El centro de las emociones

Un artista durante el Certamen de Pintura Rápida celebrado el sábado. // Foto: R.M.

Un artista durante el Certamen de Pintura Rápida celebrado el sábado. // Foto: R.M.

Por Rubén Madrid

Una de las ventajas que tiene la paternidad consiste en disfrutar de las Ferias de Guadalajara de un modo distinto. Despertar en horario infantil, con la cabeza despejada gracias al trabajo de un sueño reparador (mientras gran parte de los vecinos mataban neuronas a golpe de tragos), y pasear por el centro de la ciudad en busca de una estatua humana a la vuelta de cada esquina, a la caza de un pintor que le saca los colores a la ciudad o al encuentro de magos, titiriteros o cabezudos, permite reconocer la ciudad de una forma también intensa y muy agradable. El descubrimiento, lo confieso, es reciente y me mantiene atrapado desde hace un año.

Estos días asistiremos -si el otoño no se adelanta con sus lluvias- a unas estampas envidiables en pleno centro de la ciudad. La presencia de la comparsa de gigantes y cabezudos, las obras de teatro al aire libre, los conciertos gratuitos en Santo Domingo… abarrotan unas calles del centro que demasiado a menudo nos ofrecen un panorama fantasmal, sobre todo en verano, cuando tantos huimos a las playas y los pueblos.

Y no sólo la viveza y el colorido de estas fechas se corresponden con el ambiente nocturno, que ha sido objeto de la polémica con el traslado del Ferial, sino que el aspecto de la Calle Mayor a las doce de la mañana de un domingo de Ferias respecto a la misma hora de cualquier otro domingo del año no tiene comparación. Y uno quisiera que esa misma estampa se reprodujese en febrero o en noviembre.

Es recurrente la cantinela de que el centro no tiene vida y de que la Calle Mayor está vacía. Y hay bastante de cierto. «Tenemos el casco más muerto de España», establecía no sé si comparativa o hiperbólicamente el concejal socialista Daniel Jiménez en junio. Y es habitual echarle la culpa al empedrado o, lo que es lo mismo, al Consistorio de turno. Pero no es menos cierto que el abandono del centro ha sido, en parte, culpa de todos: de quienes reclamaron la modernidad del consumo en El Corte Inglés (empezando por los equipos socialistas) y de quienes vivían en el centro y emprendieron la huida a los adosados de Cabanillas, Marchamalo o Alovera: mil por aquí, otros mil por allá.

También ahora la revitalización del centro es tarea de muchos, y no sólo de unos pocos, y exige que nos involucremos en la medida de nuestras fuerzas. Quienes vivimos en el centro, mucho más; pero también el resto, porque este barrio, por su naturaleza, es el único barrio tan propio para los residentes como para quienes duermen cada noche en Aguas Vivas, Los Manantiales o las Cumbres.

El mural de Bosch ha desaparecido al derruirse el edificio.

El mural de Bosch ha desaparecido al derruirse el edificio.

El centro tiene una asociación vecinal, todavía un buen puñado de comerciantes, algunos residentes y unos gestores que necesariamente caen, cada día, por el casco. Hace un par de años la asociación de vecinos organizó unas fiestas del centro que fueron un auténtico fracaso, sin apenas respuesta y con actos suspendidos por ausencia de participantes. Fue un intento, todo sea dicho, pero hizo agua. Tampoco la elección de la fecha resultó muy inteligente: pleno verano. 

Más tirón pretenden tener las iniciativas que a lo largo del año pone en marcha el Ayuntamiento: visitas guiadas a los monumentos o iniciativas puntuales como las visitas mendocinas, los Jueves del Comercio o las diferentes ferias (del libro, de artesanía, etc). Colaboraría, qué duda cabe, que eventos que han arrastrado tiempo atrás tanto público como las ferias de la tapa hubiesen buscado su escenario en el centro. El Ayuntamiento ha impulsado también unas obras, molestas en su día, que han renovado el aspecto de este eje que debe iniciar su resurgimiento invitando al paseo. ¿Qué más se puede hacer? Tirar un mural con un edificio, como ha ocurrido con el mosaico de Bosch, porque no estaba catalogado, no. Poner los villancicos de Raphael en Navidad, tampoco.

La Ley Antitabaco ha contribuido de forma indirecta a sembrar de terrazas el asfalto en verano. Los comerciantes han hecho su apuesta abriendo sus establecimientos y algunos, además, han puesto en marcha negocios con cierto grado de singularidad y distinción que les sienta muy bien al casco antiguo.

¿Por qué, entonces, los vecinos siguen sin confluir en la Calle Mayor?

El actual equipo de Gobierno dio por muerto antes del verano el Plan Especial del Casco Histórico aprobado por unanimidad en 2007, suscitando las críticas de la oposición. La decisión no debe caer en el vacío. Convendría que el equipo de Gobierno ponga en marcha un plan alternativo, que logre movilizar el debate público, que recoja un buen puñado de propuestas (no sólo urbanísticas, sino también culturales) y que diseñe una estrategia global con planes concretos.

Las políticas e iniciativas de cada una de las partes involucradas deben confluir en un mismo sentido. Y cabe exigir a otras administraciones que, si no suman, tampoco resten: el cierre del Teatro Moderno por parte de la Junta para ahorrar apenas 50.000 euros al año no es, desde luego, una política de colaboración para revitalizar el casco antiguo. 

Resultaría osado resolver en unas líneas una cuestión que a buen seguro exige horas y horas de reflexión a quienes se juegan el pan cada día en el centro y a quienes tienen el cometido de poner en marcha las actuaciones necesarias para hacer de eta zona de la ciudad, que siempre es la que la distingue de otras, un lugar por el que presumir. Toda esta reflexión no tiene más intención (y no sería poca) que invitar al lector a la reflexión, porque hacer del centro un punto de encuentro todavía mejor exige, antes que nada, una toma de conciencia: paseen este domingo en busca de estatuas humanas.

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