Cuando estudiar es un privilegio

Estudiantes realizando la selectividad en Guadalajara. // Foto: www.canal19.tv

Estudiantes realizando la selectividad en Guadalajara. // Foto: http://www.canal19.tv

Por Yago López

Este viernes las ilusiones de labrarse un futuro mejor de cerca de un millar de alumnos de Guadalajara cuelgan de un tablón de anuncios situado en el campus que la Universidad de Alcalá de Henares tiene en la capital alcarreña. Hoy se conocen las calificaciones de la temida selectividad y con ellas las notas de corte que permitirán acceder o no a una u otra carrera universitaria.

Podríamos hablar como cada año de los nervios de estos estudiantes, de sus lógicas dudas sobre el camino a tomar, de sus botellones de celebración o incluso de los llantos desconsolados de los que no estudiaron lo suficiente y deberán probar suerte a la vuelta del verano. Pero no, de lo que toca hablar hoy es de los que aún logrando una nota excelente que les permitiría acceder por expediente a la carrera deseada deberán encomendarse a la suerte para que les caiga en gracia una beca –con la reducción acometida por el Ministerio lograr una es casi un milagro- o verse irremediablemente obligados a renunciar a su formación para dejarse el lomo en un trabajo de baja cualificación que nada tenga que ver con sus intereses, no aquí claro que no hay trabajo sino en Alemania o en cualquier otro país desarrollado.

Quizá en esta coyuntura lo que explica el brutal incremento de las tasas universitarias, de cerca de un 25% en primera matrícula hasta más de un 200% en cuarta convocatoria en apenas un año y en plena crisis, es que ya no interesa formar a los estudiantes con el gasto que ello supone, total para que se tengan que ir fuera a que otros países saquen partido de su preparación mucho mejor sin estudios, que así sus aspiraciones son más bajas y además si finalmente se quedan hacen menos ruido. Parece broma pero en realidad no lo es porque es completamente cierto y no tiene ninguna gracia.

Si una cosa habíamos logrado en las últimas tres décadas de democracia era una cierta igualdad a la hora de acceder a los servicios esenciales –y digo cierta porque me refiero a la clase media, las élites de este país conservan intactos los privilegios que se forjaron en la dictadura- entre ellos los más importantes sin duda la Sanidad y la Educación. Sobre el primer caso obvio decir lo que esta pasando porque ahora no toca y en el segundo me centraré en la educación superior, la universitaria.

La igualdad de oportunidades que no hay nadie que a día de hoy se atreva a rebatir, al menos públicamente, es un cuento chino si el acceso a los servicios que la garantizan tienen un coste que gran parte de la población no puede asumir. Esto es una perogrullada pero es una realidad como un templo y no se puede consentir. Hablemos de números para entendernos claramente, sin mensajes de pancarta.

Un crédito cuesta en la actualidad, y eso suponiendo que no se produzcan más subidas, en cualquiera de las carreras que se ofertan en el campus de Guadalajara de 21,32 a 27,14 euros dependiendo del tipo de grado al que se opte, dejando a un lado los máster y demás titulaciones. Esto equivale a que si un curso tiene una media de 60 créditos las matrículas ascienden de más de 1200 a más de 1600 euros por año. Unas cifras inasumibles para aquellas familias que cuenten con un solo sueldo para su manutención cuanto menos descabelladas para aquellas que carecen de ingresos. Unas situaciones que antes paliaban las becas pero que ahora sin embargo quedan en muchos casos completamente desprotegidas.

Y es que si se cumplen los requisitos para la concesión de una beca significa que la situación familiar es más que delicada y probablemente el estudiante deba compaginar sus estudios con un trabajo a tiempo parcial para ayudar a la maltrecha economía familiar. Trabajar y estudiar una carrera es factible en muchos casos, aunque depende claro de la capacidad del estudiante y por supuesto de la dificultad del grado y del trabajo que se desempeñe. Pero trabajar y ser infalible en la universidad está en manos de muy pocos. Y esa es precisamente la trampa: que si obtener una beca es difícil, conservarla es misión imposible. Para no perder la prestación se exige sacar adelante el 100% de las asignaturas en muchos de los grados aunque es cierto que el porcentaje baja unas décimas en carreras consideradas de mayor complejidad. En todo caso un simple fallo en un examen no significa un suspenso, sino que obliga a muchos alumnos a abandonar los estudios.

Esta es la cuestión clave. El año 2012 realizaron la selectividad en Guadalajara casi cien alumnos menos que este 2013. Son por tanto más los estudiantes que aspiran a realizar una carrera universitaria, lo que habrá que ver es cuantos pueden permitirse el lujo de acabarla y cuantos otros deberán abandonarla por falta de posibles. Todavía no hay datos oficiales porque muchas universidades están fraccionando los pagos, incluso mensualmente, y flexibilizando los plazos para que los alumnos puedan abonar las matrículas tras la denegación de la beca, pero en líneas generales y según un reciente estudio del periódico El País se estima que más de 30.000 estudiantes han tenido que dejar la carrera por impago.

Todo esto trae a la memoria tiempos de infausto recuerdo en los que a la universidad solo accedían los potentados y a los hijos de los obreros ni se les pasaba por la cabeza. Es triste, pero a este paso, y si no se corta de raíz la dinámica en la que está sumido el sistema educativo, nos espera una sociedad segregada donde el pobre perpetúa su hambre y el rico su estatus.

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