¿Cuestión de números?


Los universitarios preparan ahora los exámenes de febrero. // Foto: www.uah.es

Los universitarios preparan ahora los exámenes de febrero. // Foto: http://www.uah.es

Por Marta Perruca

¡Qué lejos quedaron aquellos días! Y sin embargo parece que fue ayer mismo cuando nos enfrentábamos a esos primeros exámenes de la carrera; cuando pensábamos en un futuro que estaba a la vuelta de cinco años, más o menos -una eternidad para aquel entonces – y parecía que nos íbamos a comer el mundo.

Mi sobrina de 18 años vive ahora este episodio de su vida cargada de incertidumbres, igual que yo en aquellos días… Aunque, claro, antes las cosas eran distintas: Estudiábamos licenciaturas o diplomaturas en lugar de grados; nos estrenábamos en el mundo académico encajando, a duras penas, unos horarios imposibles con asignaturas ininteligibles –mi sobrina apenas tiene algunas horas lectivas al día y el jueves por la tarde ya esta cogiendo el autobús para irse al pueblo, porque ya no tiene clase- y, terminada la carrera, se nos consideraba profesionales sin necesidad de pagar ningún Máster.

También hay que decir que las tasas no eran tan abusivas; aunque también era caro, el Abono de Transportes no llegaba a 100 euros y lo más importante: Podíamos soñar un futuro mejor del que vivieron nuestros padres

Por aquel entonces, madrugábamos para coger sitio en el Multidepartamental o en la Escuela de Magisterio, aunque nosotros preferíamos aquella vieja sala de estudio de la Biblioteca Provincial, cuando todavía no se había mudado a Dávalos y reservaba uno de los lugares más nobles del Palacio del Infantado al duro ejercicio de hincar los codos. Y allí nos sentábamos, en esas vetustas sillas de porte elegante, apilando nuestras montañas interminables de apuntes en aquellas mesas robustas de madera.

El Palacio del Infantado albergó en otro tiempo la Biblioteca Provincial. // Foto: www.amigosahpgu.es

El Palacio del Infantado albergó en otro tiempo la Biblioteca Provincial. // Foto: http://www.amigosahpgu.es

En ocasiones, los descansos discurrían abstraída en el humo de un cigarrillo mientras contemplaba  las complejas esculturas del Patio de los Leones, cuando no me acompañaba mi hermano Rafa, porque entonces aprovechábamos el primer descanso de la tarde para tomarnos un poderoso café en “El Peñalén”. A veces acudían allí Quique, Tobillos, Michael o Alvarito, que como estudiaban Magisterio preferían la biblioteca del edificio aledaño.

Nunca olvidaré aquellas conversaciones de neuronas desgastadas, que nunca volverán a ser tan frescas y auténticas. Siempre he dicho que el trabajo forja al profesional, pero la Universidad forma personas, quizá porque nos enseña que la realidad no se limita a las cuatro paredes de nuestro universo personal, sino que es la suma de todos los puntos de vista, aunque los haya que  terminen la carrera sin aprender esta lección o, simplemente, la olvidan. Por eso creo que en esos descansos teníamos conversaciones algo más elevadas, en plena ebullición de teorías varias para explicar una misma cosa, cuando nuestras conciencias despertaban a un mundo de perspectivas y experiencias nuevas.

Mi hermano –de ciencias puras- decía, entre pequeños sorbos de café, que todo era medible y cuantificable y que tales medidas espacio-temporales, los números matemáticos, al fin y al cabo, eran una realidad en sí misma y, como tal, existían al margen de la presencia del ser humano. Yo –más ducha en Humanidades-, por el contrario, sostenía que no eran más que un convención humana, una mera invención para establecer un orden ficticio dentro de la entropía propia del universo y que, precisamente por eso, todas las teorías científicas están sujetas a un paradigma que cuando cambia, las deja obsoletas.

Aunque parezca mentira, entre atracón y atracón hablábamos de estas cosas. De hecho, esta cuestión centró un sinfín de acaloradas discusiones. La polémica surgía en cuanto encontraba la más mínima racha de aire propicio para resucitar de sus cenizas e incluso encontró un nutrido elenco de defensores y detractores en esas fiestas universitarias, cuando tratábamos de disfrazar nuestra inmadurez con cierto aire interesante.

No sé si con el paso de los años la vida logró que mi hermano cambiara su punto de vista –ya se lo preguntaré-, pero yo sigo en mis trece, porque no hay nada más relativo y manipulable que los números. Al fin y al cabo, no son más que una invención humana, algo así como alguien que se sorprende al encontrar una pelota que él mismo escondió, diría mi profesora de Filosofía.

Los datos del paro de diciembre recogen un millar menos de parados respecto al mismo mes de 2012. // Foto: www.lacronica.net

Los datos del paro de diciembre recogen un millar menos de parados respecto al mismo mes de 2012. // Foto: http://www.lacronica.net

Y para muestra un botón: El número de esta semana en Guadalajara es el 23.635. No, no se trata del primer premio del Sorteo del Niño, sino la cifra de parados que cerró el mes de diciembre en nuestra provincia, 1.032 menos que el año pasado. A priori, es un número que invita al optimismo: La oportunidad que nuestros mandatarios llevan años esperando para salir a la tribuna y felicitarse y reafirmarse en unas políticas que, asegurarán hasta la saciedad, nos llevarán a buen puerto, a la salida de la crisis. Claro, que yo tengo otro número: El 74.729, correspondiente al dato de afiliación a la Seguridad Social en la misma fecha. De ellos, 58.396 afiliados pertenecen al Régimen General y 16.333 cotizan como autónomos. Pues resulta que, si recuperamos los datos del mismo mes de 2012, nos encontramos con que el número de cotizantes en el Régimen General sólo se ha incrementado 60 personas, mientras que un total de 26 autónomos dejaron de cotizar, lo que arroja un balance de 34 personas más cotizando a la Seguridad Social respecto al año pasado.

Ya lo aprendimos en aquellos años de Universidad, que ahora nos parecen tan lejanos, y lo discutíamos en los descansos bañados con el café amargo de “El Peñalén”: La verdad se esconde detrás de la suma de todos los puntos de vista y los números no son más que una convención humana, un artificio con el que resulta muy fácil enmascarar la realidad. Esos datos, bien dispuestos, pueden servir, por ejemplo, para que la diputada nacional, Encarnación Jiménez (PP), salga a bendecir la Reforma Laboral que acometió Rajoy como la panacea para encauzar la situación después de la crisis.

Pero los datos y las estadísticas no hablan de las personas que se cansaron de figurar en un registro de demandantes de empleo sin recibir oferta alguna durante meses, que sumaron años; ni de las condiciones laborales de esas personas que sí están dadas de alta en la Seguridad Social: de los autónomos que casi trabajan para pagar impuestos o de quienes, por desesperación y hastío, pasan por el aro y firman contratos para cobrar 700 euros al mes. Tampoco reflejan la eterna temporalidad en la que nos ha sumido esta crisis:  Los jóvenes que ya no sueñan con la estabilidad necesaria para fundamentar sus vidas o los que un día tienen trabajo y al siguiente están en la calle, porque la Reforma Laboral ha abaratado hasta límites irrisorios el despido.

Esas realidades no se pueden explicar con números, por mucho que los seres humanos necesitemos de medidas para poder sobrevivir en medio de un universo entrópico.

En aquellos días, cuando nos enfrentábamos a los primeros exámenes de la carrera, pensábamos que teníamos el futuro en nuestras manos. Nuestras conciencias comenzaban a desperezarse en raudales de perspectivas y experiencias nuevas, que nos alejaron de una realidad enclaustrada en nuestro propio ego y creímos que íbamos cambiar el mundo… Por aquel entonces, estábamos convencidos de que lo que estábamos haciendo serviría para labrarnos una vida mejor que la que tuvieron nuestros padres…

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