La libertad de decidir

La Plataforma Decidir Nos Hace Libres presentó "El tren de la libertad del Henares" en Guadalajara. // Foto: www.guadaque.com

La Plataforma Decidir Nos Hace Libres presentó “El tren de la libertad del Henares” en Guadalajara. // Foto: http://www.guadaque.com

Por Marta Perruca

No es muy extraño escuchar a una madre afirmar con convencimiento: “Yo por mi hijo daría la vida”. Sin embargo, no creo que existan demasiados hijos o hijas que estén seguros o seguras de que su madre, en un momento dado, daría su vida por ellos tanto como lo estoy yo.

Ya he mencionado en más de una ocasión que me encantan las grandes historias y, no en vano, fue una pequeña, pero poderosa, la que me trajo a este mundo, porque parecía que no estaba escrito que ello fuera a suceder: Yo ni siquiera iba a nacer.

Los médicos recomendaron encarecidamente a mi madre que abortara, porque estaba en riesgo su propia vida. Ni siquiera aseguraban que el embarazo llegara a buen término y, de hacerlo, lo más probable fuera que el bebé llegara con complicaciones, con enfermedades congénitas o problemas graves de salud. Insistieron una y otra vez, entendiendo que la decisión de mi madre era una auténtica insensatez, hasta el punto que mi madre, ni corta ni perezosa, le tuvo que espetar al señor doctor: “Me moriré cuando dios quiera y no cuando usted lo diga” y con estas palabras sentenció la discusión.

Desde luego, muchos entenderán ahora porque digo tantas veces eso de que las palabras son poderosas, porque fueron esas precisas palabras y, no otras, las que conjuraron a los astros para que yo naciera unos meses más tardes. Entonces, cuenta mi madre, me arrancaron de sus brazos para hacerme todo tipo de pruebas y, al comprobar que no había rastro ni indicio de enfermedad o anomalía alguna, me devolvieron con modales toscos y otra de esas frases lapidarias: “Su hija es normal”. No, no se felicitaron porque, finalmente, todo hubiera salido bien, como si estuvieran asistiendo a una especie de milagro o una historia con final feliz de las muchas que podrían contar los muros del Hospital Universitario de Guadalajara, sino que consideraron aquello como un fracaso, porque estaban equivocados.

Pasados los años puedo decir que no he salido mal del todo. Bueno, tengo un dedo en el pie izquierdo que no me creció y me he empeñado en ser periodista, pero quitando esos dos pequeños detalles… De alguna manera, esa historia siempre me hizo pensar que existe un motivo poderoso para que yo esté hoy aquí, más allá de la cabezonería y obstinación de mi madre.

Para mí es un motivo de orgullo. No sólo estoy convencida de que mi madre daría la vida por mí si fuera necesario, sino que además, admiro profundamente su integridad y fortaleza. Otra en su lugar, comprensiblemente, habría claudicado. Habría confiado plenamente en el criterio del especialista y más cuando se lo prescribe con tanta vehemencia.

¿Acaso no es esta historia otra manera de entender el derecho de la mujer a decidir sin coacciones, ni presiones?

No obstante,  no sé por qué me da, a mi madre no le va a gustar mucho este artículo.

He leído el Proyecto de Ley (APLO_ABORTO_23-12-13_WEB.PDF ) de cabo a rabo antes de sentarme a escribir y, después de darle varias vueltas, he decidido no entrar en aspectos filosóficos, ni jurídicos: Una cosa es legislar de manera coherente una cuestión y otra, muy diferente, la medida que pretende impulsar Gallardón, con la que creo que no se trata más que de sembrar la polémica y levantar una cortina de humo, porque mientras estemos apagando el fuego  en este frente desviamos nuestra atención de otras cuestiones algo más incómodas.

Creo que es muy complicado meterse en la cabeza de una mujer que acude a una clínica a interrumpir su embarazo. A mí, lo que me gustaría es que nadie se tuviera que ver en ese duro trance, porque comprendo que no debe ser fácil, de la misma manera que entiendo que una Ley, por muy permisiva o prohibitiva que sea, no incrementa ni reduce el número de abortos, si no las condiciones a las que una mujer se enfrenta cuando ha tomado su decisión. De hecho, y sin entrar a valorar el marco jurídico, durante 2012, con la Ley de Plazos de Zapatero, se realizaron 6.000 intervenciones menos, la reducción más significativa de toda una década.

También pienso que ni la una ni la otra defienden los derechos de la mujer,  por mucho que se adjudiquen títulos rimbombantes, (“Anteproyecto de Ley Orgánica para la protección de la vida del concebido y de los derechos de la mujer embarazada”, casi nada) y que tratar de atajar el problema desde el Código Penal no es otra cosa que empezar la casa por el tejado.

Y esto es lo que me preocupa realmente. Que se discute mucho de cuestiones filosóficas: sobre cuál es el momento en el que un feto deja de serlo para convertirse en un ser humano con derechos que el Estado tenga la obligación de proteger; sobre si está justificado que una mujer decida abortar cuando su bebé viene con malformaciones; cuál es la edad en la de una mujer puede tener capacidad para decidir sin el permiso de sus padres; o de la objeción de conciencia del personal sanitario a la hora de oponerse a participar en una intervención, pero no se discute sobre el fondo del asunto.

En el Congreso no se habla de por qué en pleno siglo XXI todavía es un hándicap ser mujer cuando se concurre a un puesto de trabajo; por qué nos tenemos que enfrentar a preguntas incómodas sobre nuestra vida personal y sentimental que no deberían interesar a nadie;  ni de por qué los empresarios autónomos, a la hora de formalizar un contrato, sienten verdadero temor de emplear a una mujer joven,  que pueda quedarse embarazada en cualquier momento y, entonces, no le cuadren las cuentas. A los gobiernos no se les ocurre equiparar las medidas que ya existen en otros países, como Finlandia o Noruega, donde la baja por maternidad dura 18 meses, frente a los cuatro que se reconocen en España. En Alemania, por ejemplo, se permite a los padres interrumpir el trabajo durante 14 meses, cobrando el 67% de su salario.

Lo que pasa es que en España el feminismo se ha entendido como otra cosa. Ha reclamado el papel de la mujer en la sociedad al mismo nivel que los hombres, como auténticas supermujeres capaces de afrontar todos los retos que plantea la vida, pero sin una carta de derechos a su medida.

No, Señores Míos, la igualdad de la mujer no pasa por concedernos los mismos derechos que a los hombres, sino en reconocer nuestras diferencias y legislar de acuerdo a ellas para garantizar que tengamos las mismas oportunidades. Que, por ejemplo, no tengamos que renunciar a nuestra carrera profesional, ni  perder poder adquisitivo por el hecho de engendrar vidas.

Si de lo que se trata es de reducir el número de abortos, lo coherente sería legislar en lo que se refiere a esas circunstancias que puedan inducirlos y, una vez exista un marco legal de aplicación en ese sentido, ya sería el momento de entrar a regularlo. Hacerlo de otra manera es, como decía, empezar la casa por el tejado.

Y luego existen otro tipo de barreras sociales, no menos importantes. Aún hoy, esta sociedad arrastra prejuicios y castiga a aquellas madres que se quedan embarazadas fuera de un marco considerado moral. Tampoco en el campo de la Educación se han hecho bien los deberes y todavía hay claustros y AMPAS que se escandalizan ante la posibilidad de que se imparta una asignatura de educación sexual en el aula. Es cierto que el Proyecto de Ley de Gallardón tiene en cuenta esta cuestión, pero pasa casi de puntillas y tratándola de una manera muy ambigua.

Una de las iniciativas formativas de Red Madre en Guadalajara. // Foto: Criado Antonio

Una de las iniciativas formativas de Red Madre en Guadalajara. // Foto: Criado Antonio

Los únicos que, a mi juicio, afrontan la problemática desde esta perspectiva son los que integran la  organización “Red Madre” que se han propuesto luchar contra el aborto prestando su apoyo, ayuda y asesoramiento a toda mujer que, en estas circunstancias, lo necesite, pero su capacidad económica y de acción es muy limitada.

La realidad es que parece fácil encender la mecha cuando nos posicionamos a favor o en contra del aborto, cuando se trata de oponernos a una medida legislativa que consideramos injusta. Y lo hacemos porque nos lo han servido en bandeja con una ley polémica, en mi opinión, redactada a tal efecto para distraer nuestra atención de otras cosas, quizá más incómodas o puede que más importantes.

Este mismo sábado, a las 10,03 horas parte “el tren de la libertad del Henares” desde Guadalajara con dirección a Madrid, donde se dará cita con otros trenes provenientes de otros puntos de España en Atocha, lugar donde arrancará una manifestación contra la medida de Gallardón para reivindicar el derecho de la mujer a decidir. La comitiva guadalajareña estará encabezada por la “Plataforma Decidir Nos Hace Libres”, integrada por diez organizaciones de diversa índole.

Y yo me pregunto: independientemente de que la ley entre o no en vigor y, llegado el momento, ¿de veras existen en esta sociedad las condiciones que garanticen que la mujer pueda decidir libremente? ¿Libertad de decidir es poder tomar la decisión de abortar porque la sociedad nos impone límites para nuestro desarrollo personal y profesional? ¿Es libre la mujer que decide abortar porque su situación económica no es la más adecuada para sacar una nueva vida adelante?

3 pensamientos en “La libertad de decidir

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.