Apaguen las luces, cesen los villancicos

Jugadores del Deportivo Guadalajara visitan a los pacientes del Hospital Universitario. // Foto: J. Javier Ramos Glez

Jugadores del Deportivo Guadalajara visitan a los pacientes del Hospital Universitario. // Foto: J. Javier Ramos Glez

Por Concha Balenzategui

Muchas veces he pensado lo que ganaríamos todos si se aboliera la Navidad. Ya lo sé: Perderían los grandes almacenes, los fabricantes de turrones o juguetes, y concretamente en Guadalajara, muchos comercios y restaurantes que en esta época del año añaden un pellizco a su cuenta de resultados. Pero en realidad, estoy segura de que hay multitud de personas que suspirarían aliviadas si al 20 de diciembre le siguiera el 10 de enero, así, tan ricamente.

Antes de condenarme a la hoguera de los irreverentes, pónganse un momento en alguna de las siguientes situaciones. Por ejemplo, un familiar hospitalizado en estos días supone un trastorno mucho mayor que si lo ingresan un 5 de marzo. Ya sé que el Hospital de Guadalajara se adorna, que hay visitas ilustres de reyes magos, de políticos y de jugadores de fútbol. Me consta que los trabajadores extreman sus atenciones. Pero pocas cosas más tristes que un postoperatorio navideño, o un apagarse sin remedio con el espumillón sobre la cabeza.

En estas fechas en que la familia está tan sobrevalorada, piensen también en parejas que se acaban de separar y que viven con tensión el “reparto” de los días y los niños. Lo mismo me sirve para el ejemplo las familias con peleas irreconciliables, los hermanos que no se hablan, ni siquiera en esta época del año. Póngase por un momento en la piel de las casas donde falta alguien este año, porque trabaja -en el mejor de los casos-, porque ha emigrado, porque está en la cárcel, porque ha fallecido… Qué sé yo. El hueco en la mesa pesa mucho más en Nochebuena que un 7 de abril, ¿estamos o no de acuerdo?

Y ahora vayamos imaginariamente a una casa donde esa Nochebuena será sólo regular, porque la solidaridad ha procurado algo especial en la nevera, pero donde cada noche se hace más cuesta arriba cenar algo. A lo mejor no tienen que imaginarse nada, porque tienen alguien cercano en uno de esos supuestos.

Díganme ahora de verdad que los momentos de encuentro y fiesta que estas fechas reservan a muchos compensan el dolor de tantos otros que sienten más dura su desgracia, la de todos los días, por el mero hecho de ser 24 de diciembre.
Mientras los deseos de dicha para el nuevo año se repiten como puras cortesías, algunos solo piden a 2014 que su vida retome la normalidad, como lo era cuando la hipoteca, la soledad, el paro o la enfermedad no machacaban sus esperanzas.

La Navidad lo magnífica todo, el consumo, el exceso y la cursilería. También la soledad y la carencia. Puestos a pedir, al menos que apaguen las luces y cesen los villancicos.

Pensaba dejar aquí esta reflexión, pero hay algo que impide que mister Scroodge sobrevuele a sus anchas sobre este artículo. Tengo que reconocer que entre tanta dicha impostada y tanta costumbre importada, hay momentos auténticos y entrañables. Les sugiero que, cuando esos se produzcan, los vivan intensamente. Estén en la cena anual de su asociación o brindando con un pariente al que ven de Pascuas a Reyes; admirando un diorama o siguiendo a la ronda de su pueblo.

Mi deseo de paz y justicia va para aquellos que las necesitan ahora más que nunca. Un próspero y feliz año 2014, de corazón, a los que llevan tiempo viviendo el lado amargo de la vida.

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