El FESCIGU, un tesoro cultural infravalorado

Cartel publicitario Fescigu 2013. // Foto: fescigu.com

Cartel publicitario Fescigu 2013. // Foto: fescigu.com

Por Yago López 

Aunque natural de Madrid y nómada por distintas comunidades autónomas por motivos profesionales, trabajé (asalariadamente) y viví –cuando el oficio de periodista aún era posible y la crisis no había mutilado informativamente la provincia- durante más de media década en  Guadalajara. En este tiempo, y hasta la actualidad,  muchas han sido las actividades culturales que, bien por trabajo o por inquietud personal, he ido conociendo a lo largo y ancho de la provincia. Algunas además, con motivo de la documentación que exige la realización de un reportaje, con una profundidad especial. De todas ellas, a un reconociendo el altísimo nivel de iniciativas como el Maratón de Cuentos o el Tenorio Mendocino, si siento especial predilección por alguna –quizá ayude mi pasión por el séptimo arte- es sin duda por el Festival de Cine Solidario de Guadalajara (el FESCIGU). Un evento de primera magnitud realizado a base de voluntad y esfuerzo y, sobre todo, mucho amor por el cine.

Este festival es una gran joya cultural que está tristemente infravalorado por el ciudadano de a pie de Guadalajara. Es cierto que cuenta con los más fieles seguidores, que han llegado incluso esta edición a financiar directamente el certamen a través de la novedosa fórmula del crowdfunding o micromecenazgo, pero no lo es menos que a pesar de la calidad del producto ofrecido y de los increíbles precios –no conozco de veras ninguna iniciativa de esta naturaleza que ofrezca tanto por tan poco- el teatro Buero Vallejo no termina de llenarse durante su celebración, cuando en un contexto lógico debería colgar el no hay billetes cada día de proyección.

Tiene su mérito, y no creo que muchas actividades sean capaces de lograrlo en este contexto económico, recabar entre sus seguidores 4.000 euros de financiación a cambio de una simbólica recompensa: desde figurar en los títulos de crédito en la aportación más modesta hasta obtener diverso merchandising del festival o incluso la posibilidad de entregar un premio o formar parte del jurado en el caso de las colaboraciones más generosas. Finalmente han sido 82 los pequeños mecenas que con su dinero, 4.000 euros en total, han permitido que el festival salga adelante, pero deberían haberse contado por cientos y el presupuesto de una iniciativa de este calibre y de esta calidad debería ser infinitamente mayor y contar con el respaldo de las administraciones públicas competentes en materia de cultura, sin que sirva de excusa la manida austeridad. Sin violines no hay tractores, que diría aquel.

Aún así, y a pesar del continuo descenso de los habituales patrocinadores de este tipo de eventos (empresas del ladrillo, entidades bancarias y administraciones públicas) que en los últimos años han desaparecido o esconden la cabeza debajo del ala cuando se les reclama para estos fines, la organización Cinefilia, con Luis Moreno a la cabeza, ha seguido luchando contra los elementos, tirando de imaginación y de muchas horas de trabajo sin remunerar, para poder ir sacando adelante edición tras edición sin que el producto final pierda, a pesar de todo, un ápice de calidad. Que con este presupuesto consigan este resultado me sigue pareciendo un milagro. Mi más sentida enhorabuena por ello. Se merecen el mayor de mis respetos y, por supuesto, mi incondicional asistencia y la de aquellos que me rodean. Ver decenas de cortometrajes de primera línea y documentales de extraordinaria calidad por ese precio para un aficionado al cine es verdaderamente un privilegio.

Otro de los aspectos destacables de este festival es sin duda su carácter eminentemente social. Además de ofrecer obras audiovisuales de magnifica factura también presenta un contenido de calado que promueve la reflexión a cerca de la sociedad que nos ha tocado vivir. Durante su existencia ha planteado cada año una temática de interés que ha suscitado siempre un interesante debate. Este año es el turno al papel de Internet en nuestra vida cotidiana, poniendo en cuestión si la Red de redes está realmente al servicio de la humanidad. Además de montajes que abordan esta temática y de los cortometrajes que concurren oficialmente al certamen (una selección de 28 trabajos de entre cerca de 600 obras presentadas) el festival cuenta también con otras secciones fuera de concurso que abordan diversos temas de interés social: la tercera edad, el sexo, la discapacidad o la crisis entre otras.

En definitiva, del martes 24 al sábado 28 de septiembre se proyectarán en sesión de tarde en el teatro auditorio Buero Vallejo la friolera de 86 obras repartidas en cinco días. La entrada tiene un precio simbólico y da derecho a todas las proyecciones del día. Un verdadero lujo al alcance de todos gracias al hercúleo esfuerzo de unos pocos. Ahora llega el momento de agradecerlo y llenar a rebosar el teatro todos y cada uno de los días del festival. No es para menos.

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