Los rostros de la realidad de Guadalajara

Imagen de los restos del Monasterio de Óvila en Trillo. // Foto: partidocastellano.org

Imagen de los restos del Monasterio de Óvila en Trillo. // Foto: partidocastellano.org

Por Marta Perruca

La realidad tiene mil caras, dicen. En la provincia de Guadalajara ésta es algo más que una afirmación metafísica: Aquí, muchas de las facetas de la realidad son de carne y hueso e incluso tienen nombre y apellidos. De esta manera, si hablamos de promoción de la lectura, de cuentos o bibliotecas, se nos viene a la cabeza Blanca Calvo o Estrella Ortiz; si se trata de ecología o medioambiente alguien podría pensar en Alberto Mayor, portavoz de Ecologistas en Acción; si nos referimos a Etnografía y tradiciones, se nos podría dibujar en la mente el rostro de José Antonio Alonso o José Ramón López de los Mozos; si pronunciamos la palabra teatro, muchos visualizarán a Javier Borobia o  Buero Vallejo y así un largo etcétera.

Existen personas que hacen de su pasión bandera, que viajan siempre con una causa en la mochila: Una especie de brújula que dirige sus pasos a lo largo de este largo camino. Y ese camino acaba perteneciéndoles y en él dejan su huella imborrable: graban su nombre con letras de fuego.

Podrían hablarme de defensa del patrimonio y, sin lugar a dudas, se me vendría a la cabeza un nombre: José Luis García de Paz. Esta semana se marchaba repentinamente y a mí me ha dado por pensar qué ocurre con esas causas cuando el que las llevaba en la mochila, el que les ha puesto un rostro y les ha dado un nombre y apellidos se va: Si en esta vida levantamos castillos de naipes que se desploman cuando desaparecemos o alguien toma la baraja y sigue apilando pirámides en el mismo punto donde nosotros las dejamos.

Supongo que existen personas que dejan una huella imborrable e imagino que ese camino jamás volverá a ser el mismo: Sus caminantes jamás podrán ser los mismos, aunque este profesor que se admitía químico cuántico, pero apasionado de la historia y el patrimonio de Guadalajara, nos haya dejado.

Y he pensado que hay causas en esta provincia que tienen un rostro de carne y hueso con nombre y apellidos y me he preguntado qué ocurre con esos castillos que vamos levantando a lo largo de nuestra vida cuando desaparecemos. Por eso creo que hoy esta entrada merece un recuerdo a este defensor del patrimonio y a su causa.

Coincidí con él a finales de 2010 durante la presentación de su libro “Patrimonio desaparecido en la provincia de Guadalajara” ¿Sabíais que hasta el siglo XVII la provincia conservaba prácticamente intacto todo su patrimonio? Y muchos podrían pensar -diría el profesor- que en estos algo más de tres siglos hemos sufrido guerras, incendios, saqueos, invasiones y desamortizaciones que se han cebado con los restos de nuestra historia, pero lo cierto es que, según García de Paz, “se destruyó mucho más en tiempos de paz, que de guerra”.

Y ahí va la lección del profesor a los alumnos de su provincia: La peor enfermedad que ha sufrido el patrimonio de Guadalajara a lo largo de su historia es la ignorancia: “Se rompen muchas cosas porque se desprecian”, me comentaba hace tres años.

Quizá el ejemplo más flagrante sea el monasterio cisterciense de Santa María de Óvila (Trillo), vendido al magnate de la prensa amarilla americana William Randolph Hearst en 1929 por 85.000 dólares, desmembrado y olvidado ahora al otro lado del Atlántico.

La provincia, recordaba García de Paz, cuenta con el primer ejemplo de edificio civil y el primero religioso del Renacimiento: El Palacio de los duques de Medinaceli en Cogolludo y el monasterio franciscano de San Antonio en Mondéjar, este último en completa ruina y con difícil suerte, al encontrarse en manos privadas: Quedó sin uso y deshabitado en 1836, siendo desmontados sus retablos, artesonados y enseres. No se salvó por ser declarado Monumento Nacional en 1923 y buena parte de su masa pétrea se empleó para construir la Plaza de Toros de Mondéjar.

También se perdieron los II Fueros de la Ciudad de Guadalajara, otorgados por Fernando III en 1219, cuya copia se conservaba en el Ayuntamiento capitalino hasta 1921, año en que fue vendido por Melchor García a la Universidad de Cornell, en Estados Unidos.

Y existen otros edificios que padecen la enfermedad de la que hablaba el profesor, como la iglesia de Villaescusa de Palositos o el Monasterio de Bonaval; ejemplos de la arquitectura industrial como la fábrica de la Hispano en Guadalajara, la real fábrica de Paños de Brihuega o la Isabela de Sacedón, hoy bajo las aguas del pantano; o proyectos que pretendían rescatar algunos complejos de valor patrimonial de nuestra provincia y que se han visto afectados por la crisis, como el poblado de Villaflores (Guadalajara) donde estaba previsto construir un hotel de alto standing o el monasterio de Sopetrán, que pretendía convertirse en un centro de formación.

Y las horas pasarían raudas hablando de patrimonio con el profesor que puso rostro a su defensa. Nos hablaría del patrimonio perdido y encontrado; de las consecuencias de los continuos expolios y robos. Pero García de Paz no era preso de una actitud derrotista, ni se complacía añorando las viejas glorias del pasado. Él miraba al futuro con esperanza, consciente de la riqueza patrimonial que todavía atesora esta provincia, porque como repetía él una y otra vez “quien tuvo retuvo”.

Gracias por haber abierto el camino que otros tendremos que recorrer.

2 comentarios en “Los rostros de la realidad de Guadalajara

  1. Pingback: Jose Luis Garcia de Paz | Alcarreños distinguidos .

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