Vidas desperdiciadas

Una mujer pide en la Calle Mayor, la semana pasada. // Foto: R.M.

Una mujer pide en la Calle Mayor, la semana pasada. // Foto: R.M.

Por Rubén Madrid

Por lo que se ve, estamos a punto de convocar la presencia de las ratas en nuestras calles, que, como bien relató Albert Camus, son el primer síntoma de la peste inminente. Vamos por el buen camino, que diría nuestro presidente: ayer conocíamos que en 2012 la esperanza de vida ha retrocedido en España por vez primera en la historia (en la historia con registros estadísticos, que no es poco) o que han aumentado los robos a domicilios en nuestra provincia; y a poco que esperemos aceptaremos poner fin por decreto al contrato de 40 horas semanales y sustituiremos la justicia y la sanidad pública por la beneficiencia y los hospicios.

De momento, el centro de la ciudad de Guadalajara se ha poblado de mendigos que hasta hace poco formaban parte del paisaje de las grandes capitales: teníamos que ir a Madrid para comprar en El Corte Inglés y también para observar a esos vagabundos que duermen entre cartones. Ahora tenemos lo uno y lo otro. Este verano he llegado a contar algún día hasta ocho personas pidiendo entre la plaza de Santo Domingo y la Plaza Mayor.

He tomado prestado el título de un libro del sociólogo Zygmunt Bauman, premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales, para este artículo, porque el concepto de “vidas desperdiciadas” es el que mejor refleja, por cuanto tienen de inmundicia social y de destinos quebrados, estos menesterosos que pueblan nuestras aceras.

Portada en España (Ed. Paidós) del libro de Zygmunt Bauman.

Portada en España (Ed. Paidós) del libro de Zygmunt Bauman.

¿Por qué son tantos? Por lo pronto, a cualquiera se le viene a la cabeza la relación directa entre tanto pordiosero y los estragos de una crisis catastrófica, no sólo por la sacudida del fenómeno sino por la gestión política con que hemos afrontado sus emergencias. La justificación, en cambio, se queda corta: no basta con advertir el efecto y lamentarnos; tener salpicado el centro de la ciudad de mendigos es un fracaso rotundo de todos nosotros como comunidad local con un proyecto social que imaginamos preocupado por algo más que una injusticia balompédica. Estas presencias incómodas en el corazón de la ciudad delatan que algo no funciona, tampoco aquí y ahora, y exigen una sensibilidad ciudadana y unas políticas municipales que de momento han brillado por su ausencia.

No hay que limpiar a los mendigos de la ciudad porque hagan feo entre los participantes del certamen de mimos de Ferias o porque obliguen a cambiar el rumbo del trenecito turístico, sino porque resulta totalmente incompatible el concepto de ciudad habitable que imagino que todos queremos con la presencia de estos indigentes que nos salen al paso con sus súplicas de supervivencia. Al margen de respuestas tan simples que me he encontrado estos días al comentar este asunto (como que muchos de estos mendigos viven muy bien o, todavía más descabellado, que hay quien mendiga porque prefiere esa forma de vida) creo que entre quienes tienen tres dedos de frente el fenómeno exigirá una reflexión más profunda. Y cabe empezar con una pregunta: hay más indigentes porque somos más pobres, pero ¿somos más pobres porque hay crisis económica o también porque hemos renunciado a un reparto más igualitario tanto de la abundancia como de la miseria?

Habla en el ensayo aludido el pensador polaco Bauman del modo en que el moderno sistema de producción y consumo capitalista genera residuos no sólo materiales sino también humanos, a quienes también bautiza como “seres fallidos”: lo son a escala global los refugiados de la guerra en el negocio militar (más presente hoy que nunca en Siria); y lo es el mendigo a la puerta de nuestros supermercados, como vemos también mejor que nunca ahora en Guadalajara.

Dice este intelectual que “la producción de residuos humanos tiene todo el aire de un asunto impersonal y puramente técnico”, ya que responde a eufemismos como ‘demandas de mercado’, ‘presiones de la competencia’ o ‘productividad’ y eficiencia”. Visto así, no cabe duda de que lograron su propósito los líderes mundiales que se comprometieron a refundar el capitalismo en la cumbre de Washington de 2008, cuando la crisis parecía una broma: las políticas neoliberales han vuelto a engrasar la maquinaria para hacerla más competitiva, aligerando las cargas del estado social. Hay que competir con los países emergentes y también aquí hay que abaratar costes para disparar la producción de bienes y servicios y de vidas desperdiciadas. Mercado obliga.

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Un pensamiento en “Vidas desperdiciadas

  1. Pingback: Lo que he aprendido con Bauman | Manuscritos a máquina

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