Hartos ya de estar hartos

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Por Yago López

Decía esta semana en un interesantísimo artículo el prestigioso sociólogo Manuel Castells, que “las revoluciones surgen de la combinación entre una situación insoportable y el bloqueo institucional a la expresión mayoritaria de la voluntad popular de cambio político”. Algo que añadía, cumple perfectamente la realidad de nuestro país. No puedo estar más de acuerdo, como también coincido en su argumento de que a pesar de la violencia y destrucción que evoca semánticamente la palabra revolución, esta no tiene por qué producirse en estos términos ya que estrictamente se refiere a “un cambio estructural  de las formas de Gobierno por caminos no previstos institucionalmente”, que pueden ser más o menos cívicos dependiendo de la población levantada y de la resistencia que pongan los poderosos a perder sus inmensos privilegios.

Lo cierto es que la ciudadanía esta más que hastiada de la corrupción, de la gestión de la crisis del Gobierno y de la clase política en general, que demuestra una falta de ética y empatía social sin precedentes. La desafección política, eufemismo que han inventado los propios afectados para referirse al hartazgo generalizado por su mala praxis, cada día va a más y sin embargo, la población no para de salir a las calles pancarta en mano demostrando que el problema de esta ruptura entre dirigente y potencial votante no guarda relación con el supuesto desinterés por la política de este último.

En Guadalajara, como en el resto de ciudades de España, hemos visto sucederse en los últimos meses decenas de manifestaciones de protesta de prácticamente todos los colectivos. Profesores, estudiantes, médicos, enfermeros, personal de Medio Ambiente, conductores de ambulancias, funcionarios en general, en su mayoría víctimas de los recortes en los servicios públicos, han salido a la calle para defender su puesto de trabajo y la estabilidad de un Estado de bienestar que se desmorona irremediablemente. Concentraciones masivas que, sin embargo, y lamentablemente, no han tenido efecto alguno en la gestión política. Los dirigentes como quien oye llover.

No importa que se presenten miles de firmas en contra de una decisión, acuérdense de la privatización del agua en Guadalajara capital, ni que se desborde el registro con las peticiones ciudadanas para implantar la dación en pago, por poner un ejemplo de competencia nacional. El resultado es el mismo, a unos y a otros les resbala. Y con esta falta de feedback el ciudadano se desespera, y no es para menos.

Ante esta tesitura, cabe reflexionar si solo queda la resignación o hay otra salida. Cuando el mangoneo era generalizado pero la mayoritaria clase media tenía las necesidades primarias cubiertas y peleaba por un coche o una casa mejor, o los más honestos por un reparto más equitativo y justo de los bienes, se imponía la primera opción. Pero cuidado, ahora la situación ha cambiado, y la comodidad que atenazaba a la población ha saltado por los aires.

Con este guión lo normal es que todo estalle, y depende en gran medida de los que mandan que el cambio sea paulatino y pacífico o una carnicería. Las estructuras políticas, tal y como las conocemos, se han quedado obsoletas, y es vital realizar cambios estructurales, que deben ser, por mucho que les duela a los mandatarios que históricamente se han arrogado ese derecho, impulsados por la ciudadanía. La democracia es un sistema complejo y los políticos honrados, que los hay, deben cumplir un papel fundamental en la construcción de un nuevo modelo transparente y participativo, mientras que los bandoleros profesionales de la política deben marcharse a sus casas y dejar de asaltar al prójimo.

Sin embargo, lejos de este escenario, la actitud de los dirigentes de nuestro país da vergüenza ajena. El alcalde de la capital, Antonio Román, se abraza al discurso de Génova y defiende una futura Ley que retrocede a un centralismo prehistórico y amenaza con dinamitar la autonomía municipal, mientras que su homóloga en la región y su jefa en el PP, María Dolores de Cospedal, se  enroca en un discurso indefendible y hace un ridículo espantoso hablando de despido en diferido y simulación de contrato de su extesorero Bárcenas. Un estrambótico personaje que ha aireado las vergüenzas, que no son pocas, del partido político con más representantes en el Congreso.

Todo ello está provocando que la ciudadanía, harta de que se rían en su cara, esta transformando su indignación en rabia e ira. Como decía Bob Dylan los tiempos están cambiando y quien no piense ayudar a la transformación debe apartarse del camino si no quiere salir malparado.

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