Manipulados

Furgoneta de ETA con explosivos interceptada hace diez años en Cañaveras, tras un accidente del vehículo lanzadera en Poveda. / Foto: Efe.

Furgoneta de ETA con explosivos interceptada hace diez años en Cañaveras, tras un accidente del vehículo lanzadera en Poveda. / Foto: Efe.

Por Rubén Madrid

Este viernes se cumplen diez años del que felizmente sigue siendo el último episodio de la banda terrorista ETA en Guadalajara. Los lectores más veteranos recordarán al menos otros dos muy sonados, cuando se descubrió el piso franco de Azuqueca en el año 2000 o la todavía más lejana ocasión en que la banda situó explosivos en las vías del tren en Baides –que no estallaron–; pero éste episodio del que voy a hablarles es sin duda el más estrambótico.

Se trata de la frustrada operación de un comando itinerante, la llamada ‘caravana de la muerte’, cuyo coche lanzadera tuvo un tropiezo fatídico en una noche de perros en el Alto Tajo, lo que evitó que más de 500 kilos de explosivos que transportaba otro furgón estallasen en Madrid en el mes de mayo, coincidiendo con la boda del Príncipe. Un suceso que, una década después, nos habla, si tienen un poco de paciencia para acompañarme hasta el final, de la manipulación de los acontecimientos, aprovechando que andamos todos bajo el efecto del experimento de Jordi Évole con su ‘Operación Palace’ a propósito del 23-F.

29-F

Aquel 29 de febrero del año bisiesto de 2004 era domingo y los periodistas de guardia estábamos más pendientes de la Feria de Tendilla que de ninguna otra cosa, aunque es cierto que habíamos desayunado con el anuncio de que la Guardia Civil había interceptado en Cuenca una furgoneta repleta de explosivos. Por desgracia, una noticia así no era excesivamente sorprendente. Sin embargo, a la redacción de Nueva Alcarria llegó un chivatazo: en algún lugar entre Poveda de la Sierra y Taravilla se encontraba un monovolumen accidentado, más concretamente un coche de ETA que se había estampado en plena noche.

Redactor (servidor) y fotógrafo (Nacho Abascal) cambiamos la ruta y partimos para tan largo viaje, más mosqueados que un pavo oyendo una pandereta, porque lo cierto es que todas las radios hablaban de un comando atrapado en Cañaveras, provincia de Cuenca. Pero el chivatazo era correcto. Nos lo confirmó un forestal y por apenas unos minutos no encontramos el coche estrellado, aunque sí dimos con los evidentes restos de un accidente de tráfico en la sinuosa carretera de Taravilla, conforme nos habían indicado.

Aquello era demasiado poco, así que fuimos al bar del pueblo –adónde si no– para ver qué se sabía de todo aquello. Y lo realmente interesante vino a partir de aquí. Todos los parroquianos estaban a esas horas al tanto de que el coche de ETA había sufrido un accidente y que el conductor, un chaval joven, había acudido a una casa para pedir auxilio. Pasó nada menos que tres horas con una familia que desconocía su verdadera identidad.

Recorte de uno de los reportajes de Nueva Alcarria sobre el suceso.

Recorte con uno de los reportajes de Nueva Alcarria sobre el suceso de hace diez años.

Nos lo contaron ellos mismos. La familia de Honorio Vicente había recibido un timbrazo hacia las once de la noche y, al abrir, descubrieron a un chaval alto, con el rostro ensangrentado, que preguntaba por “los señores de la casa”. En todo momento, nos insistían, el joven, tímido, mostró una exquisita educación, y se deshizo en agradecimientos por el trato prestado; la familia correspondió, le tranquilizaron, hablaron con él e hicieron cuanto estuvo en su mano, como telefonear al médico de Villanueva de Alcorón, que no pudo acercarse por el temporal; la increíble estancia de Irkus Badillo (así se llamaba) en esa casa se prolongó durante tres horas largas, hasta que llegó una pareja de la Guardia Civil y un médico para llevarlo al centro de salud de Molina.

“Estaba blanco y asustado”, decían lastimeros al día siguiente en aquella casa. Según Honorio, que relataba ayudado por su señora, el joven evitó incluso sentarse en el sofá para no mancharlo de sangre; la familia le facilitó un barreño para que expulsase la sangre de la hemorragia de su herida en la nariz, porque el médico había dicho por teléfono que no convenía que se la tragase. Cuando se despidieron, Honorio invitó al chaval a visitarles más adelante; el joven les dijo que sí.

El joven, por cierto, fue arrestado de madrugada, seguramente delatado ya por el compañero que condujo el furgón con los explosivos hasta Cañaveras, donde la Guardia Civil lo detuvo tras observar que la matrícula era falsa.

Resumiendo, el que esperemos que sea el último episodio de ETA en Guadalajara había sido una rocambolesca historia, terriblemente humana, donde una familia había dado perfecta acogida a un “etarra en prácticas” del que, todavía horas después, cuando ya todos sabían que se trataba de un asesino que acompañaba a una furgoneta con más de 500 kilos de explosivos, Honorio y los suyos seguían compadeciéndose.

11-M

Durante toda la semana anduve prolongando el minuto de gloria, contando de radio en radio y de periódico en periódico la historia de esta casual exclusiva, en realidad un reportaje de guardia por el que recibía absurdas felicitaciones. Pero el suceso, en realidad, me había picado. Me extrañó que nadie hablase de lo sucedido en Guadalajara, frente a la mencionadísima Cañaveras. Me consta que esto mismo también molestó en el Cuartel de la Guardia Civil de Molina, sobre todo cuando el ministro Acebes fue a repartir honores a sus colegas conquenses.

En general, quise reconstruir para la edición del viernes lo que había ocurrido aquella noche, hora a hora, y punto por punto, porque seguían quedando algunas lagunas. Quedé bastante contento con los resultados de aquella investigación, para la que tuve que tirar del corresponsal en Molina, de algunas confidencias hechas tras desplazarme hasta la zona, de informaciones de periodistas de Madrid amigos de amigos y de algún cerebro prestado en la redacción. En aquel reportaje de la edición del fin de semana siguiente quedaba perfectamente trazado el recorrido de la ‘caravana de la muerte’ en la provincia, pero esta vez nadie me felicitó por ello.

Muy pronto, todo el mundo se olvidó de la familia de Poveda y de los terroristas y otro acontecimiento aún más terrible, el 11-M, se ganó la letra gorda en los periódicos de la ciudad y de media España. Mi particular batallita empezaba a amarillear en el baúl de los recuerdos cuando, una tarde, la entonces redactora jefe, más tarde directora, me pasó un ejemplar de El Mundo. Una página entera exponía una supuesta investigación que ligaba la ‘caravana de la muerte’ de ETA con los recientes sucesos del 11-M.

¿Cómo era posible? Leí con absoluto interés. La información cuadraba perfectamente. El autor aportaba numerosos datos y ordenaba cronológicamente los hechos de modo que no quedase ningún resquicio de duda a la hora de situar a Irkus Badillo y Gorka Vidal en las carreteras de Guadalajara, con su frustrado intento de llegada a Madrid, como un paso dentro del extraño engranaje de los sucesos del 11-M de los que, en cambio, nadie (ni policía, ni Fiscalía, ni autoridades) querían saber absolutamente nada. La crónica era impecable. Pero la crónica era falsa. La narración de aquellos hechos era tan creíble pero tan falsa como la mejor novela que puedan ustedes tener ahora mismo en mente.

Velas y recuerdos en Atocha por las víctimas del 11-M. / Foto: TVE

Velas y recuerdos en Atocha por las víctimas del 11-M. / Foto: TVE

Para la teoría de la conspiración, era indudable que el itinerario de los vascos era la casa de Morata donde los islamistas preparaban las bombas de los atentados de los trenes, en vísperas de las elecciones. Que al día siguiente de la caravana de la muerte saliera otra ‘comitiva’ de las minas de Asturias en esa misma dirección resultaba no una casualidad en el tiempo, sino un dato fundamental. Así se ha mantenido una y otra vez en investigaciones extrajudiciales. Aportando datos inexistentes o interpretando algunos hechos en dirección muy opuesta a la realidad.

He buscado estos días en todos los buscadores habidos y por haber, incluyendo la hemeroteca digital de El Mundo, aquella información que recuerdo haber leído en la edición de papel en algún momento indeterminado entre la segunda quincena de marzo y finales de ese año 2004, pero no he tenido suerte. Sí he encontrado algunos otros enlaces similares, como la información titulada “Una extraña caravana de la muerte” donde, entre otras sandeces, se achacaba la captura de la caravana de la muerte a “la habilidad y el olfato que demostró una patrulla de Tráfico en una carretera perdida”. Diferente letra, pero la misma música y casi el mismo título tiene este otro reportaje de Fernando Múgica: “La extraña caravana de la muerte”.

En cualquier caso, recuerdo perfectamente que volví al puesto de la redactora jefe para exponerle, punto por punto, todas las mentiras que incluía esa información. Y durante meses después volví a ver informaciones muy similares en numerosos enlaces de Internet, algunas de ellas de nuevo firmadas por García-Abadillo basándose en supuestos informes que ligaban la ‘caravana de la muerte’ con los islamistas. En el juicio del 11-M este asunto no mereció más de un cuarto de hora y, por supuesto, no se probó relación alguna.

23-F

Hace unos días caí en que van a cumplirse diez años de aquel suceso tan extraño, que ha vuelto a rondarme por la cabeza, pero no tenía intención de escribir aquí sobre ello. Ha sido una frase de Jordi Évole la que me ha animado a ello: “Seguramente otras veces les mintieron y nadie se lo dijo”.

El vídeo emitido por La Sexta este domingo se parecía extremadamente a aquellos otros que después del 11-M pudimos ver producidos por El Mundo TV o firmados por periodistas que fabularon con la participación de ETA en el 11-M, caso de Luis del Pino. No me cuesta creer que Évole tuviese en mente precisamente a El Mundo de Pedro J. y García-Abadillo cuando se ha referido a que ha habido otros episodios de manipulación en los que no se ha pedido perdón.

No he podido evitar recordar la narración inverosímil de aquella crónica de El Mundo con todos esos datos (adornos literarios, en realidad), tan rematadamente falsos a la luz de lo que en realidad ocurrió aquella noche con la caravana de la muerte y que pude conocer  gracias al azar que me puso esta vez en el centro del escenario, cuando generalmente uno acostumbra a ser espectador de los sucesos.

Me ha llamado poderosamente la atención que en las últimas horas muchas voces a la que les incomoda la presencia de Évole, algunas de esta misma profesión, hayan cargado las tintas contra la honestidad del reportaje del domingo –y de paso, la honestidad de periodistas que colaboraron y que están tan alejados de fabulaciones como Fernando Ónega, Iñaki Gabilondo y Luis María Ansón–. Se equivocan y pretenden equivocarnos una vez más.

Llaman a engaño quienes pretenden situar a un mismo nivel al nuevo director de El Mundo y a Évole, quienes ponen el grito en el cielo por un experimento televisivo que mira a la cara al espectador frente a otros episodios con dobleces que resultan inadmisibles no sólo desde la más elemental ética, sino también por su mal gusto. Porque estos periodistas ‘conspiranoicos’ jugaron con un asunto muy grave, al forzar la unión entre una banda terrorista con más de 800 asesinatos a sus espaldas y un atentado que le costó la vida a casi otros 200, ocho de ellos, por cierto, de Guadalajara. Y lo han hecho con obstinada insistencia y sin que todavía hoy hayamos visto ninguna disculpa de El Mundo en los títulos de crédito. Diez años después, va siendo hora…

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