El primer ascenso de nuestras vidas

Fotografía de la crónica del ascenso, hace diez años, en el Guadalajara Dos Mil.

Fotografía de la crónica del ascenso, hace diez años, en el Guadalajara Dos Mil.

Por Rubén Madrid

Hoy 26 de junio celebramos el segundo aniversario del ascenso del Deportivo Guadalajara a la categoría de plata del fútbol español, tal vez el hito más importante del deporte guadalajareño, al menos como espectáculo de masas. Apenas unos días antes, a finales de mayo, se cumplía un aniversario redondo que ha pasado totalmente desapercibido: los diez años del ascenso del Gestesa de fútbol-sala a Honor, el que podríamos llamar el primer ascenso de nuestras vidas.

Para una generación de aficionados y periodistas, aquel épico ingreso en la máxima categoría, en el año 2003 en Cartagena, cerró una etapa oscura para el deporte de equipos de la ciudad y abrió las puertas a un vendaval de éxitos, entre ellos la escalada de categorías del Depor y el muy meritorio salto del Quabit hasta Asobal.

Ante la desmemoria generalizada parece tarea obligada para quienes estuvimos allí tener que sacarlo a relucir, al menos en tan digno aniversario. No hace tanto, cuando había redacciones de periódicos, siempre había algún periodista que en algún momento caía en estas fechas, porque también había reuniones de redacción y momentos de asueto entre rueda y rueda de prensa.

La del Gestesa fue una gesta inesperada. Incluso haber estado allí para contarlo fue casi una casualidad, después de asumir un riesgo contrario a los consejos del sentido común. Porque, a decir verdad, aquel fin de semana había elecciones autonómicas y municipales, lo que siempre exige concentrar todos los esfuerzos en las urnas; pero también el Deportivo Guadalajara de la primera temporada de Retuerta, que entrenaba por entonces Curro Hernández, jugaba en Marbella su primer partido de promoción a Segunda B en muchos años. ¿Hasta qué punto convenía desplazar dos redactores a Cartagena para cubrir como dios mandaba el más que complicado ascenso del Gestesa? Ese ascenso no era imposible, pero sí muy poco probable. La gente el lunes andaría más preocupada por los sufragios y por la eliminatoria recién abierta del Depor.

Pero… ¿y si había ascenso?

Afortunadamente, en aquellas sedes de periódico donde había reuniones de redacción también se encontraba uno a redactores jefes tan románticos y apasionados de lo suyo como poco ortodoxos (el inigualable Manuel Bueno) y directores que amaban su profesión y apostaban por el periodismo verdadero, como Antonio del Abril. Así que no resultó difícil convencerles de que un periódico que se dignase en tener ese nombre debía estar en el momento y el lugar precisos. Si había un perro y un hombre, nada impediría que esta vez el hombre mordiese al perro.

Isma Mínguez ha entrenado también al Azulejos Brihuega. // Foto: Golsala.com

Isma Mínguez ha entrenado también al Azulejos Brihuega. // Foto: Golsala.com

Pero es que, a decir verdad, no sólo nosotros estabamos allí de chiripa, sino que el propio equipo había llegado contra todo pronóstico a esta fase, después de superar a un equipo mucho más experimentado, el Enpanyol.

La Unión, que tenía al Gestesa por nombre comercial, era un club diseñado a partir de cuatro equipos locales para llegar a la máxima categoría, pero lo cierto es que la programación deportiva de esta temporada había resultado muy precaria para tan alto objetivo: se configuró un plantel de jugadores calificados como ‘de equipo’ bajo la tutela de un técnico criado en la Alcarria, el atanzonero Isma Mínguez: con estos mimbres había opciones para intentarlo, tal vez para adquirir algo de experiencia en el asalto del año siguiente…

Tampoco el escenario era el más idóneo: el Wssell de Guimbarda cartagenero era llamado ‘la Bombonera’ por algo más que por buscar un apodo con mejor pronunciación. Y, para colmo, el primer partido en Cartagena, el sábado, se saldó con una indiscutible paliza: 8 a 4. Así que aquel domingo, Richi, Miñambres, Loyes, el capitán Isma y compañía tenían que ganar o ganar y nadie apostaba un duro por ellos.

El equipo recuperó bien anímica y físicamente tras el partido del sábado. La afición estuvo de diez en la cena tras la derrota: mezclada en el mismo salón restaurante del hotel, animó incansable a los chavales entre plato y plato.

Al día siguiente, el partido estuvo igualado. Los alcarreños ganaban por un tanto al descanso, así que había otros veinte minutos de reloj parado para soñar. Una ventaja que Leo amplió nada más arrancar la segunda mitad. Cuando, a los diez minutos, el morado Borrell le robó el balón a un zaguero rival y batió al portero en el mano a mano, la grada morada se vino abajo. La recompensa por el aliento prestado a los suyos llegó para los 150 aficionados desplazados, menos de los que seguramente habría garantizado una eliminatoria con más opciones. A partir de entonces, el rival se desquició, la expedición alcarreña hizo suyo el escándalo de la Bombonera y, al sonar la bocina final, invadió la cancha… Sobre el parqué cartagenero cayeron las lágrimas de todos, incluido el grandullón Santi Ranz. El último gol en contragolpe de Miñambres, que ataba definitivamente el ascenso cuando sólo quedaban 40 segundos en el marcador, había hecho explotar a la afición. Fue el primer petardazo de los últimos tiempos. Porque la emoción sería la misma que más tarde liberó cada penalti parado por Jorge Oliva al Pozoblanco o la que desataría en el graderío alcarreño en Anduva y en las casas ante los televisores cuando Ernesto salvó la distancia de los once metros y envió el balón al fondo de las mallas.

Tras los lejanos episodios del balonmano y el baloncesto en los primeros noventa, el ‘futbolín’ morado era el primero en situar de nuevo al deporte alcarreño en lo más alto. 

Sorprende por ello que aquel ascenso haya pasado desapercibido. La explicación, tal vez, se deba a que ya no queda nada de aquello. El equipo, que descendió y volvió a ascender de nuevo, no sólo cayó definitivamente tras una catastrófica temporada 2010/11 en Honor, sino que la entidad ha desaparecido y el artífice del ascenso en el banquillo ya no entrena a primer nivel (la última vez que ví a Isma Mínguez fue el domingo, pero creo que iba a tomarse un vermú al Otero). También se han cerrado los periódicos cuyas hemerotecas custodian estas hazañas: servidor escribió las crónicas de aquel fin de semana histórico con otro hexagonero, Abraham Sanz, para el extinto Dos Mil, escuela de periodistas que ha echado el cierre.

“La memoria es también una estatua de arcilla”, dejó escrito José Saramago en sus Cuadernos de Lanzarote, un librito que es un blog antes de que todos escribiésemos en un blog. “El viento pasa y le arranca, poco a poco, partículas, granos, cristales. La lluvia ablanda las facciones, hace decaer los miembros, reduce el cuello. Cada minuto lo que era dejó de ser, y de la estatua no restaría más que un bulto informe, una pasta primaria, si también cada minuto no fuésemos restaurando, de memoria, la memoria. La estatua va a mantenerse en pie, no es la misma, pero no es otra, como el ser vivo es, en cada momento, otro y el mismo”. 

De aquel ascenso a Honor, una emotiva hazaña deportiva ahora olvidada, queda, al menos, ese monumento impreciso pero heroico que esculpimos a golpe de recuerdo.

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