El pacto con los lobos

Por Rubén Madrid

Ya está aquí otra vez el lobo feroz. Una magnífica noticia para Guadalajara. El lobo es cultura rural guadalajareña, como la miel, es un sonido inconfundible en la noche de luna llena, o eso nos contaron las abuelas. ¡Bienvenido, canis lopus, está usted en su casa!

El lobo ha vuelto para quedarse. Lo vienen diciendo los expertos. Tras su repliegue en los años ochenta al norte del Duero, en los últimos tiempos está avanzando hasta haber recolonizado Castilla y León por completo y haber pasado de las tímidas incursiones por la Sierra de Ayllón a su presencia constante en la provincia de Guadalajara, como en Cáceres.

Una de las inconfundibles señales de que el lobo está entre nosotros radica en la sangría que provoca en algunos rebaños que en la sierra se habían acostumbrado a campar a sus anchas, ante la ausencia de este enemigo que ahora reconquista su territorio. La Sierra Norte ha registrado en este mes al menos ocho ataques.

Con esa propensión innata del lobo para protagonizar cuentos, con estos episodios se escuchan también algunos relatos un tanto disparatados: que si son los técnicos de las administraciones quienes sueltan a los lobos en los bosques (siempre hay quien ha visto las jaulas abiertas, con el sello de la Consejería, entendemos) o que «el lobo está más protegido que el ganado», como si las autoridades no ofreciesen subvenciones a los ganaderos para naves, pastores eléctricos o seguros de compensación en caso de pérdidas.

Un ejemplar de lobo ibérico. // Foto: www.faunatura.com.

Un ejemplar de lobo ibérico. // Foto: http://www.faunatura.com.

Los pastores llevan años denunciando que no hay medidas efectivas contra el lobo. Lo que piden, sin embargo, es algo que no puede ser satisfecho: exigen la extinción de nuevo en nuestras tierras de una especie ibérica insigne de la Península. Porque, al cabo del debate, cuando el ganadero pierde ya la paciencia, aflora su verdadero deseo: que se autoricen cacerías, que se pueda combatir al lobo con venenos, que desaparezca…

Lo que ocurre, sin embargo, es un asunto de convivencia. Aquí hay tres especies en juego: el hombre, el lobo y el cordero. El cordero, al que nadie defiende, es el que tiene las de perder: acabará en las fauces del lobo o en una cazuela. Son, por tanto, los otros dos personajes los que se disputan el territorio en el que pasta su sustento. Presuponer que el hombre, por constituir la plaga más extendida en este país como en el resto del planeta, debe imponer sus caprichos sobre el hábitat es un error impropio para la especie que precisamente presume de una mayor inteligencia.

Aquí nadie tiene que elegir entre el lobo y el pastor. Es posible la convivencia entre especies, como demuestran muchos territorios europeos donde el lobo vive en libertad.

Hasta los niños de tres años saben que lo que conviene ante el lobo es ponerse a resguardo. Pablo, el mayor de los tres cerditos, el verdaderamente listo, construye su casa de ladrillos. Sus hermanos pequeños, los juerguistas Pancho y Pedro, lo hacen de paja y madera, y así pasa… Aquí, insistamos, hay un problema de convivencia. Los hombres que han aprendido a amar a los lobos, y que presumimos que también comerán cordero y ternera (les recomendamos Guadanorte) vienen abogando por una teoría que uno de ellos, Carlos Sanz, da en llamar «el pacto con el lobo».

Esta fórmula pretende persuadirnos de que se puede mantener la protección sobre el lobo para que extienda sus poblaciones, sin que su presencia en aumento comprometa la existencia de la ganadería. En la España rural de siempre hubo lobos y pastores. Si hay cuentos en los que los lobos son muy feroces es precisamente para prevenir a los niños de la importancia de proteger al ganado de un enemigo tan peligroso para un rebaño desprotegido.

Hace falta información: los lobos no se comen a los niños, también eso son cuentos viejos. Hace falta voluntad, para firmar el pacto con el lobo. Y hacen falta recursos, para ayudar a los ganaderos a que pongan a buen recaudo a las ovejas y las vacas, que son su negocio. En los despachos de la Junta concurren los pastores quejándose de que el lobo se come al ganado y agricultores que se quejan de que los conejos se comen su siembra. ¿Y si los lobos se comiesen a los conejos? Dicen quienes saben que los pequeños mamíferos son sus manjares preferidos y que si ven satisfecha su hambre en el bosque no acuden a las proximidades de los pueblos para atacar a los rebaños.

Hay que procurar modelos sostenibles y compatibles de desarrollo rural, en los que tienen cabida pastores y lobos. No olvidemos que nosotros, como el buitre, comemos carroña (pero frita, guisada, o asada) y que, como el lobo, matamos si tenemos hambre. El problema lo tiene en realidad un primate que reclama para sí todo el dominio de un espacio que debe ser compartido. La vida en sociedad también quedó orquestada gracias a un pacto de convivencia. Sólo a través de este pacto ha sido posible la convivencia. Ya nos había prevenido Hobbes de que, en su estado natural, «el hombre es un lobo para el hombre».

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