en altura lo constituían dos bloques de seis pisos construidos junto al convento de las Adoratrices, en 1971 se contaban ya 80 edificios con seis o más alturas. Entre 1963 y 1975 se construyeron en Guadalajara 10.250 viviendas, destacando en todo el periodo el año 1969, con más de 2.400. ¡Como para que luego nos causara perplejidad la burbuja inmobiliaria o el caso de Valdeluz!

Por eso convienen estos primeros años de rodaje de la nueva ITE. Hay que pensar que barrios enteros, especialmente el polígono El Balconcillo, pero también todo el plan Sur (entre el paseo de Las Cruces y la avenida de Castilla), Los Manantiales o el Nuevo Alamín están en esa franja de edad que les pondrá pronto en puertas de la revisión.

No se puede obviar que esa ciudad que combatía su aire paleto a golpe de la verticalidad, amparada por la generosidad de la norma y una vez solucionado el problema de abastecimiento de agua, no estaba sino preparándose para acoger la mano de obra que nutriría los nuevos polígonos industriales. Mucho se ha criticado, y con razón, sobre el legado de aquel urbanismo desenfrenado e irreflexivo. A partir de ahora se va a poner a prueba también la calidad constructiva. Porque esas casas levantadas de la noche a la mañana a precios baratos -tres cuartas partes eran de protección oficial o promovidas por cooperativas-, sin grandes acabados y con calidades discretas, son las que en los próximos años van a pasar la ITE. Sabremos ahora si aquellos desenfrenados años nos terminan pasando, una vez más, factura.

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