Síndrome de Estocolmo

Diputación de Guadalajara. // Foto: leyendaviva.com

Diputación de Guadalajara. // Foto: leyendaviva.com

Por Yago López

Le oí decir no hace mucho al bufón Leo Bassi que cuando quebró Lehman Brothers compró una botella de champagne para brindar por el final del capitalismo salvaje y la falta de humanidad que lleva consigo pero años después aún no ha encontrado el momento de abrirla. No le falta razón. Hemos visto caer ante nuestros ojos un sistema opresor que se ha demostrado tan erróneo como injusto y después de dejarnos malheridos y desangrándonos -cada día continuamos sufriendo sus devastadores efectos-, nos empeñamos en seguir alimentándolo con inyecciones de dinero público y dejando que los mismos que provocaron la caída o no hicieron nada por impedirla sigan llevando las riendas.

Por un momento pareció que podía cambiar algo pero fue solo un espejismo. Miles de personas salieron a las calles en las distintas ciudades del país y ocuparon las plazas para exponer sus ideas y decir a los dirigentes de una vez por todas que ya estaba bien. Estaban más que hartos de la pantomima que los grandes partidos venían realizando en nombre de la representación parlamentaria y no estaban dispuestos a seguir tragando. Recuerdan los gritos: «Que no, que no, que no nos representan». Tengo en la retina, además de las acampadas de Madrid y Barcelona, las enormes asambleas que se produjeron en Guadalajara frente al Ayuntamiento. No olvidaré la gran cantidad de personas anónimas que una a una tomaban la palabra para hacer pública su indignación y poner sobre la mesa una propuesta de cambio que supusiese una democracia real.

Ha llovido ya, concretamente algún millón de parados más a nivel nacional y miles en la provincia de Guadalajara. En mitad de todo esto hubo un cambio de Gobierno y la situación, lejos de mejorarse, continuó por los mismos derroteros. Las entidades financieras siguieron recibiendo fondos y los ciudadanos palos. No solo no se modificaron las anquilosadas estructuras del sistema democrático sino que además se continuó apostando por el mercado libre, el gran monstruo que todo lo devora, como regulador de una sociedad en la UVI. Otra vez el lobo a cuidar del ganado, de nuevo se repitió la historia.

Después llegaron las manifestaciones. Decenas de ellas. Todos los servicios públicos se vieron afectados por los recortes, y sus trabajadores y usuarios -fundamentalmente los ciudadanos que no pueden costearse seguros privados y algún despistado con conciencia social- salieron a la calle para intentar evitar que Rajoy en el país y Cospedal en Castilla-La Mancha acabaran de rematar al maltrecho sistema de bienestar que tanto costó construir. Ambos dirigentes aguantan estoicamente el chaparrón a sabiendas que las tragaderas de la ciudadanía española en general y de esta región en particular no conocen límites, y con la firme convicción de que no hay mal que cien años dure.

Pues bien, con este panorama, un 20 de noviembre -fecha de infausto recuerdo-, el miércoles de esta misma semana, la organización independiente Transparencia Internacional de España presentó un informe sobre la opacidad de las administraciones provinciales, y la Diputación de Guadalajara ocupa no el primero ni el antepenúltimo puesto sino el último. Ser los menos transparentes en Finlandia es cuestionable pero ser el gobierno más opaco de las provincias de España tiene delito. Son de estos datos que estomagan pero de los que uno confía que cuando se analicen con detenimiento sean al menos algo subjetivos y respondan en parte a una cierta intencionalidad política. Nada más lejos de la verdad.

Si uno se fija en cada uno de los parámetros que se han tenido en cuenta para obtener la calificación desaparecen todas las suspicacias. En todos los baremos objetivos que determinan para esta organización la transparencia de una institución -los hay más y menos acertados todo sea dicho- la Diputación de Guadalajara suspende rotundamente. Resulta agotador y poco práctico citar cada uno de los puntos cuando pueden ser consultados con un solo clic así que les dejo el enlace y sírvanse ustedes.

Sinceramente, me parece pobre, en lo que a transparencia se refiere, el test propuesto por esta organización y, sin embargo, ni la mitad de las provincias lo supera. Y todo esto cuando está en entredicho la valía y profesionalidad de la clase política y no hay dirigente que no incluya en su discurso una nueva manera de gobernar transparente y cercana con el ciudadano.

Claro que lo más triste de este caso es que la presidenta de la Diputación, Ana Guarinos, no creo que llegue siquiera a leer ese informe, y si lo hace le dará idéntica importancia a la preocupación que le produce: ninguna. Y resulta lógico que así sea porque la máxima respuesta ciudadana que obtendrá al respecto será una pataleta o un ya les vale, eso sí, cada uno en su casa o como mucho en el bar. ¿Se nos habrá olvidado que el dinero que administran y despilfarran es nuestro y que los servicios e infraestructuras con los que juegan pertenecen también a los ciudadanos? ¿O tal vez padezcamos una suerte de Síndrome de Estocolmo con nuestros políticos y le hemos cogido el gusto a que nos mangoneen y decidan por nosotros?

Sea como fuere, lo cierto es que lejos de aprovechar la coyuntura de la crisis para dar un vuelco a la caduca organización política y económica de nuestra sociedad vamos a salir de ella, si es que salimos, con menos derechos, menos sueldo, peores servicios públicos y un sistema político cada vez menos transparente y más corrupto.

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