Los caprichos de la (des)memoria

La presidenta regional, en un acto del Año Greco.

La presidenta regional, en un acto del Año Greco.

Por Rubén Madrid

Que la memoria es selectiva lo dicen hasta los cuentistas, que tan bien mienten. “La memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos”, he leído estos días en algún sitio del recién fallecido García Márquez, para quien la memoria sería como un filtro para los recuerdos, una suerte de mecanismo de supervivencia que permitiría liberarnos de un peso sin el que resulta humanamente posible seguir avanzando. Tal vez por eso cuando a veces pensamos en épocas difíciles, en los malos tiempos, nos da la impresión de que tampoco fueron para tanto, y nos cuesta incluso recordar los detalles que hacían aquellos días tan dolorosos, tan amargos o tan tormentosos. Es la memoria la que abre y cierra esas puertas.

También la memoria colectiva es selectiva, por motivos que se nos ofrecen igualmente caprichosos, aunque no menos enigmáticos. ¿Por qué celebramos con tanta pomposidad el 2 de mayo y, a rebufo, acontecimientos de segunda fila como la constitución de la primera Diputación en Guadalajara, hace doscientos años, y hemos pasado tan de puntillas por el inicio, desarrollo y final de la Guerra Civil española? ¿Es  normal que despachemos el noveno centenario de Alvarfáñez con unas visitas guiadas y unos menús en los bares frente a la profusión de actos en Guadalajara por El Greco? ¿Por qué nos acordamos -aquí en Guadalajara y ahora, en torno a este 23 de abril- tanto de Antonio Machado y nos olvidamos absolutamente el año pasado del paisano Ramón de Garciasol? ¿Por qué nos disponemos a honrar para siempre la memoria de Adolfo Suárez (“el presidente que nos trajo la democracia”) poniendo el nombre a un parque y no se eleva un monumento en condiciones a los más de 800 republicanos fusilados en el cementerio y arrojados a una fosa común?

No pretendo establecer ahora comparaciones exahustivas entre figuras de diferente consideración (por popularidad, talento o situación histórica) ni entraral detalle en cada caso, que tendrá sus motivos. Lo que sorprende, y mucho, es el modo tan caprichoso que tiene la memoria colectiva de recordar a unas figuras de su cultura o su historia y de olvidar a otras, con notables contradicciones al aplicar incluso criterios como la proximidad a nuestra tierra o su lugar de nacimiento.

Dicho con dos ejemplos: sorprende el arrojo con que las instituciones alcarreñas rinden pleitesía a don Quijote y al Greco, mientras han demostrado la más absoluta incomprensión hacia José Luis Sampedro o Manuel Leguineche, por hablar de dos imprescindibles alcarreños adoptivos fallecidos en el último año.

Me parece oportuno que hagamos región y llenemos nuestras calles de quijotes: resultaría un error querer ver en el personaje la ‘mancha’ del sobrenombre y no la universalidad de la figura. Pero sigo sin salir de mi asombro por el modo en que nos entregamos a estos centenariazos impulsados desde Toledo con generosidad de misas, saraos y talonarios (el Greco está siendo el Año Quijote de Cospedal) mientras enviamos a la sombra a otros personajes concontribuciones muy interesantes a las señas de identidad de la provincia de Guadalajara. Sin ir más lejos, no puede ser que los tributos a José Luis Sampedro se hayan agotado en tres puntuales citas de la Asociación de Gancheros, de los Econoplastas y del instituto que lleva su nombre.

Mil y una veces he mencionado -y no me canseré de hacerlo- el incomprensible asunto de que Buero no tenga casa museo en Guadalajara, como sigo sin entender que no se haya anunciado aún que se pone en marcha la misma iniciativa en Brihuega con Leguineche o similares centros de referencia con otros escritores de la provincia -nativos o adoptivos, que es igual- que son admirados también fuera de nuestras fronteras.

La memoria es selectiva, pero acaso lo sea de manera todavía más tozuda en Guadalajara que, pongamos por caso, una tierra de gentes testarudas como Aragón.

Ruinas de Belchite Viejo, acondicionadas para la visita. // Foto: R.M.

Ruinas de Belchite, acondicionadas para la visita, con un pequeño museo de la paz a la entrada. // Foto: R.M.

Digo esto porque hace apenas unos días marché de excursión a Belchite. Visité allí las ruinas del pueblo viejo, que fue escenario de dos semanas de cruento combate durante la Guerra Civil, a veces casa por casa, con 5.000 muertos en el horrendo recuento de víctimas. Abandonado pocos años después de la batalla y reconstruida la población en un nuevo núcleo, este antiguo pueblo es hoy un monumento a la tragedia donde se pueden recorrer calles con edificios derrumbados, con fachadas agujereadas por los disparos de las balas y con fosas comunes en las que siguen enterrados centenares de combatientes y civiles.

Completar esta visita guiada, como sumergirse durante unas horas en el Museo de la Paz de Gernika, que también recuerda su bombardeo de abril de 1937, no reabre ninguna herida, sino que profundiza en el discurso antibelicista y de denuncia de los fanatismos. Desplazarse a un lugar así (en Guadalajara podrían ser tantos…) o aprovechar un aniversario redondo, como han sido los 75 años de la Guerra Civil, permite reflexionar sobre los sucesos como sin duda se merecen. La memoria es selectiva, la memoria es caprichosa, pero también conviene refrescar la memoria.

Vídeo sobre la Batalla de Guadalajara

¿Cómo es posible que Guadalajara, escenario de episodios fundamentales de la Guerra Civil, no haya levantado todavía un memorial -por pequeño que sea- para recordar el horror causado y para proclamar un mensaje de paz y de digna reconciliación? ¿Cómo es posible que llevemos dos años de celebración a bombo y platillo de esa efeméride menor que es el Bicentenario de la Diputación sin que nadie haya hecho, en cambio, un homenaje institucional a los muertos en la Guerra Civil, sin que ninguna institución ni entidad haya organizado un ciclo de conferencias o sin que, y espero que no me traicione aquí la memoria, ningún periódico (¿hay alguien en la sala?) haya completado una serie de reportajes históricos o haya entrevistado al último superviviente alcarreño de aquella tragedia?

Quedan, siempre, honrosas excepciones: el trabajo incansable del Foro por la Memoria, por supuesto; o el compromiso con la tierra de la editorial Aache, también para hablar de estas cosas, por ejemplo en un libro recién salido del horno que aborda episodios de violencia política durante la guerra en Guadalajara.

De vuelta de las ruinas de Belchite Viejo, camino de Cariñena, mientras venía rumiando algunos de estos pensamientos, el itinerario me llevó por Fuentedetodos, un pequeño pueblo de menos de 200 habitantes rodeado de campos de viñedos y olivares y en el que nació el pintor Francisco de Goya el 30 de marzo de 1746. Allí, por supuesto, puede visitarse la casa natal del pintor y un museo con grabados. Lo raro no es que lo haya. Lo raro es que allí sólo quedase la sombra de su recuerdo.

Un pensamiento en “Los caprichos de la (des)memoria

  1. Pingback: Las heridas abiertas |

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .