Las llaves de la biblioteca

Blanca Calvo, asomada a un balcón de Dávalos el viernes durante la fiesta sorpresa de compañeros y amigos. // Foto: E.C.

Blanca Calvo, asomada a un balcón de Dávalos el viernes durante la fiesta sorpresa de compañeros y amigos. // Foto: E.C.

Por Rubén Madrid

La Biblioteca Pública de Guadalajara es mucho más que un santuario de la cultura. Es la catedral que le falta a la ciudad. Y Blanca Calvo es (todavía es, cuesta decir que lo ha sido) la madre superiora de todo este invento. Porque esta casa nodriza de la cultura arriacense extiende su encantamiento, llevado tal vez por hadas y enanitos, hasta muchos otros rincones de la ciudad: ese gran maratón de cuentos de junio, esos viernes de historias escritas en el aire, ese espíritu que coloniza rincones lentos y librerías, y esas reivindicaciones de mantener en las mejores condiciones lo que es de todos, ya sea un ejemplar de un libro o todas las culturas del mundo.

Blanca Calvo se jubila. Cumple 65 años y abandona su puesto en la dirección de la Biblioteca Pública de Guadalajara. No es un hecho extraordinario. Lo realmente sorprendente es que una bibliotecaria, por muy directora que haya sido a lo largo de más de tres décadas, concite el cariño de tantos amigos que el viernes la despedían con una fiesta sorpresa en la que la rondaron, la colmaron de flores y besos y la entregaron de un batacazo toda la ternura que ella, cumpliendo con algo más que su deber profesional, les ha ofrecido durante estos años. Se entiende que este cariño, como los libros, era prestado y tocaba devolverlo a su legítima propietaria.

A estas alturas resulta casi vergonzante que uno tenga que recordar los muchos motivos que han hecho que Blanca Calvo sea toda una autoridad en el mundo de la cultura de esta ciudad. Llegada desde Valladolid, donde nació y se crió, en 1981 (algunos contábamos meses de vida) se puso al frente de la biblioteca pública de Guadalajara para, tres décadas después, dejarla convertida en un referente en todo el país, también en estos tiempos de crisis en que ha afrontado recortes presupuestarios y de personal con tristeza pero con ímpetu, reinventando nuevas fórmulas y tirando de la buena voluntad de los guadalajareños. Estos contratiempos han demostrado también que esta biblioteca tiene más amigos que usuarios.

Antes, Calvo, que no olvidamos que ha sido la única alcaldesa de la ciudad (durante poco más de un año, entre 1991 y 1992, por IU), ha venido amadrinado proyectos aparentemente sencillos pero de una profundidad y durabilidad impresionantes: ha sido pionera en la puesta en marcha de clubes de lectura y en la lucha contra el canon bibliotecario; fundó el Seminario de Literatura Infantil y Juvenil, desde donde han partido dos iniciativas fundamentales en la vida cultural arriacense, el Maratón de Cuentos y los Viernes de los Cuentos; y ha prestado su voz, su cara o su tiempo en cuantas causas perdidas ha considerado dignas de batalla. Con la palabra como ariete y el buen entendimiento como escudo, habrá acertado tantas veces como se ha equivocado, pero se ha ganado el respeto de casi todos en un mundo en el que la discusión sustituye cada vez más al debate y el ordeno y mando se impone sobre el consenso.

Pero su gran obra, por supuesto, es nuestra biblioteca. Y digo nuestra porque así le gustará oírlo. Dávalos (pero antes el Infantado) ha visto desfilar a una ingente cantidad de guadalajareños de todas las edades, desde bebés que apenas mantienen el equilibrio pero ya escuchan sus primeros cuentos en las pequetecas hasta personas jubiladas que disfrutan en clubes de lectura de poesía, ensayo o novela o, más recientemente, ese grupúsculo de intelectuales indignados que se hacen llamar econoplastas. En la biblioteca se lee, se consulta Internet, se toman prestados películas y CD, se investiga, se hacen deberes, se dialoga, se estudia, se dan conferencias, se debate y se cruzan miradas enamoradas. No está escrito, pero es como si a la entrada existiese un cartel que dijese: “Bienvenidos: están ustedes en su casa”. En caso de un desastre nuclear, muchos alcarreños correríamos a refugiarnos entre las paredes mullidas de sus libros. Allí nos sentiríamos seguros.

Con todo esto quiero decir que Blanca Calvo puede presumir de dos méritos por encima de todos aquellos otros puntuales que venimos señalando: haber dignificado el oficio de bibliotecario y abrir las puertas y ventanas de la biblioteca de par en par.

Y todo esto lo ha hecho con un aspecto frágil y una voz suave que persuade y embelesa. Cuando uno escucha a Blanca Calvo reivindicar incluso las cosas más graves, recibe siempre un mensaje de fe en la bondad de las personas que parece construido a prueba de bombas. Me han contado que incluso cuando ha habido grupos de gamberros en la biblioteca ha sido siempre reticente a avisar a la policía y que sólo a regañadientes ha admitido la necesidad de que la seguridad se pasease por este santuario de la cultura, porque ella cree por encima de todo en las infinitas propiedades del verbo.

Esta mujer que anda ya enfrascada en otros planes es el ama de las llaves de la biblioteca y estos días ha insistido en que lo que más le costará, después de tanto tiempo, será devolverlas. Antes de desearte toda la suerte del mundo, desde aquí le ofrecemos un humilde consejo: quédese con las llaves y deje las puertas abiertas. Como siempre.

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