Las paradojas del “gratis total”

Taquilla de los Multicines de Guadalajara.

Taquilla de los Multicines de Guadalajara.

Por Rubén Madrid

Los periodistas nos enfrentamos a veces a una ironía tremenda: lectores que acceden de forma gratuita nuestro trabajo nos exigen un acabado y una honestidad a prueba de bombas. Y si no lo hacemos, nos acusan de que así nos va. Resulta curioso que sitúen el listón tan alto como siempre, es decir, como cuando gastaban el dinero en el quiosco. Es poco menos que echarle en cara a una productora que no haya contratado mejores actores o haya gastado más dinero en decorados o escenarios para la película que vimos anoche después de descargarla ilegalmente.

En Guadalajara nos hemos quedado sin diarios y casi, casi, casi… sin cines. Ha faltado, tal vez sigue faltando, el canto de un duro. Y, qué paradojas, están leyendo esto mismo desde su teléfono, su tablet o su ordenador portátil.

Primera paradoja. Muertos los videoclubs, anunciadas las desapariciones de las librerías, tocados y casi hundidos los quioscos de prensa, nos hemos visto a un paso de tener que apagar los proyectores de las salas de cine. Alta Films anunciaba la semana pasada el desmantelamiento de casi todos los cines que mantiene en el país. En Guadalajara esta firma es copropietaria de las únicas salas de cine comercial de que disponemos, en el Ferial Plaza, pero ha confirmado que se mantendrán abiertas… de momento. Lo anunciaban horas después de que la noticia generase cierta preocupación y tras conocerse el trágico destino de Alta Films, la compaía que paradójicamente tiene por máximo accionista al presidente de la Academia Española de Cine. La noche de los Goya, cuando dio su discurso, todo el mundo parecía más preocupado por si Maribel Verdú (toda una eminencia en la materia) criticaba públicamente los desahucios siendo multipropietaria y habiendo anunciado hipotecas.

Segunda paradoja. Dejó dicha Lorca una sentencia muy recordada en estos tiempos de crisis según la cual un país que no ayuda y no fomenta su teatro, si no está muerto, está moribundo. Lo mismo cabe decir del cine, pedigüeño sector donde los haya, pero es que es caro de hacer. Y también, ojo, de la poesía -denostada-, del ensayo histórico o de la danza, donde Víctor Ullate, al que vimos el sábado en el Buero, también ha anunciado que su compañía está entre la espada y la pared. La cultura y el dedo pulgar nos distinguen de las fieras y convierten en pueblo a una banda de individuos.

Que el cine vuelva a abrir sus puertas esta tarde en Guadalajara no significa que el problema esté resuelto. Es más, el problema es profundo. Lo han denunciado los escritores, los músicos, los fotógrafos, prácticamente todos los afectados menos los periodistas: la cultura del “todo gratis” es insostenible para cualquier industria cultural. Del mismo modo que nadie entra en un supermercado y arrasa con todo (por mucha hambre que haya y por mucho que Mercadona haya ofrecido donativos ilegales al partido en el poder), tampoco es de rigor que uno engulla su ración de cine o de música sin pasar por caja. En términos de evolución de la especie esto no es un estancamiento, sino una involución. Una paradoja de la modernidad. Como si los recién nacidos viniesen al mundo sin el dedo pulgar.

Tercera paradoja. Esta crisis de espectadores, que no sólo se debe a la crisis de todo lo demás (los restaurantes también cierran, pero no porque nadie coma gratis en ellos) ha sido uno de los argumentos que ha esgrimido Alta Films para sus cierres. Paradójicamente, cuando la mayor exhibidora de cine del país pone el grito en el cielo, el país registra la menor asistencia a las salas de toda la historia del cine (o de los registros).

Dibujo realizado por el propio quiosquero que abrirá en Santo Domingo.

Dibujo realizado por el propio quiosquero que abrirá en Santo Domingo.

Cuartas paradojas. Ha de regresar la coherencia. Es tan sencillo o, paradójicamente, tan complejo como que el espectador pague por el espectáculo; que los propietarios de las salas pongan por fin unos precios razonables a las entradas y no ocho, ni siete ni seis euros actuales, abusivos siempre (han subido un 36% en siete años), y que publiciten sus películas y sus promociones en los medios de comunicación, de quienes paradójicamente también ellos esperan que les hagan las labores publicitarias de forma gratuita, como si los periodistas también viviésemos del aire; y que se regule la circulación de productos culturales en internet, porque un señor desde Australia no puede ni debe enriquecerse con los productos culturales que son fruto del esfuerzo de nuestros profesionales y los gastos en formación o subvenciones de nuestros ministerios.

La paradoja de mi abuela. Pero hay más contrasentidos: mi abuela, que se gasta todos los días el dinero en comprar un diario de Guadalajara; que los miércoles iba al cine en versión original del Cineclub en el Teatro Moderno; que no sabe lo que es el Spotify y se compra todos los meses un CD de música clásica; y que los domingos invita a sus nietos a ver una película en el Ferial Plaza… es decir, que es honesta como consumidora, está a punto de quedarse sin películas, periódicos ni música porque el consumo cultural parece recluido únicamente a internet, donde sólo los idiotas o gentes con principios (por tanto, doblemente idiotas) parecen dispuestos a pagar.

Sexta paradoja. Y mientras tanto, los santuarios de la difusión gratuita de la cultura, las bibliotecas, sufren los recortes de las administraciones públicas y se enfrentan al pago por el préstamo.

La última paradoja. Tal vez estamos ciegos de tanto beber, quizá sea una ilusión y la botella no esté medio vacía. Estos días he visto circular por una red social (qué paradojas) que reabrirá el quiosco de prensa en Santo Domingo y que allí podremos reencontrarnos con un excompañero que hasta hace poco se dedicaba a maquetar en un periódico local. Disculpen la insistencia, pero también esto resulta paradójico. Un brote verde en pleno centro, a la vista de todos. Además y al fin y al cabo, los cines alcarreños se salvan del desmantelamiento generalizado en todo el país y el Moderno tendrá algún día (queremos pensar que más pronto que tarde) una “superapertura” y encima con total garantía para la seguridad de los espectadores. Y, como prueba, al buzón llega un periódico de papel, como los de siempre, donde paradójicamente España va bien. Y nos llega gratis.

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