Suárez y la memoria sin referente

Time ilustró así los resultados de las primeras elecciones democráticas en España en su portada del 27 de junio de 1977. / Foto: http://www.huffingtonpost.es/

Time ilustró así los resultados de las primeras elecciones democráticas en España en su portada del 27 de junio de 1977. / Foto: http://www.huffingtonpost.es/

Por Marta Perruca

Calles, plazas, avenidas, parques, jardines, teatros, recintos feriales e incluso un aeropuerto llevarán el nombre de Adolfo Suárez. Es una reacción en cadena, casi contagiosa, que se ha producido en el seno de los ayuntamientos e instituciones de media España con el fallecimiento del primer presidente de la Democracia. Por supuesto, esta reacción ha llegado también a la provincia de Guadalajara donde, que sepamos hasta el momento, se pondrá su nombre al parque previsto en la ubicación del antiguo Auditorio Municipal en Guadalajara, a la plaza más importante de Cabanillas y a una de las avenidas de Azuqueca de Henares.

Parece que los callejeros de nuestros pueblos y ciudades están siempre dispuestos a honrar la memoria de algún personaje ilustre fallecido, como si el colocar una placa en una calle o avenida perpetuara su recuerdo, por los siglos, de los siglos. No es un hecho excepcional, sino más bien, algo previsible: Un gesto muy habitual y bastante poco significativo. No es como cuando se murió el Papa y se mandó construir una estatua con un presupuesto desorbitado, para qué vamos a engañarnos. Otorgar el nombre de un emplazamiento, existente o cuanto menos previsto, no representa tantos quebraderos de cabeza y es mucho más económico.

No digo que sea mejor llenar nuestros parques, plazas o rotondas con estatuas del presidente de la UCD, ni pretendo desmerecer a los ayuntamientos de esos pueblos y ciudades que, tras conocer su fallecimiento, se han sumado al carro de buscar entre sus calles y rincones el lugar más apropiado para guardar su memoria, pero, desde mi punto de vista, este tipo de acciones repetidas hasta la saciedad, al final, acaban perdiendo su referente. No se le da el nombre de una calle al personaje por la idea que representa, sino porque es lo que toca. De hecho, ¿cuántos de los personajes con un nombre en los callejeros españoles, no tenemos ni pajolera idea de quiénes fueron?

Algunas de esas localidades, veía el otro día en los informativos, no se han estrujado mucho la mollera  y han escogido para ello la calle del Generalísimo, como una sucesión lógica.

A mí esta semana me ha ocurrido un poco lo que a mi compañero, Abraham Sanz, y el aluvión de noticias y reportajes que ha traído consigo el fallecimiento del símbolo de la Transición Española me ha hecho reflexionar sobre algunas cuestiones. Mi primera impresión fue la sensación de que están desapareciendo paulatinamente todos los iconos de una época, como si ahora se estuviera perfilando el final de una etapa.

Luego pensé que era paradójico que, mientras su muerte reavivaba el recuerdo de ese momento crucial de nuestra historia, uno de sus principales protagonistas, por no decir el artífice principal, se marchara sin memoria, sin recordar siquiera que un día fuera el responsable de tirar del carro de la Democracia, y lo ha hecho justo en los días en los que la criatura que él ayudó a alumbrar parece exhalar sus últimos alientos.

Estaba embebida en raudales de imágenes, vídeos y comentarios de un momento que todavía no me pertenecía, del que solo percibí su eco, y no pude más que lamentarme por la senda que ha tomado el ejercicio de la Democracia en este país. Hubo un tiempo en el que las palabras y los gestos políticos aún tenían referente y significado, cuando decir “puedo prometer y prometo” era una frase poderosa porque significaba que algo iba a materializarse, cuando “soberanía nacional”, esas dos palabras que llenaban los discursos de Suárez en los días en los que se fraguaba el sistema democrático español, eran algo más que simple  teoría política.

Hubo un tiempo en el que un presidente del Gobierno dimitió sin que nadie se lo pidiera por el simple hecho de considerar que no se encontraba en condiciones de servir a su país y, al marcharse de la política, no pasó a formar parte del elenco de consejeros de ninguna multinacional, ni a recibir remuneración alguna con cargo al Estado por su condición de exjefe de Gobierno.

En los tiempos en los que la Democracia empezaba a dar sus primeros pasos en este país, los representantes políticos, verdaderamente, creían en lo que hacían y eran conscientes de que tenían un papel crucial en la historia y una gran responsabilidad. Existía una dignidad política.

Sin embargo, Adolfo Suárez, el primer presidente de la Democracia, llegó al poder prácticamente solo y se marchó de la misma manera.

Asumió su papel en la Transición Española sin apenas apoyos, en un momento convulso, en medio de una crisis económica y con episodios de violencia y terrorismo en las calles. Era un periodo de cambio y cualquier paso en falso podía echarlo todo por tierra.

Salvando las distancias, creo que existen ciertas similitudes entre el momento en el que Suárez se hacía cargo de la jefatura del Estado, con el que nos toca vivir: También vivimos un periodo de transición, en medio de una crisis económica y en el que se deben cambiar las reglas del juego. Éstos también son momentos convulsos y complicados, con episodios de violencia en las calles, pero a diferencia que entonces, hoy “Democracia” es solo una palabra y  “Soberanía Popular” un concepto baldío que ya no se cree nadie.

Entonces decir “puedo prometer y prometo”  inspiraba confianza. Ahora los programas políticos ni siquiera pueden considerarse una declaración de intenciones. En esa época los gobiernos se configuraban para responder a los intereses de los ciudadanos y ahora los ciudadanos simplemente son obligados a responder de los intereses de otras “esferas superiores”.

Supongo que la memoria tiene sus propios mecanismos de defensa y en el caso de Suárez, sencillamente, decidió emprender la huida. No sólo ante los dramas personales que acontecieron en su seno familiar. Creo que no tiene que ser fácil asumir el peso de la responsabilidad del futuro de todo un país para contemplar después cómo sus pilares fundamentales ya ni siquiera se sostienen.

Quizá por eso mismo, para mí, no tenga demasiado significado que esos mismos líderes políticos, que no representan ninguno de los principios que él intentó asentar entonces, pretendan ahora honrar su memoria colocando una placa en cualquier lugar, ya no por la idea que representa, sino porque es lo que toca y queda bonito. El mejor homenaje, a mi juicio, sería, por ejemplo, llevar a cabo el ejercicio de la política con responsabilidad, honradez y vocación de servicio y, sobre todo, con lealtad a los principios democráticos, pero eso requiere mucho sacrificio ¿no?

Vivimos un tiempo sin referentes, en el que las palabras y los gestos apenas tienen ya ningún valor, ningún significado.

¿Qué significa hoy la palabra Democracia?

Homenaje de Televisión Española a Alfonso Suárez

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