Removiendo en la basura

Contenedores soterrados. // Foto: lacronica.net

Contenedores soterrados. // Foto: lacronica.net

Por Concha Balenzategui

La limpieza, la de las calles como la de las casas, es una de las tareas más ingratas. Nadie comentará nada si la ciudad está limpia o el cuarto de baño desinfectado, pero llueven las críticas cuando el servicio es deficiente, y basta un rincón sucio para arrancar las quejas. Me hacía estas reflexiones hace unos días a cuenta de la huelga de limpieza en Madrid, que ha puesto de manifiesto que, como la salud, uno no valora la limpieza hasta que la pierde.

La limpieza de las calles -en Guadalajara unida en el mismo servicio a la recogida de basuras- es el contrato más cuantioso que saca a concurso el Ayuntamiento. Es un tema de gran importancia, tanto por lo que cuesta en dinero, como por lo que supone vivir en una ciudad salubre y agradable.

Decía esta semana el concejal del ramo, Paco Úbeda, que Guadalajara recibe “premios” por su limpieza ahora que gobierna el PP, mientras era criticada por su suciedad cuando lo hacía el PSOE. Para mí, esas “escobas de plata o de oro” que dan a las empresas e instituciones -todo hay que decirlo, previo pago de su importe- no resulta de mucha fiabilidad, entre otras cuestiones porque lo que se juzgaba no era la ausencia de papeles y colillas en nuestras aceras, sino las mejoras introducidas en los vehículos encargados de la tarea. Más confianza me merece el estudio que reveló en tiempos de Alique que nuestra capital era de las más sucias de España, por venir de una organización de consumidores, una entidad sin ánimo de lucro y que no se casa con nadie. Y es que, en definitiva, todos tenemos derecho a discrepar con quien juzga, como esta misma semana ha hecho el diputado Lorenzo Robisco con la prestigiosa organización que ha dicho que nuestra Diputación es la menos trasparente del país.

Independientemente de otros juicios de valor, estoy de acuerdo en que la ciudad está más limpia ahora que hace unos años. Es mi sensación y también la que notó a mi alrededor, por la ausencia de críticas vecinales. Y sí recuerdo que el comentario sobre la mugre en la ciudad era una constante años atrás -específico, como el concejal, bajo el mandato socialista- cuando era un problema recurrente en la prensa y en las conversaciones. Es como los grafitis o el botellón: es evidente que son problemas que han mejorado mucho o casi desaparecido.

Dicho esto, también añado que “sólo faltaría” que la ciudad no hubiera mejorado, con lo que cuesta el servicio y lo que se ha incrementado la partida municipal destinada a él. La contrata se encareció y para todos los vecinos, con lo que es normal que se note un mayor trabajo en las calles.

Hay quien piensa que mejor sería no apostar por tantas mejoras del servicio si nos ahorramos parte de la factura. Yo puedo estar entre ellos. En tiempos de recortes, por ejemplo, sería más lógico haber renunciado a la recogida de los basuras los domingos y festivos que a ciertos servicios sociales, educativos o sanitarios. Seguro que han visitado ciudades de países europeos y “primermundistas” donde la basura se recoge tres o cuatro días en semana y no se considera una merma en su bienestar. Cada cual se guarda los desperdicios en casa y los saca el día que toca, a su hora. Nada de amontonar en la calle lo que no queremos en casa. Y esas ciudades están limpias.

Pero resulta que aquí es imposible ser “austero” en cuestión de basuras o limpiezas, que por otra parte competen a una Administración distinta -el Ayuntamiento- que la encargada de la Sanidad o la Educación, de competencia autonómica. La basura se financia por una tasa que pagamos los ciudadanos, y el consistorio tiene que tender a equilibrar los gastos que genera el servicio con lo que se ingresa en los recibos. Con lo que poco cambia para las arcas municipales que haya más o menos horas de barrenderos. Pero además, y ahí viene la cuestión, es que la basura no es gestionada directamente por el Ayuntamiento, sino por una empresa privada, en virtud de un contrato que deja fuera de lugar cuestiones como la reducción del servicio. En definitiva: aunque la cuantía de la tasa se fija cada año en el pleno que establece la subida de impuestos, el Ayuntamiento está maniatado -por el coste del servicio y las condiciones que ofreció en el pliego de condiciones- a la empresa que consiga la contrata.

El concejal socialista Daniel Jiménez. // Foto: lacronica.net

El concejal socialista Daniel Jiménez. // Foto: lacronica.net

Por eso es tan importante definir bien las reglas de la próxima adjudicación antes de que esta se produzca, que será en breve. Por la cuantía del contrato, la basura es muy golosa para las empresas, y puede esconder mucha porquería, pero no de residuos, sino de la otra, mucho más maloliente en el plano de la ética. Regidores como los de Alicante y Torrevieja ya se han visto en los tribunales por cómo gestionaron sus asuntos de escobas y contenedores. Y la sombra cae también sobre la más cercana Toledo, donde la empresa que ganó el último concurso aparece como donante de dinero negro para el PP regional en la “contabilidad B” de los papeles de Bárcenas.

Pero además, hay que tener en cuenta que un servicio privado en algo que es tan nuestro, y más con una contrata de larga duración, deja sin margen de actuación al consistorio cuando cambian las circunstancias.

En la actual tendencia a la privatización de todo que padecemos puede parecer extemporáneo, incluso anacrónico, plantear una municipalización del servicio. Pero al menos déjenme reflexionar sobre las consecuenciass que nos trae esta situación. He oído con frecuencia el argumento de que un servicio es más operativo y rentable si lo llevan a cabo trabajadores de una firma privada que funcionarios, porque estos últimos tienen unas condiciones mucho más caras.

En el caso de Guadalajara, hay que saber que los empleados de la limpieza gozan en general de buenas condiciones laborales, mejores que las de muchos funcionarios, y calificables, sin duda, de privilegios, si se comparan con las de la inmensa mayoría de los trabajadores de similar cualificación. Viendo su convenio se comprueba que están bien pagados, en comparación con otras tareas igual de penosas; o que tienen prácticamente la estabilidad de un funcionario, puesto que la empresa que gana el concurso está obligada a subrogarlos. Y además, ocurre que los hijos de los actuales empleados tienen prioridad de contratación en las vacantes que se produzcan. ¿No es increíble? Sí, el puesto de barrendero en Guadalajara no sólo es estable y casi vitalicio, sino que también es hereditario. Es una cuestión que, sin querer arremeter contra derechos adquiridos por los trabajadores en su convenio, me parece inconcebible cuando se trata de puestos para los que no es necesaria una prueba, ni una oposición, y que son pagados con el dinero de todos los ciudadanos, quienes deberían tener el mismo derecho a optar a esos empleos.

El concejal de IU, José Luis Maximiliano, ha planteado varias veces mociones al Pleno para que los puestos de trabajo en las contratas municipales, pagadas con dinero público, se sometan a los principios de igualdad, mérito y capacidad que rigen en los que directamente se prestan para la Administración. Yo estoy de acuerdo. El PP no, y las ha rechazado siempre.

El último debate de la limpieza lo ha planteado el concejal socialista Daniel Jiménez, quien esta semana alertaba de la necesidad de plantear con antelación, en el pliego, las condiciones de la empresa que debe encargarse de esta tarea dentro de unos meses, cuando expire el contrato actual. El edil del PSOE pedía que, para que no ocurra como en Madrid, se fije claramente un número mínimo de empleados que frustre cualquier veleidad empresarial para acometer un despido masivo, como pretendieron hacer en la capital de España. Pueden pensar muchos que Jiménez alarma sin motivo, pero lo cierto es que el PP no ha dado respuesta a esta pregunta concreta, y Úbeda optó por echar balones fuera. Habrá que estar, por tanto, ojo avizor.

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