El último tren

Un convoy en la estación de Sigüenza. / Foto: Francisco García Marquina.

Un convoy en la estación de Sigüenza. / Foto: Francisco García Marquina.

Por Rubén Madrid

La línea de tren del Henares lleva camino de hacerse famosa por lo mismo que el tren de Arganda, aquel que prolongaba su trayecto entre vides mondejanas y del que se decía que pitaba más que andaba. En Guadalajara presumimos de tren medieval, de estación de AVE y de museo del ferrocarril en Baides, pero trenes, lo que se dice trenes de toda la vida, cada vez circulan menos. Y lo que nos espera. Aunque aquí, como en todo, no hay mejor empedrado para echar la culpa que el gobierno.

No es la primera ni la segunda vez que en Guadalajara nos enfrentamos a una crónica de una supresión anunciada por Renfe. Ha habido muchas amenazas y otros tantos indultos. La Plataforma en Defensa del Ferrocarril Convencional se ha hecho experta en salvar match-point. Ahora, el nuevo Ministerio de Fomento desempolva los planes del viejo Ministerio de Fomento con una similar orientación: suprimir trayectos de trenes que paran en los pueblos de la meseta porque son «de muy baja eficiencia». El recorrido a Sigüenza, siempre en tela de juicio, salta a la palestra en los informes que sustentarían estos planes de reducción de gasto y que publicaba hace unos días el diario El País.

Lo más fácil para un servidor en estos momentos sería dar un paso al frente y decir (otra vez) que es inadmisible que el Gobierno (este, como aquél) pretenda seguir adelante con este exterminio de trenes que constituirá el descabello para nuestro medio rural, imponiendo criterios económicos sin atender a la rentabilidad social y premiando otros tipos de transporte menos limpios. Nos rasgamos las vestiduras, culpamos como siempre a los de Madrid y espantamos a martillazos todo asomo de culpabilidad propia.

Y es que el tren de siempre es más barato, para en más sitios, contamina menos y tiene, incluso, un halo de romanticismo. No cantaré yo tan bien como ya lo hizo en este espacio el poeta García Marquina las excelencias de estos ferrocarriles que han marcado como una cicatriz la piel de nuestra geografía y que arrastran en su dialecto de hierro toda una leyenda romántica que ni siquiera iguala el hecho de volar en pájaros de lata. El tren simboliza como pocos medios de transporte el viaje en toda su esencia, con ese transportarse al tran tran de la melancolía y que hace así las delicias de los viajeros literarios y de otros seres anómalos, pongamos por caso a los amantes de la musaraña campestre, esa especie animal que sólo se avista como dios manda desde la ventanilla del vagón.

¡Ay, el tren!… ¿hay algo mejor que el tren? ¿y entonces, por qué narices tiene tan pocos pasajeros el tren?

Lo urgente. Pese a todo, resulta obligado recompener de nuevo la compostura políticamente correcta. A día de hoy lo único cierto es que algunos billetes para el día 1 de junio ya no se pueden comprar en la taquilla on line de Renfe. La amenaza pende, al parecer, sobre 56 trayectos semanales y varias paradas que afectan al corredor natural del Henares, hasta Sigüenza seguro, hasta Arcos de Jalón tal vez. Pinta feo, y la desinformación que se da a quienes llaman, así como las filtraciones y la opacidad desde Toledo, donde tendrían más detalles, no tranquilizan a nadie.

Gráfico de El País con el informe que sustentaría las supresiones. // Foto: El País.

Gráfico de El País con el informe que sustentaría las supresiones. // Foto: El País.

Convengamos que por eso mismo lo urgente pasa por salvar cuantos más trayectos sea posible. Insistimos: salvar trayectos, mantener horarios, no rebajar las frecuencias, poner en marcha los máximos convoyes posibles al día… Nos ponemos así de pesados para que lo entiendan incluso los vicepresidentes de Diputación, como el nuestro, cuya potente reacción ante asunto de tal calibre se ha ajustado a ponerse delante de los micrófonos para decir que la línea de tren de Soria no va a desaparecer. Palabra de Robisco, cuyas luces nos iluminan y  corrijen la ignorancia de los idiotas de la plebe, aquellos tentados de decir que una línea desaparece porque se quede con dos trayectos testimoniales.

Pero no nos desviemos. Conviene, decíamos, intentar el enésimo indulto para el tren convencional en esta tierra, como viene haciendo con éxito la Plataforma del Ferrocarril. Con los trenes pasa como con los trienios: una vez eliminados de la nómina, seguramente no volverán jamás de los jamases. Y convendría, ya puestos, mantener el mensaje de unidad comarcal que siempre ha ofrecido este foro de alcaldes, sindicatos y vecinos y que en las últimas horas se ha visto tambalear. Sería, puestos a pedir, todo un detalle por parte de la Consejería de Fomento que se posicionara en favor de los intereses de estas cinco provincias y de paso facilitase la información de que dispone, en vez de añadir más obstáculos.

Lo importante. Hay un debate de fondo necesario y obviado una y otra vez. Llevamos demasiados años sorteando la espada de damocles de nuestro tren, reivindicando como la enésima bandera de nuestro provincianismo herido unos convoyes que no utilizamos y demorando una estrategia efectiva contra el subdesarrollo rural, que es la madre de todos los corderos.

Porque de eso hablamos, de la espiral de alianzas contraproducentes entre un medio rural que no garantiza la viabilidad precisamente de esos servicios sin los cuales la condena a la despoblación resulta perpetua e inevitable. El tren no es rentable porque no hay viajeros, pero si no hay trenes tampoco habrá vecinos… Un detalle salvable en tiempos de bonanza y un hecho inadmisible, dicen en Renfe, en tiempos de vacas flacas.

Todos tenemos parte de culpa en la situación creada. No basta con pedir a papá Estado la paga para que mantenga el tren y olvidarnos a continuación de los pueblos a los que aludimos como justificación de nuestros desvelos ocasionales. Renfe ha cumplido hasta ahora manteniendo líneas deficitarias. ¿Han cumplido las administraciones con sus políticas para fijar población en el medio rural?

Los trenes convencionales están amenazados no por un gobierno (lo ha estado con el anterior y con el actual) ni exclusivamente por los rectores de Renfe; sino por todos nosotros. Y es así, al menos, por tres razones:

  1. Todos queríamos AVE. Parecía un desagravio que una capital de provincia española se quedase sin su estación del AVE, condenada a la incomunicación. Hemos gastado ingentes cantidades de dinero en construir una red de tren de alta velocidad muy por encima de nuestras necesidades. Apostamos por reforzar un modelo de ferrocarril caro (también para el consumidor) y que, aseguran ahora en Renfe, no puede mantenerse junto a otra red, la convencional, deficitaria. ¿Quién firmó entonces en contra de «nuestro derecho a que pare el AVE»? ¿Era realmente necesaria la estación de Yebes?
  2. Sí hemos firmado en los últimos tiempos, en cambio, debajo de un texto que alega, no sin razón, que el tren convencional es un medio de transporte seguro y muy poco contaminante, lo cual alude a una rentabilidad a largo plazo nada desdeñable a la que se suma su impagable labor social con quienes no disponen de vehículo propio. Sin embargo, muy pocos apuestan por esta forma ideal de transporte y optan por viajar a Jadraque o Sigüenza en vehículos más contaminantes, menos seguros y que, salvo algún conductor que admite el autoestop, son de uso particular. La firma (las palabras) sirve de muy poco si no está acompañada de un comportamiento (los hechos), más proclives a la combustión de gasolina.
  3. Así las cosas, la utilidad del tren se reduce y mucho a la necesidad de mantener un servicio público costeado entre todos para ciertos colectivos muy reducidos, sobre todo los más mayores, que no pueden acceder a otra forma de transporte en un ámbito en declive, el medio rural. Mantener una red de trenes como la de antes con tan baja densidad de población y con un parque automovilístico tan alto es, en cierto modo, tan loable como contrario a los tiempos que corren. Digamos que sería un elemento discordante con el modelo aplaudido por todos. Lo consecuente sería ser tan ecológicos y solidarios como el tren que reivindicamos. Y admitir que la solidaridad (que aquellos franceses pioneros llamaron fraternidad) tiene un coste vía impuestos. Por mí, no hay problema.

Podemos salvar el tren por romanticismo, por convicciones medioambientales y por principios sociales. Pero también podemos buscar una solución más eficaz para cumplir con la misma misión: ¿son posibles alternativas como autobuses, microbuses, servicios de taxi subvencionados? ¿Seríamos capaces, tal vez, de inventar una suerte de bono rural para sufragar con menos coste algún tipo de transporte? ¿Conviene dar un paso adelante en la comarcalización de servicios, por ejemplo en el transporte? Quiero pensar que hay alguien estudiando posibles alternativas a la disyuntiva entre mantener una línea de tren como la actual o recortarla hasta convertirla en ridícula.

Entre lo importante y lo urgente, hoy se impone dar de nuevo una voz firme de defensa de nuestros intereses. Se dirá que cada convoy que el próximo día 1 ya no parta hacia su destino será casi imposible que vuelva a circular por los raíles. Es el riesgo inevitable de tener que subir en marcha al último tren.

2 comentarios en “El último tren

  1. Pues ojalá mantengan los trenes, pero posiblemente dentro de unos meses nos pasaría otra vez lo mismo. Se agradece pensar también en eso que llamas lo importatnte, pero aquí funciona la política del y tú más y sin más vistas que pasado mañana. Así nos va.

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