Pido la palabra

Sesión de narración oral en el Liceo Caracense, en el Maratón de Cuentos del año pasado. // Foto: R.M.

Sesión de narración oral en el Liceo Caracense, en la edición del Maratón de Cuentos del año pasado. // Foto: R.M.

Por Rubén Madrid

La propuesta del PSOE para que Diputación reclame la titularidad de la Prisión Provincial ha vuelto a suscitar cierto debate sobre los posibles usos que podría tener este emblemático espacio de la ciudad, con casi 7.000 metros cuadrados edificados. No es un asunto nuevo. La cárcel, como las naves del Fuerte, siempre han sido una suerte de cajón de sastre para todo tipo de proyectos añorados, idealizados o sencillamente olvidados.

Habrá tiempo de ver si prospera la reclamación (no me entra en la cabeza que nuestras administraciones locales no la hagan) y para debatir sobre el asunto. Pero, mientras avanzan las gestiones y descubrimos si el Estado responde afirmativamente a la llamada, se abre un tiempo perfecto para sacar adelante una planificación de espacios socioculturales de la ciudad.

Es obvio que hay un desbarajuste. El problema no es que falten espacios, porque los hay: algunos, desaprovechados en su mayor parte como el CMI de Aguas Vivas y el Tyce; otros, por reabrir, como el Moderno y el Ateneo, por no hablar de la reflexión que merecen también el Infantado o el Cívico. Pero el desequilibrio se debe a la vez a que muchas asociaciones se han quedado sin locales de ensayo y de reunión o que los tienen en deplorables condiciones. En este contexto, la cárcel se sumaría como un espacio público más a este entramado de recursos en el que debería encajar dentro de una estrategia bien orquestada.

Por tanto, soy consciente de que buscar de antemano una futura función a la cárcel resulta precipitado. Desconozco si, dentro de una planificación inteligente, lo que más convendría sería un museo de arte contemporáneo, una facultad decente para la UNED -falta hace-, el esperado museo de la ciudad, un centro para que Cajasol por fin cumpla con sus promesas de dar continuidad a la obra social de la antigua Caja Provincial o, por añadir nuevas opciones, un centro de creación artística… o, pongamos por caso, un centro dedicado a uno de los rasgos que mejor define a nuestra provincia y su capital: la palabra.

¿Por qué no un Museo de la Palabra? Guadalajara puede exhibir como motivo de orgullo para propios y de visita para extraños su extraordinaria relación con la palabra dicha y escrita. Es en primavera la ciudad literaria de los cuentos (lean este estupendo artículo del antropólogo alcarreño Jesús Sanz) y en otoño la ciudad de los versos de Zorrilla; es siempre la Guadalajara cuajada de culturas que ya en el medievo alumbró nombres de escritores de primera fila como el judío Mosé ben Sem Tob de León, autor del importantísimo (aunque generalmente desconocido) ‘Libro del Esplendor’, o el Marqués de Santillana, patriarca de una familia de artistas y mecenas que fue, él mismo, poeta y redactor de tratados.

Desde aquellos lejanos tiempos -no olvidemos al Arcipreste de Hita u otros episodios pasajeros pero pintorescos como la fugaz estancia infantil de Víctor Hugo en el Fuerte de San Francisco, durante la Guerra de la Independencia- hasta ayer mismo, con Ramón de Garciasol o Buero Vallejo (ofende que el inmenso dramaturgo no tenga museo en Guadalajara) hay una amplia nómina de alcarreños en la historia universal de la sletras. Todavía hoy la lista continúa: baste nombrar a Clara Sánchez, la más precoz en obtener tres premios como el Alfaguara, el Nadal y el Planeta (y sólo tiene 55 años).

Fachada principal de la cárcel de Guadalajara. // Foto: R.M.

Fachada principal de la Prisión Provincial de Guadalajara. // Foto: R.M.

Esta provincia puede presumir además de haber sido punto de llegada y de encuentro para otros insignes escritores nacidos lejos de aquí. Resulta llamativo que las tres figuras que mejor la han cantado hayan sido el gallego Cela, el vasco Leguineche y el catalán -al menos de nacimiento- José Luis Sampedro. En este país que dibuja fronteras como murallas resulta que estos tres hombres de letras confluyeron en un rincón de Castilla para encarnar, desde aquí y de muy distintas formas, sus tres particulares formas de universalidad: con el Nobel, el autor de ‘El viaje a la Alcarria’; con sus mil maneras de dar la vuelta al mundo para contarlo, en el caso del firmante de ‘La felicidad de la tierra’; y con su compromiso con una globalización más justa, en el escritor de ‘El río que nos lleva’.

Del hermanamiento con Guadalajara, que celebra la mayor feria del libro en el mundo hispano, hasta la escultura funeraria famosa en todo el país, El Doncel, que yace leyendo, pasando sin duda con otros parentescos más o menos firmes como ese hidalgo manchego que se resiste a ser nuestro… hay tal riqueza de ecos y estampas relacionados con la palabra (y seguro que nos hemos quedado muy cortos) que cualquier espacio consagrado a ella en la ciudad colmaría de lecciones y anécdotas las expectativas de cualquier visitante. Otras ciudades, por razones obvias, tienen museos romanos, de la paz o del flamenco. En Guadalajara, el idilio entre la pequeña ciudad y la palabra parece más que afianzado por la tradición y por la modernidad; bien merece ir pensando en establecerlo bajo techo.

“Ciudadanos del mundo, en nombre de mi patria, pido la palabra”, escribió el poeta boliviano Eliodoro Aillón: “En nombre de mi pueblo, sencillo como el agua de la acequia, pido la palabra”.

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