Un grito desesperado

Imagen de la columna noroeste de las Marcha por la Dignidad a su paso por Guadalajara. // Foto: guadaque.com

Imagen de la columna nordeste de las Marcha por la Dignidad a su paso por Guadalajara. // Foto: guadaque.com

Por Yago López

La dignidad debe ser un valor inherente a todo ser humano y debe preservarse en todo momento y ante cualquier circunstancia -incluida la crisis por supuesto- . Supongo que en esto estamos todos de acuerdo. El problema viene, como casi siempre, cuando se pasa de la semántica a la práctica. Ahí ya no es tan sencillo delimitar el asunto, y determinar sin titubear que es o no digno.

¿Es digno un sueldo de mileurista con las pagas prorrateadas y con un contrato por obra y servicio? Hace algún tiempo hubiéramos coincidido todos en que no, pero con el panorama actual algo que en principio atentaba contra la dignidad del trabajador ha pasado a convertirse en un sueño para millones de personas. Por tanto, es el contexto social el que marca en cierta forma la línea roja que flanquea la dignidad.

Esta semana la columna nordeste de la Marcha por la Dignidad ha cruzado Guadalajara camino de Madrid, donde se juntará con otras cinco marchas reivindicativas procedentes de los distintos puntos cardinales de España. Son miles de personas andando cientos de kilómetros para reclamar justicia social ante lo que consideran un ataque directo del Gobierno a la dignidad de los ciudadanos.

Apenas han tenido repercusión en los medios a pesar de llevar semanas atravesando el territorio español de cabo a rabo. Y no será porque lo que reclaman sea descabellado y fuera de la realidad. Quitando la parafernalia de las banderas republicanas (más allá del simbolismo no creo yo que el objetivo de esta marcha sea acabar con la monarquía, por mucho que gran parte de sus miembros no crean en ella), lo que reclaman los participantes en estas marchas es tan básico y lógico pero a la vez tan abstracto que corre el riesgo de quedarse en nada.

No hay nadie en su sano juicio que se oponga, al menos teóricamente, a acabar con la corrupción política, a garantizar la sanidad y la educación de la población y a velar por el derecho a un trabajo y a una vivienda digna. Estas son a grandes rasgos las proclamas de estas marchas y cierto es que muchas de las medidas políticas que se están llevando a cabo van diametralmente en contra, pero eliminar directamente por ello el Parlamento se antoja una misión imposible.

Como la dignidad es tan moldeable y tan abstracta reclamarla sin concretar medidas acaba por convertirse en un brindis al sol. Ocupar Madrid y reclamar que se acabe de una vez de maltratar al pueblo es un grito de desesperación con pocos visos de lograr algo en la práctica. No digo con esto que no se deba realizar y apoyo cada una de sus reivindicaciones y, por supuesto, discrepo de la parida del presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, de comparar estas marchas con el movimiento neonazi de Grecia Amanecer Dorado. Sin embargo, tengo la sensación de que sin un plan de actuación real proclamar la desobediencia civil no va a llevar a ningún lado, por más que se tenga más razón que un santo.

Ojalá me equivoque y estas marchas supongan un punto de partida para una reflexión global de la ciudadanía, que anime al resto de la población a tomar el control de las instituciones, ejerciendo por fin la soberanía que le corresponde. Aún si no es así, los que han participado en estas marchas merecen el mayor de mis respetos puesto que habrán luchado, haya sido o no en vano, por un futuro digno para cada uno de nosotros.

Me consta que a su paso por los distintos pueblos, de España en general y de Guadalajara en particular, han despertado el espíritu reivindicativo y solidario de muchos de sus vecinos. Solo por eso, y pase lo que pase mañana en Madrid, las Marchas por la Dignidad han merecido ya la pena.

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