Que todos los días sean Navidad

Virgen de la leche de Alonso Cano, una de las obras más valiosas del Museo Provincial.

‘Virgen de la leche’ de Alonso Cano, una de las obras más valiosas de nuestro Museo Provincial.

Por Rubén Madrid

Tienen los niños la capacidad de lanzar una frase y convertirla en un martillazo que hace trizas nuestros esquemas. Entre su catarata de anhelos materialistas en la carta de los Reyes Magos, le sugerí el otro día a mi hijo de cuatro años que incorporase algún deseo más etéreo, por eso de que proyectase también algún anhelo de paz y felicidad en el mundo como paso previo a su compromiso con los Objetivos del Milenio, pero me sorprendió con una aspiración un tanto particular: “que todos los días sean Navidad”.

Para los que no somos creyentes, y el ateísmo no se debe a una posesión demoniaca ni a que vendíesemos el alma al diablo para tocar mejor la guitarra, como en el inédito caso del bluesman Robert Johnson, sino que conllevó en su día noches de desvelos filosóficos, primero en íntimas confesiones de alcoba con uno mismo, más tarde en devaneos etílico metafísicos en compañía de otros pecadores… digo que para los que no creemos en dioses mayúsculos y todopoderosos, tiene la Navidad un componente entre nostálgico y sádico, porque, con el paso de los años y las desgracias, nos recuerda demasiado a quienes hemos perdido y nos obliga a convivir con estas punzadas de manera insistente durante estas fechas, especialmente en estas cenas y festividades como la de hoy, día de Navidad. Y no digo, por supuesto, que los católicos no se acuerden más estos días de quienes ya no están entre ellos, sino que a algunos de nosotros, en cambio, apenas nos queda esto: la excesiva carga de las ausencias.

Tiene la Navidad para estos otros que algunos no somos, niños y creyentes, un envidiable componente de renovación: para los más pequeños, porque se adueñan de la fiesta con una inocencia a prueba de bombardeos publicitarios; y para quienes creen, porque reciben el mensaje de que el niño Dios ha nacido y viene, insisten dos mil años de consigna religiosa, para redimirnos de nuestros pecados, porque el ser humano para el cristianismo no es libre, sino esclavo de sus erróneas decisiones. En su libre albedrío no existe responsabilidad, sino remordimiento. Pero afortunadamente, el 25 de diciembre es para los católicos un día de fiesta en su sentido más profundo, un día de renovación y, me parece, incluso de purificación. La palabra latina Natividad significa, en romano paladín, nacimiento.

Tal vez me equivoque, pero supongo que en un día como hoy no están ustedes para demasiados sermones políticos ni propuestas de debate sobre nuestra ‘res-pública’ alcarreña, así que simplemente quería dejar esta nota un tanto lacónica para quienes a fuerza de golpes en la vida y de escasez de asideros religiosos viven estos días más pendientes de quienes se fueron que de quien llega (tal vez debiera escribir Quien llega) y lanzar desde aquí un pequeño gesto (se ha quedado en mohín) de confraternización con quienes, a pesar de los pesares, nos agarraremos estos días de la mano de ese niño que en su plena inocencia aún quiere que todos los días sean Navidad. Aunque pensemos, entre nosotros, que con un par de semanas basta.

Felices fiestas.

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