Casco histórico: un moribundo con mejor imagen

El casco histórico sigue mejorando su imagen, pero sigue perdiendo vida. // Foto: lacronica.net

El casco histórico sigue mejorando su imagen, pero sigue perdiendo vida. // Foto: lacronica.net

Por Abraham Sanz

El centro de la ciudad sigue en el punto de mira del actual equipo de Gobierno. Durante el presente mandato parece que el objetivo principal del mismo es lograr dotarle de ese lustre que nunca debió perder bien con obras bien con nuevas normas que buscan acercarle a otros cascos históricos de poblaciones cercanas, pero aún el contenido del mismo está por definir. Les está quedando un envase mejor a los dirigentes municipales, todo hay que decirlo, pero a este paso, el corazón de la ciudad va a quedar aparcado como ese jarrón tan delicado y fino que compraste y que al final, por no saber darle utilidad, queda arrinconado en una estantería o en un armario.

Ahora la nueva iniciativa que pretende sacar adelante el PP en el próximo pleno no es algo que no se haya pedido a gritos desde hace tiempo en aras a mejorar la estética urbana tanto de la calle Mayor como del núcleo de calles aledañas que configuran el centro de Guadalajara; sino que supone recoger el guante de una añeja reivindicación. Se trata de regular los carteles y rótulos publicitarios de los establecimientos comerciales del entorno así como la instalación de publicidad. Una idea que quizá llega tarde, pero que no deja de ser necesaria puesto que este espacio precisa de una uniformidad que trate de proteger la estética de esta zona, donde, no obstante, bastantes ataques contra la misma se han producido como es el hecho de que día a día, el antiguo palacio de los Condes de Coruña –del siglo XVI junto con la iglesia de san Nicolás y el edificio del Banco de España –señas de identidad de una arquitectura propia de este espacio-, tenga que amanecer con mamotretos de hierro y vidrio, como el antiguo edificio de la Caja o el de una constructora, que no dejan de ser más que construcciones ostentosas que no hacen más que romper con la cuidada estética que esta ciudad, cuna de la nobleza en otra época, tuvo.

Bien por el equipo de Gobierno por lanzarse a llevar a cabo esta medida que permita asemejarnos a otras ciudades en este ámbito y al menos,  lograr dotar al centro de su propia imagen y erradicar la mezcolanza de cartelerías, colores y demás artificios que adornan de un modo artificial el paseo por la calle Mayor o algunos de los emblemas de la ciudad como el Palacio del Infantado que ve, como una de sus fachadas linda con un notable elenco de carteles que no hacen más que deslucir su belleza. Tratar de integrar a estos de un modo uniforme es ahora el reto tanto de Ayuntamiento como de comerciantes y ciudadanos. Sin duda, la mejor forma de comenzar a abordar esta cuestión pasa por reunir a todos los agentes sociales implicados y las asociaciones existentes del casco histórico para configurar esa imagen del centro que queremos para nuestra ciudad y que queremos mostrar a quienes decidan visitarnos. Con consenso y trabajo, lograremos al menos que el continente luzca y brille.

Ahora bien, el problema de fondo, como decía al inicio del artículo, se basa en dotar de contenido a una zona que pierde vida cada día que pasa. Si bien desde que tengo uso de razón, el centro de Guadalajara nunca se ha caracterizado por ser un lugar de reunión, bullicioso y con mucho ambiente; si es cierto que tiempo atrás gozaba de cierta actividad. Contaba con un eje cultural basado en el cine Imperio, Teatro Moderno y Coliseo Luengo, que a muchos cuando éramos niños, servía para que nuestros padres nos inculcaran el gusto por el cine o las representaciones teatral. Ahora ya, no existe ninguno e incluso, los últimos resquicios que quedaban de uno de ellos, están siendo demolidos. Ya en mi juventud, recuerdo una calle Bardales y Horno de San Gil, rebosantes de jóvenes que vivíamos la noche de la ciudad en los múltiples bares y pubs de la zona. Ahora muchos de ellos han cerrado y son muchos los que hablan de una zona ya muerta y con poca chispa.

Pasear viendo escaparates tampoco es una actividad a la que invite este entorno, pues además de los grandes clásicos del comercio alcarreño que resisten contra viento y marea, el único atractivo que existe actualmente es ver cuál es el próximo negocio de corte oriental que se sitúa en el casco histórico. Salvo el trajín mañanero que trae consigo esta calle por ser la sede múltiples organismos oficiales, lo cierto es que al casco histórico año tras año, le están robando la vida. Y sí, desde el Ayuntamiento se han ofrecido ayudas a empresarios y emprendedores para tratar de fomentar que la actividad vuelva a la ciudad; pero lo cierto es que es una zona que ha perdido el carisma o el afecto que cada vecino tiene al lugar donde se contemplan las raíces de una ciudad.

El abandono afectivo que padece, se tradujo durante años en un abandono sistemático del mismo. Ahora, con la llegada del PP, se trabaja por embellecer esta zona en la que se han invertido un buen puñado de millones para remozar su imagen. Trabajo que aún continua con la reforma del tan manido Eje Cultural y, supongo que como guinda del pastel, el concejal de Obras, Jaime Carnicero, nos traerá la expectante reforma de la plaza de Dávalos y Miguel Fluiters. Obras sin duda necesarias para esta zona de la ciudad como mejora de su trama urbana, pero no dejan de ser eso obras. Ahora es necesario desarrollar un plan integral que recoja iniciativas prolongadas en el tiempo que permitan devolver al corazón de la ciudad el latir que nunca debió perder, el afecto por pasear por sus calles que nunca debimos dejar caer en el olvido y, como no, el gusto por volver a vivir en el centro de tu ciudad. Retos que aún quedan lejos y para los que ni este Gobierno ni anteriores, encontraron ni la receta ni la fórmula.

Falta imaginación y hay veces que es mejor parar las máquinas un periodo, porque sin el ruido de la piqueta se piensa mejor.

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