Los puñeteros amos

Por Rubén Madrid

El escritor Pérez Reverte, en el programa 'Salvados' de La Sexta.

El escritor Pérez Reverte, en el programa ‘Salvados’ de La Sexta.

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Ha causado cierto revuelo entre algunas mentes inquietas el artículo rescatado en la pequeña pantalla por el programa ‘Salvados’ y que firmaba hace ya un porrón de años (en noviembre de 1998) el escritor cartagenero Pérez Reverte. Aludía en él y con enorme anticipo a la que se nos ha caído encima y pareciera que lo veía todo a través de una bola de cristal. Dice a lo largo de este texto muchísimas cosas, todas premonitorias, pero rescato dos: «nunca faltarán fondos para tapar agujeros de especuladores y canallas que juegan a la ruleta rusa en cabeza ajena»; y «mientras el beneficio era privado, los errores son colectivos, y las pérdidas hay que socializarlas, acudiendo con medidas de emergencia y con fondos de salvación para evitar efectos dominó y chichis de la Bernarda».

No deja de resultar curioso que el artículo llevase por título ‘Los amos del mundo’, casi el mismo que pusiera el pensador Jean Ziegler a un ensayo tremendo que hace también más de una década alertaba sobre el injusto orden mundial que estábamos fabricando y consintiendo, y que no sólo tenía la inhumana costumbre de matar de hambre a la mitad de nuestra especie, sino que estaba diseñando un reglamento de juego bastante temerario para nuestro mejor de los mundos posibles.

Acudan, si es posible, a las bibliotecas o las librerías para hacerse con un ejemplar de este ‘Los nuevos amos del mundo’. Su lúcido análisis del capitalismo actual no sólo retrata a los mercados que dominan la política mundial y local, en un sentido similar al de otras firmas clásicas como Noam Chomsky, Naomi Klein o Ignacio Ramonet, sino que se adelanta con pasmosa clarividencia a los hechos que estamos viviendo. Algunas de sus frases resultan escalofriantes por su vigencia.

Cuando Ziegler describe los chantajes del FMI» desde Washington hacia los estados de Argentina o Nigeria y recuerda que se hacían en nombre de la colaboración con la pobreza, pero imponiendo condiciones imposibles de cumplir, en realidad se adelantaba a describir lo que está sucediendo con la extensión de estas prácticas y modales con Bruselas hacia los países pobres (de Europa). Estos países mediterráneos en los que el mediático profesor de Economía Gonzalo Bernardos ya ve el nuevo sureste asiático: somos, dice, la nueva Indonesia.

Cambiemos a los hombres de negro y a la troika por los «los mercenarios del FMI», como los llama Ziegler, y veremos un antecedente directo en las exigencias que imponían desde Washington a los países pobres, que a cambio de los préstamos tenían que firmar una carta de intenciones con «una lista de reformas interiores, reducciones presupuestarias, ajustes fiscales, etc» que en su conjunto componían «un plan de ajuste estructural». Seguro que les suena.

Hay más reflexiones sorprendentes, como que «un hombre que es presa constante del miedo de perder su empleo, su salario y sus derechos, no es ya un hombre libre». Y todo esto no lo dice el secretario general de ningún partido comunista, ni siquiera un profesor de filosofía en una asamblea de perroflautas. Es la reflexión de un pensador liberal que trabaja en la ONU y que ha visto cómo los amos del mundo se salen con la suya, pisoteando, si hace falta, a los agricultores y pastores del África negra.

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Todo esto tiene también mucho que ver con lo que ocurre en nuestro entorno más próximo. Los amos del mundo son, también, los amos de este rincón del mundo. De nuestra pequeña ciudad. Amos porque tienen la capacidad, como ya avisaba Pérez Reverte, de enviar a un don nadie -pongamos por caso un señor de Manantiales o una señora de Azuqueca- al paro «en nombre de un tres punto siete, o un índice de probabilidad del cero coma cero cuatro». Y amos porque tienen, cada vez más, la propiedad de lo que antes nos pertenecía a todos. Y privatizar es privar de algo al que no pueda ‘repagarlo’.

La privatización de un servicio es una opción admisible en algunas circunstancias. Uno puede entender que una administración admita que ante la necesidad de ofrecer a sus ciudadanos un servicio necesario, inaplazable, urgente, pueda poner la tarea en manos de una empresa que a cambio de realizar la inversión necesaria acabe por sacarle el margen de beneficios que le permita amortizar y, más tarde, rentabilizar el esfuerzo. Compran un suelo,un edificio y levantan un negocio. Nada que objetar.

privatizacion chistePero no es eso lo que está ocurriendo a nuestro alrededor. Día sí y día también, vemos cómo las administraciones ponen en manos de empresas privadas no sólo futuros proyectos, sino servicios que tenían un funcionamiento aceptable e instalaciones muy costosas que habían sido pagadas con el dinero de todos. Les ceden instalaciones públicas para que cobren entrada o directamente les dejan la gestión en sus manos garantizándoles que se derivarán los necesarios fondos públicos a través de las partidas presupuestarias.

Cuando el polideportivo, el hospital, el centro de salud del barrio, el consultorio del pueblo, las ambulancias, la guardería, el colegio, el instituto, la facultad, el agua del grifo, el transporte público, la información, el envío de cartas, las telecomunicaciones, las pensiones, el zoo, el teatro, la sala de conciertos, el centro cultural, el asilo para mayores, las plazas de aparcamiento, la limpieza de las calles, el centro de día, las piscinas, las ludotecas, la limpieza de los bosques, la jardinería de los parques, la teleasistencia, los servicios de emergencias, las carreteras y hasta el suelo que pisamos… acaben por estar en manos privadas y los ciudadanos que pagamos los impuestos terminemos por tener que pedir permiso para su uso y disfrute, el espacio público será un lugar regido por la única ley del máximo beneficio. Los amos del mundo (los putos amos, que diría Pep Guardiola) lo serán de veras.

Algo hay de tendencioso, de perverso o al menos de incómodo en toda privatización, cuando quienes la defienden suelen intentar pasar de puntillas sobre el asunto, sin afrontarlas con suficiente transparencia cuando el periodista pregunta, sin responder con concrecciones en los foros institucionales, ocultándola directamente en los medios descaradamente comprados desde los despachos oficiales. Ni siquiera los eufemismos inventados para evitar el sarpullido, como externalización, cesión de la gestión, proyecto de financiación público-privada o licitación, consiguen que el hecho, y no sólo la palabra, sea casi un tabú, como sí, qué ironías, fuese un asunto privado del que no cabe pronunciarse.

La crisis está abriendo camino. Pero no saldremos refortalecidos de ella como ciudad ni como país, sino más pobres, más tocados, peor preparados para la próxima sacudida. El cataclismo en las torres de los señores del mundo replica sin sentido en el empobrecimiento de nuestros colegios públicos, en el cierre de teatros, en la privatización de festivales de títeres o de servicios básicos… Y ocurre con la tentación de hacer megacontratos que dejan en muy pocas manos muchos servicios y con plazos muy superiores a las expectativas de vida de la mayoría de los ciudadanos que votaron en las últimas elecciones. El mensaje es evidente: ámbito público, que es el de todos, está en subasta.

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Dice también Ziegler que «la privatización del estado destruye la libertad del hombre, aniquila la ciudadanía». Por eso conviene abrir espacios, en vez de cerrarlos para dejar nuestras vidas en manos de quienes se reservarán el derecho de admisión conforme a cómo vistamos o el dinero que tengamos. Y hay quien va aprendiendo la lección de esta crisis, entendiendo que a veces no queda más remedio que echar abajo ciertas puertas para abrir ventanas y ventilar una sociedad en la que huele a cerrado.

Hospital Universitario de Guadalajara. // Foto: http://www.clm24.es.

Hospital Universitario de Guadalajara. // Foto: http://www.clm24.es.

Como el pez que se queda sin agua, el ciudadano se asfixia si pierde la calle. Como el tigre al que se le estrecha la jaula, el contribuyente acaba por volverse loco con su andar nervioso en espiral, perseguido por el látigo de los impuestos pero privado de su espacio vital. Y así andamos: hinchando esa burbuja de indignación que, todos lo saben, también explotará. Quien no lo note en nuestros corrillos de la Alcarria es que anda bastante alejado de los pocos espacios públicos que nos siguen quedando. No creo que haga falta que venga Pérez Reverte a avisar de lo que ya es obvio: estamos sobreviviendo por encima de nuestras posibilidades.

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