El quitanieves del Moderno

Por Concha Balenzategui

Portada de Baila, baila, baila, de Haruki Murakami

Portada de Baila, baila, baila, de Haruki Murakami

Acabo de terminar de leer Baila, baila, baila, del escritor japonés Haruki Murakami, una novela protagonizada por un periodista que se define a sí mismo como un “quitanieves cultural”. Es un redactor autónomo que recibe encargos de distintas publicaciones, y que él aborda de forma concienzuda y puntual, pero sin ninguna pasión. Constantemente alude al escaso atractivo de los trabajos que le encargan, y justifica su labor en que las revistas necesitan textos culturales y alguien tiene que escribirlos. “Es como recoger la basura o quitar la nieve. Alguien tiene que hacerlo, le guste o no”, se excusa el personaje. Este mercenario de la cultura se mueve con pragmatismo y apatía en unos terrenos, los de la cultura y la comunicación, que habitualmente se presentan revestidos de romanticismo y glamour.

Al margen de esa mirada desapasionada y fría hacia la tarea de escribir, me ha chocado la tesis del protagonista de que la cultura es algo vital, comparable a la necesidad de mantener las carreteras transitables o los contenedores vacíos. No voy a establecer paralelismos entre la sociedad japonesa de principios de los ochenta en que se ambienta la novela y la nuestra. Pero la reflexión del escritor me conecta con otros planteamientos muy cercanos y actuales.

En estos años difíciles, surgen a menudo dudas y debates sobre lo que es prioritario, lo necesario, frente a lo prescindible, lo superfluo. En nuestra economía doméstica tomamos decisiones como esperar a las rebajas para actualizar nuestro armario, pero en cambio no escatimar al cargar el carro del supermercado. En muchas casas andan estos días preguntándose por lo que se pueden permitir en concepto de vacaciones y de lo que deben prescindir. Y en las administraciones, desde el pequeño ayuntamiento hasta las cumbres de Bruselas, se debate sobre lo que se mantiene dentro de los parámetros de la austeridad, la disponibilidad presupuestaria y lo que se considera un despilfarro.

En este contexto, la ciudad de Guadalajara ha vivido cómo por el camino de la crisis y los recortes se han eliminado decenas de elementos de su realidad cotidiana o de su horizonte inmediato. Pongamos un hospital, un campus universitario, unos trenes, unos autobuses o unos miles de empleos. Y ha habido respuesta, claro está. En distinta medida, desde diferentes frentes y con variados argumentos, pero casi siempre aludiendo a lo urgente y lo prescindible.

Cola de protesta a las puertas del teatro Moderno, el pasado octubre. // Foto: E. C. culturaenguada.es

Cola de protesta a las puertas del teatro Moderno, el pasado octubre. // Foto: E. C. culturaenguada.es

Por eso quiero destacar la grandeza de que una parte de la sociedad guadalajareña no haya permanecido quieta y silente ante el cierre de un teatro. Un teatro modesto, con pocas butacas, para obras de pequeño formato, pero también un reducto para la creación, la fábula o la lírica en pleno corazón de la ciudad. ¿Qué supone una función infantil en domingo o una proyección en versión original frente a la ausencia de profesores de apoyo o el cierre nocturno de un centro de urgencias sanitarias? Evidentemente, no son parámetros comparables. Ni por el coste económico, ni por su contribución al bienestar de un vecindario.

Y por eso sobresale el hecho de que, entre tantos motivos que pueden alimentar la protesta activa o el lamento colectivo, el cierre de un teatro haya sido razón más que suficiente para salir a la calle y mantener viva una reclamación. Porque estoy convencida de que ha sido esa persistencia en el mensaje, esa contundencia en los argumentos la que ha precipitado -no se puede usar otro verbo en este caso- el desenlace de los acontecimientos.

Durante el último año, el Ayuntamiento de Guadalajara se ha mostrado en ocasiones tibio, en otras contradictorio y demasiadas veces cómplice de la Junta. Pero finalmente ha decidido hacerse cargo de la gestión del teatro Moderno. Porque lo considera importante, aunque tenga otros espacios para la escena (el Buero Vallejo, el Espacio Tyce, el CMI Eduardo Guitián…). Porque no debe ser tan caro de mantener, aunque se nos haya dicho que sí, que la gestión fue nefasta y que sólo una empresa privada podía llevarla de forma eficaz. Porque quizá el edificio no necesite tanta reforma, aunque nos hubieran asegurado que corría peligro la seguridad de los espectadores. Pero sobre todo, el Ayuntamiento hace lo que hace porque lo ha pedido la gente, de forma pacífica, constante e imaginativa. O, simplemente, como decía el “quitanieves” de Murakami, porque “alguien tiene que hacerlo”.

Es, en cualquier caso, y como ha dicho la Asociación de Amigos del Moderno, una buena noticia. Una victoria colectiva, añado yo, porque son muchos los vecinos que han participado en la reivindicación, los artistas que han mantenido encendido el foco a las puertas del teatro, o los periodistas que han preguntado por el asunto a los responsables culturales y han tratado el problema. Cuando el Moderno reabra sus puertas, será más nuestro, más de todos, de los artistas y los espectadores que lo han defendido.

Lo repito. Me siento orgullosa de vivir en una ciudad que no se calla cuando cierra un teatro. Y hoy, también, de tener un Ayuntamiento que ha oído el clamor. Sólo queda ver si se para a escuchar lo que dicen.

Un pensamiento en “El quitanieves del Moderno

  1. Por una vez en la vida, la idea que he tenido durante tantos años, a quedado obsoleta. Se ve que por fin, la gente de Guadalajara, parece haber despertado a tantos años de ambiguedad. Me siento orgulloso.Y ese pensamiento, solo se puede tener cuando ves que por fin algo se mueve. Ojala que este sentimiento que tengo no acabe con una gran desilusion. Quiero creer que el esfuerzo de personas como Pep, tiene que tener recompensa. A lo mejor, es momento de que nuestros gobernantes, no sean parte del problema, sino parte de la solucion.
    Un saludo
    Andreas Strobel

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