Los desastres silenciosos

La corporación municipal de Guadalajara guardando un minuto de silencio por el accidente de tren en Santiago. // Foto: guadaque.com

La corporación municipal de Guadalajara guardando un minuto de silencio por el accidente de tren en Santiago. // Foto: guadaque.com

Por Yago López

Por desgracia, accidentes como el sucedido esta semana en Santiago, que ha dejado una escalofriante cifra de víctimas mortales y una cantidad aún mayor de heridos, suceden cada cierto tiempo. En algunos casos, una vez se depuran responsabilidades, se descubre que podían haberse prevenido o minimizado y en otros los sucesos son sencillamente incontrolables, pues son consecuencia de un error humano o de una situación inesperada que difícilmente podía haberse previsto. Esperemos dilucidar con el tiempo de qué se trata exactamente en este caso.

Sin embargo, parece que tenga que suceder un desastre de esta magnitud para que todos, dirigentes políticos y empresarios incluidos, tomen conciencia de la importancia de la vida, y por tanto de su pérdida, y se muestren consternados por el dolor, comprometidos con todo aquello que pueda paliarlo, y solidarios como nunca con los ciudadanos afectados. Hemos visto declaraciones de apoyo de todos y cada uno de los partidos políticos y todas las instituciones sin excepción se han mostrado predispuestas para colaborar en lo que se las necesite. No es para menos. Se han perdido cerca de un centenar de vidas y la población está muy afectada, ¿cómo no iban a estarlo también sus dirigentes?

El problema es el contraste que se produce entre esta muestra de compromiso social, algo que debería ser inherente al cargo que ocupan como representantes de los ciudadanos, y la absoluta falta de empatía de la que hacen gala en su gestión diaria. Es una auténtica pena y es difícilmente comprensible que mueran personas por el simple hecho de haber cogido un tren, pero no lo es menos que otras vayan muriendo poco a poco y aquellos que tienen en sus manos impedir ese sufrimiento miren para otro lado.

Es cierto que casi nadie muere de hambre en este país, pero no lo es menos que no sucede gracias a la caridad de algunas organizaciones y no a un plan real de las administraciones que impida o al menos combata la exclusión social. Mientras cada vez más familias de Guadalajara viven por debajo del umbral de pobreza desde los Ayuntamientos, por mencionar a la institución más cercana al vecino, se mira constantemente para otro lado. No hace falta caridad, hacen falta planes de empleo y ayudas sociales que permitan recuperar la dignidad arrebatada a estas familias.

Comparto de veras el llanto de estos días de alcaldes y concejales y el pesar mostrado públicamente en solemnes concentraciones silenciosas, y no dudo que sea sincero, en estos momentos en que el país está de luto, y en otros tantos en los que también lo estuvo y además tocó más de cerca –el incendio del Ducado en 2005 en el que murieron once personas del retén de Cogolludo- pero pido que esa misma sensibilidad que demuestran tener en estos grandes desastres no se desvanezca en las pequeñas cifras del día a día.

Al igual que las administraciones locales el Gobierno regional debe reflexionar al respecto. Pensar que sus drásticos recortes en Sanidad, con el cierre de una planta completa del Hospital Universitario de la capital alcarreña y el aumento considerable de las listas de espera evita por ejemplo no lograr en algunos casos un diagnóstico precoz que puede significar salvar o no una vida. Una vida tan valiosa como cualquier otra aunque se apague lentamente y aislada del luto nacional, lejos de los focos de los medios de comunicación.

No es demagogia es la cruda realidad. Cuando un banco le quita la vivienda a una madre pensionista porque su hijo no pudo pagar su casa al quedarse sin trabajo y la entidad con quién tenía la hipoteca le convenció para que le avalara no les parece una tragedia que esta mujer no tiene culpa de padecer. Pues esto ha ocurrido en la capital alcarreña este mismo año y no he visto a ningún dirigente mover un dedo para evitarlo ni por supuesto derramar una lágrima. Esta tragedia sí tiene solución pero nuestros gobernantes aquí prefieren mirar para otro lado. Tal vez esperen para lamentarlo cuando los afectados por esta tortura se quiten la vida fruto de la desesperación, o tal vez ni eso. Suena duro sí, pero porque es duro.

Todo mi respeto a las víctimas del descarrilamiento del tren de Santiago y todo mi apoyo sincero a los familiares y amigos. No quiero con este artículo restar un ápice de importancia al terrible suceso que lamentablemente les ha tocado vivir. Su dolor ha despertado la solidaridad ciudadana  e incluso parece haber removido la dormida conciencia de nuestros dirigentes. Esperemos que lo visto estos días no haya sido un mera pose y de verdad sirva para que comiencen a valorar la vida y el sufrimientos de las personas a las que representan, en estas grandes tragedias, en las que se agradece su apoyo, y también en las que ocasionan en el día a día con su inhumana gestión o con su silencio cómplice, porque de estas últimas son responsables directos.

 

 

 

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