Atalayas y zurullos

El concejal de Obras y Festejos se reúne con vecinos y comerciantes del casco. // Foto: www.guadaque.com

El concejal de Obras y Festejos se reúne con vecinos y comerciantes del casco. // Foto: http://www.guadaque.com

Por Marta Perruca

El periodista tiene sus deberes y obligaciones, pero también sus privilegios. Una de las cosas que más me gusta de esta profesión es la posibilidad que brinda de narrar atalayas. Es lo que hacemos en este Hexágono una vez por semana: Subirnos a una atalaya y relatar el paisaje que contemplamos desde su punto más alto; pertrecharnos con nuestros propios prismáticos y describir aquellos detalles que más han captado nuestra atención. Siempre he pensado que existe algo de magia en ello. Como un conejo blanco que surge a golpe de barita en una chistera, muchas cosas se hacen manifiestas como por arte de magia en el momento en el que alguien tiene el valor de narrar una atalaya ¿Cuántas cosas no existieron nunca porque nadie habló de ellas o no se encontró el altavoz preciso para hacerlo?

Y es que las palabras son muy poderosas: Construyen mundos y crean realidades de la nada. Pueden marcar la diferencia entre el ser o el no ser o dibujar la línea entre el bien y el mal. Hay palabras que permanecen por los siglos de los siglos, aunque otras, simplemente, se las lleve el viento. También se les otorga un valor u otro, dependiendo de la corrupción de su mentira y de la autoridad que esas mismas palabras han concedido a la boca que las esboza.

Sí, hay algo maravilloso en la profesión del periodista y es la posibilidad de escribir atalayas. Levantarse tal día como hoy para hablar al mundo que quiera escucharle (en este caso leerle) y, quizá con los prismáticos adecuados, lograr que su torre ofrezca una visión interesante o, al menos, entretenida.

Fue Victor Hugo quien dijo que “la arquitectura es el gran libro de la humanidad”. La arquitectura y el urbanismo, al fin y al cabo, son otro lenguaje con el que las civilizaciones narran su historia. De hecho, Aldo Rossi afirmó que es precisamente “su posibilidad de permanencia, lo único que hace al paisaje o a las cosas construidas superiores a las personas”. Siempre he querido subirme a esa atalaya: a la del urbanismo y la arquitectura de esta ciudad, para relatar su paisaje desde sus “zurullos” arquitectónicos, eso que desde esta ciudad y su provincia escribimos en el libro de la humanidad y que abofetea a la vista diariamente en nuestra vida cotidiana.

Soy consciente de que esta atalaya, más que sacar de la chistera uno de tantos conejos escurridizos que puedan dotar de realidad todo aquello que se ahoga en el silencio, puede que abuse del placer que le otorga el simple hecho de su altura para poder escribir de lo que a esta observadora le parece.

De cualquier manera, nuestro urbanismo dice mucho de nosotros: De esa época en la que la ciudad se tiñó de óxido, quizá porque a alguien le interesó convertir esos hierros oxidados en arte, cuando el ladrillo llevaba un billete en el reverso y las ciudades rebosaban hormigoneras y andamios. Y en cada rotonda nueva, de los nuevos desarrollos, se colocó una escultura a cual más horrible de ese color estropeado, que entonces era moderno y hoy simplemente es lo que tendría que haber sido: sencillamente feo. Igual de feo que el de las farolas de la calle Virgen del Amparo: lo fueron en su día y lo siguen siendo ahora Costaron millones y nos dieron una imagen menos amable de una de las más importantes y céntricas arterias de la ciudad.

Imagen de la fuente de la glorieta de Bejanque. // Foto: www.pueblos.org

Imagen de la fuente de la glorieta de Bejanque. // Foto: http://www.pueblos.org

Los usos arquitectónicos de un tiempo remoto lograron conservar la Puerta de Bejanque de la antigua muralla de la ciudad, que durante décadas formó parte de la fachada de una vivienda; al fondo, recorta el paisaje la emblemática iglesia del Fuerte de San Francisco y, justo en medio, se levanta cruelmente esa especie de jaula que un día cometió la osadía de querer ser una fuente, a la que el agua no acaricia, yo estoy segura de que le escupe.

Y el Alcázar, en otro tiempo esplendoroso, hoy en ruinas parece un edificio del que han huido hasta los fantasmas, apuntalado y tachadas de tablones sus ventanas.

Algún arquitecto tuvo la decencia de respetar las líneas sobrias de la fachada renacentista del Palacio del Infantado, la gran joya de Guadalajara, al adosarle un edificio de oficinas justo al lado. Unos escrúpulos que no tuvieron más tarde, cuando decidieron esconderla tras un bochornoso antifaz de carteles de colores.

Basta con andar unos pasos para que el edificio de IberCaja rompa la armonía del casco antiguo de Guadalajara con un edificio de cristales que nada tendría que haber pintado en el corazón histórico de la capital, como tampoco debería haberlo hecho la antigua Caja Guadalajara, hoy sede de la Junta.

La antigua estatua de Neptuno camina sobre el agua de una piscina. // Foto: www.elheraldodelhenares-es

La antigua estatua de Neptuno camina sobre el agua de una piscina. // Foto: http://www.elheraldodelhenares-es

Antes, Neptuno tenía una fuente con un pilón a medida en la Plaza del Jardinillo y hoy, metido en no sé qué concepto de modernidad, camina sobre las aguas de una piscina. Y así, suma y sigue, porque en este libro de la humanidad, Guadalajara ha escrito un capítulo cuanto menos particular, por no calificarlo de bochornoso.

Cuando las obras del Eje Cultural llegan a su tramo final –ahora están centradas en el aparcamiento del colegio Cardenal González de Mendoza que, por cierto, no quiero alarmar, pero está pintado de líneas verdes- el Consistorio mantenía, esta semana, una reunión con vecinos y comerciantes de la calle Miguel Fluiters y Teniente Figueroa para presentarles el proyecto de reforma integral de estas calles  y recoger sugerencias. Una vez ejecutadas, se procederá a remodelar la tan postergada Plaza de Dávalos, que si bien, no he mencionado zurullo arquitectónico alguno en ella, y por el contrario, se ha recuperado un antiguo palacio como sede de la Biblioteca Provincial, se encuentra en un estado lamentable.

Siempre he pensado que este tipo de reuniones se realizan más de cara a la galería, que con afán de fomentar la participación ciudadana o de tener la más mínima intención de atender las sugerencias de los principales afectados.

El Ayuntamiento no ha informado todavía sobre las actuaciones concretas que se van a llevar a cabo en estas calles, ni del tipo de adoquinado que se pondrá, ni de la estética elegida, ni siquiera del presupuesto con el que cuenta el proyecto o los plazos de ejecución. La noticia, simple y llanamente, es que el concejal de Obras se ha reunido con una delegación de comerciantes y vecinos, que tenemos que asumir como representativa.

Ya os he dicho otras veces que mi madre, que es una mujer muy sabia, siempre dice que quien hace las cosas mal trabaja dos veces.

Cada equipo de Gobierno que se ha sentado en el hemiciclo del Salón de Plenos ha dejado su propio sello en el urbanismo de esta ciudad de una manera más o menos afortunada, pero ninguno se ha librado de firmar en ese libro su propio zurullo.

A estas alturas, a nadie se le escapa que los grandes presupuestos en obras, más que servir, pretenden ganar elecciones, pero la oportunidad no debería eximir de hacer las cosas con un buen criterio, porque precisamente se trata de eso, de una oportunidad de dejar un buen legado.

Podría ser el momento, por ejemplo, de arrancar carteles que la modernidad ha vuelto anticuados; de que Neptuno tenga un pilón acorde, en lugar de una piscina y Dávalos, una plaza que haga justicia a su palacio…

Al menos, eso es lo que veo desde esta atalaya…

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