La fiesta de pago

Fuegos artificialesPor Concha Balenzategui

– ¿Estuviste en las fiestas de tu pueblo?
– No, no pude. Sólo tenía libre el fin de semana.
– ¿No pasaste ni una noche por la verbena?
– No. No merece la pena pagar para ir sólo un día…

He tenido varias conversaciones similares estos días en Guadalajara. Hijos de los pueblos, de los que acuden muchos fines de semana durante el año y alguna temporada en verano, pero que cierran la casa del pueblo cuando llegan las fiestas patronales. La razón está clara. Se les exige pagar 70 u 80 euros por adulto por participar en los festejos. No exagero nada: Hay sitios incluso más caros, y otros con cuotas también para menores. En definitiva, que si se multiplica el gasto por los miembros de la familia, para muchos se pone en un pico estar los días grandes en su patria chica.

El pago es obligatorio para los vecinos y descendientes. No importa que no les gusten los toros o que apenas disfruten un rato de la verbena que, dicho sea de paso, cada vez comienzan más tarde en los pueblos porque el objetivo es adentrarse “hasta altas horas de la madrugada”, como rezan los programas. Aunque muchos mayores sigan añorando el “pase de tarde” y muchos de los trasnochadores apenas pisan el baile, porque están en las peñas o en torno a los maleteros de los coches convertidos en abrevaderos. Debate clásico veraniego donde los haya.

El caso es que, para quienes sólo tienen unos días libres, no compensa pagar. Los que disponen de tiempo, pero no de dinero -como el caso de los parados- tampoco pueden. Pero lo más curioso es que los que optan por no abonar su cuota, ya no pueden pisar el pueblo esos días. Porque se exponen a que les pongan la cara de siete colores mientras están tomando una cerveza.

Otra situación que he vivido más de un año por estas fechas de finales de agosto y principios de septiembre: Los amigos que han ido volviendo a la capital después de las vacaciones se reúnen una noche para volver a verse las caras y contarse las anécdotas del verano. Afortunadamente nadie ha revelado las fotos de los viajes, porque la costumbre se perdió con las cámaras digitales y todos se ahorran ese rato. Como quedan ganas de fiesta y faltan aún días para que empiecen las Ferias, alguien propone ir a un pueblo de los que celebran verbenas en estas fechas.

– No, a mi pueblo no podemos ir, que este año no he pagado la fiesta.
– Pero si sólo vamos a ir a tomarnos un par de copas a la plaza y nos volvemos…
– Ya, pero no me pueden ver por allí. Si queréis, id vosotros…

En definitiva, yo, que no desciendo de ningún pueblo de la provincia ni tengo casa de verano en ella, soy libre de disfrutar de los encierros, procesiones y bailes que se me antoje. Gratis. Pero como seas del pueblo, o pagas o ni te asomes.

Me cuentan que en algunos sitios de la Alcarria “profunda” hay comisiones de festejos especialistas en hacer pasar vergüenza a los morosos de la fiesta. Hay casos en los que mantienen una vigilancia férrea sobre los que han pagado, por si ese amigo al que se han traído al pueblo es “algo más que amigo”. Si se les ve cogerse de la mano o besarse, es síntoma inequívoco de que el invitado debería haber contribuido económicamente.

Antiguamente, por ejemplo, se preguntaba eso de “¿Paga ya el toro?” sobre el nuevo novio de una joven del pueblo, para averiguar el grado de compromiso de sus relaciones. Una fórmula similar a la de “¿ya entra en casa?”, que se usaba para saber si la pareja “iba en serio”, que se solía decir. Y por lo que me cuentan, no son usos desterrados, en absoluto.

Sabemos todos que muchos ayuntamientos han pasado calamidades para organizar sus fiestas estos últimos veranos. El dinero del ladrillo, de la nuclear o de las cortas de pinos, ya no es lo que era, y los programas de fiestas se resienten. Fundamentalmente en el capítulo taurino, el más caro del programa, que ha sido disminuido, cuando no directamente suprimido, en infinidad de localidades.

Pero también es cierto que las cuotas festivas vecinales de algunos sitios se han vuelto inalcanzables para muchas familias golpeadas por la crisis. Si hemos “vivido por encima de nuestras posibilidades” en lo que a encierros o verbenas se refiere, habrá que rectificar. Y eso también pasa por racionalizar las cuotas de fiestas y fomentar otras fuentes de financiación.

No hay que rascarse mucho la cabeza, porque las rifas, los bingos o las ventas de bocadillos se inventaron hace tiempo y siguen en vigor. Pero lo que no puede perpetuarse es que uno se sienta incómodo en su propio pueblo el día en que debería compartir la fiesta con sus vecinos u honrar a su patrón. O que no pueda hacerlo, sencillamente, porque es pobre.

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