Leguineche nos deja huérfanos de referentes

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Fallece el periodista Manu Leguineche. // Foto: laaventuradelahistoria.es

Como en muchos otros campos, en el periodismo, el vértigo vital vinculado al pseudoprogreso que ha traído consigo la mal llamada era de la comunicación, con todos sus avances tecnológicos que permiten hoy la conexión en tiempo real entre prácticamente dos puntos cualesquiera del planeta, ha provocado que en muchos casos perdamos de vista, paradójicamente, la esencia de las cosas. La obsesión por la inmediatez y la cínica pelea de los medios por lograr anticiparse, a costa de lo que sea, a la competencia, ha dejado en segundo plano el contenido de la información, el verdadero periodismo, ese que representará por siempre Manu Leguineche.

El maestro de “la tribu” -el periodista y escritor vasco, Manu Leguineche, llamaba así a los reporteros de su quinta que se desplazaban como corresponsales de guerra en guerra para dar cobertura informativa a los conflictos, desde Vietnam a los Balcanes, y sus compañeros le consideraban el número uno- ha fallecido este miércoles en Madrid a sus 72 años tras una larga enfermedad. Más de medio siglo dedicado al periodismo y a la literatura le avalan. No por la cantidad de trabajos en su haber, que también, sino por la calidad de los mismos.

Leguineche vivió en directo el fin de la guerra de Vietnam, pero también estuvo en Argelia, Malvinas, Marruecos, Líbano, los Balcanes, Pakistán, Camboya o Guinea Ecuatorial, entre otros muchos conflictos. Lugares donde se jugó la vida para informar sobre el terreno, allá donde se forja el verdadero periodismo. Siempre será por ello un ejemplo para la profesión por poner en valor la única y verdadera fórmula posible para un buen informador: ir donde suceden los hechos, comprobar qué ocurre y contarlo. Así de fácil, y así de difícil.

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Imagen de archivo del periodista Manu Leguineche. // Foto: eldiario.es

Por si fuera poco, el legado de Leguineche va más allá de su trabajo como reportero. Además, el autor vasco firmó nada menos que cerca de medio centenar de obras. Entre ellas, títulos imprescindibles para entender los conflictos bélicos y la profesión periodística, e incluso hasta el juego del mus -una de sus pasiones-. Porque además de un descomunal periodista, Manu destacó también por ser un excelente escritor. Dos virtudes que le llevaron a recibir innumerables reconocimientos.

A lo largo de su carrera Leguineche acumuló un importante número de premios. Desde el Nacional de Periodismo en 1980 al Luca de Tena en 2010, pasando por el Ortega y Gasset en el 1991 o el Espasa de Ensayo en 1996. Un amplia nómina de reconocimientos a la que quizá le faltó el broche de oro del Príncipe de Asturias de Comunicación, al que estuvo propuesto en 2008, y que para muchos debió obtener.

Pero más allá de los galardones lo que más llama la atención de la carrera de Leguineche es el respeto que genera su figura entre sus compañeros de profesión. Contemporáneos o no, todos, sin excepción conocida, le consideran un maestro. La admiración profesional es generalizada, pero la personal no lo es menos. Todos aquellos que le conocían solo tienen alabanzas hacia su persona, ahora que ha fallecido, pero también en vida.

No puedo terminar este artículo sin mencionar su gran relación con la provincia de Guadalajara, donde decidió ubicar su retiro hasta su muerte. El Cañizar y, sobre todo, Brihuega contemplaron el reposo del guerrero del periodismo tras tanto disparo y tanto bombardeo, y adoptaron al reportero y escritor vasco como a su hijo. Todo un lujo para la alcarria haber contado tantos años con una persona de su altura profesional y humana.

Decía ayer Gabilondo que Leguineche siempre será ese periodista en que todos queríamos convertirnos en la universidad. El problema es que los grandes van cayendo y los estudiantes van perdiendo de vista los maestros en los que fijarse. No crean que los Leguineches han desaparecido, sigue habiendo profesionales de la comunicación jugándose el tipo por las guerras de medio mundo. El problema es que ahora no tienen cabida en los grandes medios y sobreviven como pueden malvendiendo reportajes. Leguineche abrió el camino y otros muchos lo continúan, aunque en condiciones penosas y relegados al anonimato. Una circunstancia que, tristemente, acabará por dejarnos huérfanos de referentes.

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