Este año pienso salir a correr

Cada vez son más los guadalajareños que se inician en el running. // Foto: www.beautiplan.com

Cada vez son más los guadalajareños que se inician en el running. // Foto: http://www.beautiplan.com

Por Marta Perruca

Una de las cosas que tiene la Navidad son los propósitos de Año Nuevo. La Navidad, ya se sabe, es un tiempo de cambio. Con el solsticio de invierno los días comienzan a ser paulatinamente más largos: se inicia un nuevo ciclo y a partir del 1 de enero el calendario nos dirá que ya estamos en 2014, otro año que llegará cargado de promesas, sueños y esperanzas.

Pues sí, los propósitos de Año Nuevo son algo inherente a la Navidad. La inmensa mayoría de los gimnasios se preparan para recibir a esos nuevos usuarios que, quién sabe, quizá aguanten hasta febrero o, con suerte, hasta marzo. También están los que quieren dejar de fumar o los que se proponen cosas tan sencillas y complicadas como sacar más tiempo para disfrutar de la gente a la que quiere.

Sin embargo, en los últimos años he ido notando que algo ha cambiado con esto de la crisis. Puede ser cosa de la ciclogénesis explosiva, esta que nos ha dedicado una Nochebuena y una Navidad ventosas e incluso con lluvia y nieve, pero tengo la sensación de que estas fiestas nos son tan entusiastas como solían. Este año he echado de menos las panderetas y zambombas, los gorros de Papa Noel y los bares llenos hasta la bandera donde, después de cenar, nos encontrábamos con las felicitaciones animadas de amigos y conocidos algo mojadas en alcohol.

Algo ha cambiado con esto de la crisis y ya ni siquiera los propósitos de Año Nuevo son lo que eran. Para mí, ésta es  una cuestión que habría pasado completamente desapercibida si en el momento de plantearme qué escribir hoy, mi hermana Mamen no me hubiera sugerido “¿por qué no hablas de los propósitos de Año Nuevo?” No se me había pasado por la cabeza eso de recapitular sobre todo lo acontecido en 2013 con el objetivo de valorar aquellos aspectos de mi vida que debería mejorar, que los hay, desde luego, y muchos. Pensar quizá ¿qué es lo que quiero?  O ¿quién quiero ser? y fijar unas metas a corto plazo dirigidas a conseguirlo.

Tal y como están las cosas, parece que nos conformamos con sobrevivir o encontrar la manera de hacerlo y eso absorbe todo lo demás.

El caso es que se me ha ocurrido preguntar a la gente que me rodea, principalmente familiares y amigos, si se habían hecho algún propósito de cara al año que viene y cuál ha sido mi sorpresa al descubrir que la gran mayoría, como yo, ni siquiera habían pensado en ello. Algunos me respondieron abiertamente que no se habían propuesto nada; otros se tomaron algunos segundos para pensarlo y responder que quizá hacer algo de deporte, rescatar la bicicleta del trastero, volver a la piscina, salir a andar o a correr; y un tercer tipo más que un propósito, casi formularon un deseo: encontrar trabajo.  Pero ciertamente, ninguno había pensado siquiera en ello antes de que yo se lo sugiriera.

Puede que los sueños estén sufriendo su crisis particular o quizá es que ahora existan cuestiones más urgentes, aunque estoy segura de que los habrá que en enero se apunten al gimnasio, aguanten los meses que aguanten; apaguen su último cigarrillo o el penúltimo; empiecen a seguir la dieta Dukan, aunque no todos la lleven hasta el final y quizá los haya que se apunten a una academia de inglés o a clases de guitarra, qué sé yo.

El año pasado me propuse iniciarme en el  running, eso que antes  llamaban footing y que no es otra cosa que salir a correr. Mis expectativas no eran demasiado optimistas, teniendo en cuenta otros intentos frustrados de hacer algo de deporte de manera periódica, pero la verdad es que un año más tarde me siento orgullosa de mis avances y cada día me propongo nuevos retos. Mi primo dice que el deporte es una droga natural y tiene razón… Es cierto que nadie nos libra de cansarnos, pero al finalizar el recorrido el sentimiento de felicidad que produce no tiene precio.

Y yo me sentía pletórica, casi como si hubiera descubierto América y mi ocurrencia fuera algo completamente original y particular. Desde mi punto de vista, había entrado a formar parte de un club selecto de corredores guadalajareños. Entonces descubrí que muchos de mis compañeros, que también habían pasado a engrosar las listas del paro, habían tenido la misma idea que yo. Quizá la única cosa que me diferencie de ellos es haberme mantenido un año más tarde. “Pues claro, con esto de la crisis las calles se llenan de corredores, porque es el deporte más barato, igual que la moda vuelve a los básicos”, me comentaba una compañera.

Correr no pide nada, ni siquiera tiempo, porque cualquier momento del día  puede ser el idóneo para echar una carrera. Hasta el mal tiempo, que inicialmente podía presentarse como un hándicap, resultó no ser un inconveniente. Descubrí cierto placer en correr bajo la lluvia sin importar llegar empapada, o en ver cómo se precipita la nieve a mi alrededor casi como si fuera cosa de magia, mientras suena en el ipod Erick Clapton o los Beatles.

Guadalajara es una ciudad de corredores, de esos que no tienen miedo a las cuestas y saben disfrutar de la gran cantidad de parques que salpican sus rincones a golpe de zapatilla. Y no importa que los mercurios inauguren temperaturas bajo cero, que llueva, que haya anochecido o que esté amaneciendo y aún no hayan puesto las calles, siempre te encuentras con otros corredores con los que cruzas cierta mirada de complicidad acompañada de una sonrisa, porque sabes cómo se sienten cuando después de un mal día o noche se enfundan sus zapatillas para salir a correr y todo lo demás desaparece.

Es de esas cosas maravillosas que tiene esta ciudad, que facilitan el ejercicio de vivirla y compartirla de esa extraña manera, aun cuando se sale a correr en soledad. Esos largos trayectos de carril bici sin apenas interrupciones en los que es fácil que no exista nada ni nadie más, mientras simplemente corres y, sin embargo, acabas reconociendo todas las caras con las que asiduamente te cruzas y a las que dedicas una sonrisa, porque compartes algo que los demás no pueden entender.

Ya se sabe que los propósitos de Año Nuevo suelen ser pasajeros, pero a veces encontramos la voluntad o el empeño de llevarlos a cabo o, quién sabe, lo mismo nos sorprenden y nos descubren nuevas experiencias inimaginables, que al final sí cumplen esa expectativa de cambio que se presentaba con ese nuevo año.

Sean satisfechos o no esos propósitos, esta crisis no debería despojarnos de nuestra capacidad para soñar; el momento en el que nos miramos en el espejo y simplemente nos proponemos ser mejores en algún sentido. Dicen que la esperanza es lo último que se pierde y que soñar es gratis y, quién sabe, 2014 puede ser un buen momento para hacerlos realidad…

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