El Retablo de las Maravillas

Imagen del Retablo Arriacense de Víctor de la Vega.

Imagen del Retablo Arriacense de Víctor de la Vega.

Por Concha Balenzategui

He visto varias veces el Retablo Arriacense. En el edificio de la calle Topete y en la torre de cristal junto al Corte Inglés. Y es cierto que el cuadro llama la atención, por sus dimensiones y por su abigarrada composición. Es un entretenido ejercicio jugar a reconocer los personajes, paisajes y torreones de los castillos de nuestra provincia. Independientemente de su valor artístico, que no me atrevo a juzgar, es una obra elegante. Alegórica y emblemática. 

Emblemática, porque refleja “lo nuestro”, nuestras señas de identidad, un algo intangible sobre lo que se construye un sentimiento de pertenencia a una comunidad, o de apego a un terruño. Ese “algo” subyacía con frecuencia en el mensaje lanzado durante años desde la Caja de Guadalajara, en un discurso que hemos escuchado muchas veces los que aquí hemos crecido. He conocido a unos cuantos presidentes de la Caja, he asistido a infinidad de actos, y esa defensa de “lo nuestro” siempre estaba en boca de los representantes de la entidad, incluso si estaba atravesando momentos poco gloriosos, que los ha habido.

El mensaje de estar al servicio de la provincia y de los impositores se repetía con mayor insistencia en los últimos tiempos de la Caja, antes de que su identidad empezara a diluirse, merced a las fusiones y absorciones: en Caja Sol primero, Banca Cívica luego, y finalmente en La Caixa, hasta pasar a ser la infinitésima parte de un gigantesco barco financiero.

Decía José Luis Ros, su último presidente, que la entidad provincial sería la última en marcharse de los pueblos, que su Obra Social no pararía, que Caja de Guadalajara no perdería su identidad en aquella fusión “a pulmón” con la caja sevillana…Pero hoy, como en otro retablo, el de las Maravillas de Cervantes, descubrimos que de aquello no había nada. Ahora sabemos que estábamos siendo actores pasivos de una burla, como aquella que hacía a los personajes cervantinos creer que, en un lienzo blanco, se representaban fantásticas imágenes, pero que ellos no las veían por su impureza de sangre. Ya ha quedado demostrado que Guadalajara desaparece de los rótulos, de los pueblos… y hasta de aquel rascacielos que construyó la ambiciosa Caja cuando era una cabeza de ratón, justo un minuto antes de pasar a ser el último pelo de la cola del león.

Y una parte de esa trastienda de la fusión-absorción-refusión, disolución en definitiva, la vemos estos días con el desalojo de la torre y el “Enigma del Retablo Arriacense”, como ha dado en bautizarlo ese poeta de causas perdidas que es Chiqui Valero, fundador de un grupo creado en Facebook para reclamar la recuperación del lienzo.

Fue Antonio Herrera Casado quien, haciendo pública su preocupación por el destino del cuadro, dio la voz de alarma, como aquel militar que rompió el silencio en el entremés de Cervantes, o la niña que se atrevió a decir que el emperador iba desnudo. Herrera sí que es uno de esos elementos de Guadalajara que, si no existiera, habría que inventarlo, por muchas razones que no caben en un artículo. En el caso que nos ocupa, el cronista provincial no sólo ha encendido la mecha que luego ha prendido en las redes sociales y en los medios de comunicación, sino que ha hecho propuestas. Y se ha dirigido a la Diputación, la institución pública que engendró la primigenia Caja y que parece, lógicamente, abocada a proteger la obra.

Hoy, después de leer el estupendo reportaje de “Cultura en Guada”, sabemos que la Fundación Caja Sol todavía no tiene claro qué hacer con el cuadro, pero que se muestra abierta a donarlo o a exhibirlo en una hipotética nueva sede central, que se abriría en la Plaza del Jardinillo (que tiene narices la cosa, por otra parte). Si así fuera, si el mensaje de defensa de lo nuestro esta vez es cierto, concluiríamos que Herrera y quienes han hecho este ruido mediático se han puesto la venda antes de la herida. Pero también podríamos pensar que si todos hubieran permanecido “ciegos y mudos”, el Retablo podría haber acabado en una oficina sevillana, barcelonesa, o en un almacén.

Pero además, como recordaba Ángel de Juan, y como dice “Cultura en Guada”, no hay que olvidar que el Retablo Arriacense sólo es la punta del iceberg de la importante colección de pinturas y esculturas que Caja de Guadalajara fue creando a lo largo de los años, merced a su prestigioso Premio Nacional de Arte, y a adquisiciones realizadas con las ganancias de un negocio que propiciaron los ahorradores guadalajareños.

Y en definitiva: Una vez que alguien da la voz de la sensatez ante la burla del Retablo de las Maravillas, sería de necios permanecer aferrados al engaño.

Un pensamiento en “El Retablo de las Maravillas

  1. Gracias Concha. Es exactamente lo que hay. Sólo discrepar en algo y muy poquito: Enarbolo mi bandera de causas perdidas en batallas que de antemano sé que voy a perder, si no la lírica del poeta no funciona, pero en esta ocasión no es posible. Está causa está ya ganada, se recupere o no el retablo. Y no lo es porque ya sólo nos queda el alma, que este cuadro convierte en única para serranos, campiñeses, molineses y alcarreños. Y es que cuando salimos fuera y hablamos de nuestra tierra, en ella está el Hayedo y los pantanos y el Barranco de la hoz… Y el Arcipreste de Hita, el Guiness de los Cuentos, Y Buero Vallejo… Y Ochaita y Las tetas de Viana, La cueva de los Casares, la catedral de Sigüenza… aunque seamos de Almoguera, o nacido en O´Donell. Hemos ganado esta batalla porque en realidad estamos reclamando lo que sentimos nuestro, seamos de donde seamos: El alma de Guadalajara. Y eso me gusta porque tenía la sensación de que nuestra tierra ya no la queríamos tanto. Gracias a los cientos de personas que se han interesado por ello y sigamos reclamando sin ambajes, sin alaracas, sin prepotencias ni ombliguismos, pues Guadalajara merece un respeto que hace mucho sentimos que nos han perdido.

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