La piel del casco

El concejal Mariano del Castillo. // Foto: Ayuntamiento de Guadalajara

El concejal Mariano del Castillo. // Foto: Ayuntamiento de Guadalajara

Por Concha Balenzategui

El Ayuntamiento de Guadalajara ha promovido una nueva nueva ordenanza reguladora de la publicidad en la ciudad, con especial atención al casco histórico. Ayer mismo se aprobaba en el pleno esta normativa que pretende mantener a raya los rótulos luminosos, los caballetes o las pancartas, entre otros elementos presentes en nuestras calles. El concejal Mariano del Castillo ha venido a defender su necesidad por la falta de una legislación en la que apoyarse para mantener y cuidar estéticamente la ciudad. Dice el edil que hasta ahora, las normas se limitaban apenas a un artículo del Plan de Ordenación Municipal, concretamente el 83, que regulaba únicamente los aspectos relativos a la colocación de rótulos y banderolas.

He repasado el contenido de ese artículo, algunas de cuyas normas son sobradamente conocidas por todos, para reiterarme en mi convicción de que lleva años siendo flagrantemente incumplido, especialmente en el centro histórico, donde los requisitos son más exigentes. Y una vez más llego a la conclusión de que en este país nos encanta dictar normas y regular hasta el más mínimo detalle de la convivencia, para a continuación hacer la vista gorda.

Soy favorable a que se haga una ordenanza más prolija de todos los aspectos que afean nuestras calles, pero creo que si realmente había una voluntad de meterle mano al asunto, podían haber empezado por hacer cumplir las cuatro normas que ya teníamos.
El mismo ejemplo que ponía el propio concejal en la rueda de prensa, el edificio de la calle Miguel Fluiters con esquina a la plaza de los Caídos, es la imagen más patente de las pocas ganas de velar por la normativa. Porque esta fachada del antiguo Rodríguez Coronado, colindante -lo que es más sangrante- con el palacio del Infantado, es precisamente un ejemplo de incumplimiento del artículo 83, que prohíbe entre otras cuestiones los rótulos publicitarios más allá de la planta baja de los edificios.

Pero es sólo un botón de una variada muestra de despropósitos que salpican las fachadas de aparatos de aire acondicionado, anuncios y marquesinas invasoras. Una vez que este limitado artículo 83 es pisoteado a cada paso que demos por la calle Mayor, ¿quién va a creer que la nueva ordenanza no haya nacido muerta?

Otro de los motivos que me hacen pensar en que el relajamiento con la norma seguirá campando a sus anchas, es la propia prescripción de la nueva legislación que da a los comerciantes y establecimientos hosteleros un plazo de 24 meses para adaptarse. Largo me lo fían. El menos avispado ve que aquí no se mueve un caballete -esos que siguen permitidos, al menos uno por negocio- hasta pasadas las próximas elecciones municipales. Y probablemente el plazo contribuya a esa sensación de que incumplir la norma sale gratis, porque todos lo hacen.

El mural de Bosch ha desaparecido al derruirse el edificio.

Imagen de archivo de la calle Mayor de Guadalajara.

En Guadalajara llueve sobre mojado en esta cuestión. No podemos olvidar que bajo el mandato de Alique se redactó un Plan Especial del Casco Histórico que el PP tiró a la papelera, escudándose en que no gozaba del favor de los ciudadanos. Ciertamente, el número de alegaciones, en especial de hosteleros y comerciantes, había sido numeroso, y el Consistorio optó por no seguir adelante con las restricciones previstas. Un argumento, el del descontento vecinal, que no ha tenido efecto en ocasiones bien recientes, como la marea de quejas que ha levantado la reforma de las líneas de autobús.

Recuerdo que la responsable de aquel malogrado Plan, María Luisa Cerrillos, hablaba en sus exposiciones públicas de los valores del casco histórico de Guadalajara. La arquitecta aseguraba que, a pesar de algunos evidentes “puntos negros” urbanísticos, tenía muchas virtudes: algunos edificios singulares, un entramado de pequeñas placitas muy acogedoras, profusión de arbolado, cercanía de grandes parques… Pero pensaba que lo que se había descuidado era “la piel del casco”. La verdad es que después de una de las conferencias de Cerrillos para divulgar aquel plan, uno empezaba a mirar las fachadas con otros ojos, y llegaba a la conclusión de que ese rostro, probablemente no tan agraciado ni tan joven, estaría mejor sin esa capa de maquillaje estridente que suponen los elementos superpuestos, los escaparates alterados, los rótulos inadecuados… La directora del PECH invitaba a redescubrir con cariño la ciudad que había debajo de aquella «piel», a devolverle la estética y armonía perdida.

Cerrillos se preguntaba por qué Guadalajara se había rendido en la batalla por convertirse en una ciudad más guapa, porqué se había abandonado de esa manera. Por eso pienso que si la nueva ordenanza supone una vuelta a poner coto a los desmanes, bienvenida sea. Pero me gustaría que al Ayuntamiento no le temblara la mano para hacerla efectiva.

Sé que no es fácil, entre otras cosas porque es necesario enfrentarse con los gremios que mantienen algo de vida en estas calles. Pero hay que hacer un poco de pedagogía. Convencerles de que una marquesina más estridente que la de su vecino no les ayudará a vender más, sino que si cuidamos entre todos la estética, este podría ser un lugar agradable para pasear, ver escaparates o tapear, por vacíos que estén los bolsillos.

Y plantearse de una vez por todas cuáles son las razones de un casco moribundo, sin victimismos y con acciones. Pueden ser ambiciosas, como por ejemplo desempolvar otro olvidado proyecto, el del Centro Comercial Abierto, que en algunas ciudades españolas ha dado sus buenos frutos, o pequeñas reformas en la normativa como la que han permitido que vuelvan a abrirse bares y restaurantes en el centro.

Si no es la norma, quizá se pueda rescatar aún el espíritu de aquel plan del casco histórico. Pero mirando con cariño, debajo de la piel.

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