La toma del palacio

Por Concha Balenzategui

Actuación de la Coral de Azuqueca de Henares, anoche, a la luz de las velas.

Actuación de la Coral de Azuqueca de Henares, anoche, a la luz de las velas.

El Palacio del Infantado ha vivido en apenas un mes dos citas históricas, y a la vez emotivas. La primera, el pasado 23 de octubre, cuando un acto sencillo pero de hondo significado, servía de despedida del Archivo Histórico, que durante 40 años había custodiado entre sus paredes los documentos de nuestro pasado. La otra, mucho más festiva, ha concluido hace apenas unas horas: la “Noche en blanco” con la que el Museo Provincial ha celebrado su 175 aniversario.

El Museo podía haber optado por muchas fórmulas en este cumpleaños, como un ciclo de conferencias o una exposición que diera a conocer su historia y sus fondos. Hubiera sido interesante, sin duda, pero su dirección ha preferido una animada fiesta que ha tenido la virtud de atraer a públicos muy diversos a su patio, desde los inagotables pequeños que saltaban en los hinchables dispuestos en salas que antes ocuparon los legajos del Archivo, hasta jóvenes artistas con propuestas rompedoras en forma de fotografías, lienzos o performances. No ha faltado el teatro, en varias funciones para niños y adultos; la música coral; y hasta las catas de vino. Imagino que entre los asistentes había muchas gentes que no conocían antes los fondos de la Institución, y que se han quedado de piedra, como yo misma, con la exposición sobre “La romanización en Guadalajara” que se exhibe en las salas del Duque, destacando el espectacular mosaico de Gárgoles de Arriba.

Imagen de la recuperación del mosaico de Gárgoles de Arriba, parte de la exposición "La Romanización en Guadalajara".

Imagen de la recuperación del mosaico de Gárgoles de Arriba, parte de la exposición «La Romanización en Guadalajara».

Viendo esa actividad, se me ocurre pensar que el Museo no sólo celebraba hoy su cumpleaños -nada menos que 175 años son como para conmemorar- sino un acto de toma de posesión triunfante del palacio. Porque pon fin el Museo ha encontrado su sitio, tras “librarse” de las dos instituciones con las que compartió estrecheces durante treinta años: la Biblioteca Provincial hace casi diez años, y el Archivo Provincial en las últimas semanas. Paradójicamente, al final ha sido el Museo, la institución que llegó más tarde, la que se ha quedado en el Infantado. Y eso que a priori era la menos indicada para salir victoriosa de esta pugna por nuestro edificio más emblemático.

Uso estos términos -batallas y victorias- probablemente inadecuados para el contexto cultural en que nos movemos, pero durante años estuvo vivo el debate sobre cuál de las tres instituciones debía abandonar el lugar, dado que en este espacio era imposible que ninguna desarrollara sus funciones con plenitud. Atendiendo a razones históricas por muchos conocidas, lo que es hoy el palacio del Infantado se lo debemos a la iniciativa de la Dirección General de Archivos y Bibliotecas, que se preocupó por lo que la Guerra Civil había convertido en una ruina, y cuyo último inquilino había sido el Colegio de Huérfanos del Ejército.

Y fue una bibliotecaria, la insigne Juana Quílez, quien averiguó su situación y aclaró su propiedad, por encargo de aquella Dirección General. Quílez encontró el documento que demostraba que el edificio, que correspondía por herencia al duque del Infantado, se había cedido al Ayuntamiento con una cláusula de reversión en la escritura: Si el colegio de Huérfanos desaparecía sin que el Consistorio tuviera participación en ello, la propiedad sería nuevamente municipal, salvando unos usos determinados para el duque. Y así fue cómo el Ministerio pudo reconstruir el edificio, y cómo en marzo de 1973 se instalaron allí, por derecho incuestionable, el Archivo y la Biblioteca, que hasta esa fecha estaba en el entonces instituto Brianda de Mendoza, hoy Liceo Caracense, de la calle Museo o Benito Hernando.

El Museo llegó unos meses después, en julio de 1973. Juana Quílez solía decir que el Museo entró en el Infantado dando un codazo, según me relató su sucesora, Blanca Calvo, hasta hace unos meses directora de la Biblioteca. No tenía ubicación, y recién estrenado el palacio, parecía que había sitio para todo en aquellas amplias estancias. Entró por un hueco, se quedó casi debajo de la escalera, y cerca de la puerta, como una metáfora de que era el último en llegar y que sería el primero en salir.

Muchos recuerdan en Guadalajara la polémica previa al traslado de la Biblioteca, la propuesta de Calvo de que se comprara el edificio colindante de Rodríguez Coronado, que había salido a subasta, o la recogida de firmas para evitar la mudanza. Pero la ilusión por el estreno del palacio Dávalos, mucho más funcional, y el tiempo, han hecho que nadie lamente ya aquel cambio a un inmueble también céntrico y bello. Por las mismas razones de espacio y funcionalidad, el Archivo también ha terminado marchándose a un lugar más adecuado para su labor, a pesar de los desajustes que supone que no se complete a tiempo el equipamiento previsto.

Es curioso que ambas instituciones se marcharon con actos sencillos y bonitos, como la cadena humana del traslado de los libros por Miguel Fluiters, y el vídeo preparado por la Asociación de Amigos del Archivo. Los dos revelan la lógica tristeza de la despedida, pero además un sentido cariño hacia el Infantado.

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Salas del Duque en el Museo Provincial. // Foto: culturaenguada.es

También con el tiempo se ve lógico que el lugar de nuestra historia visible, el legado de los tiempos en forma de ánforas o lienzos, sean las piedras más representativas de la historia y el patrimonio, el Infantado. Ahora queda por delante acometer un proyecto para que el Museo haga suyo el espacio, saque a la luz los tesoros apretujados, y abandone para siempre ese sobrenombre de “Tránsitos” que le da un aire perentorio. De lo que ya no me cabe duda, y menos desde anoche, es de que conseguirá dinamizar su actividad y potenciar el sentimiento de que el palacio es de todos, no sólo una escala para los turistas.

Hubo un tiempo en que mucha gente pensaba que si la Biblioteca dejaba el palacio, sin el ajetreo de los estudiantes, el lugar se volvería sombrío, aburrido y polvoriento. El Maratón de los Cuentos, que se ha mantenido allí incluso en los años de obras, y jornadas como la de anoche lo desmienten: El Museo ha celebrado su toma del palacio abriéndolo de par en par a los guadalajareños. Viene al pelo la frase con la que empieza el vídeo de despedida del Archivo: “Sólo cerrando las puertas detrás de uno, se abren ventanas al porvenir” (Francois Sagan).

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