Los otros Macondos

Imagen de las nuevas papeleras inteligentes que va a instalar el Ayuntamiento. // Foto: www.guadaque.com

Imagen de las nuevas papeleras inteligentes que va a instalar el Ayuntamiento. // Foto: http://www.guadaque.com

Por Marta Perruca

El fallecimiento de Gabriel García Márquez llegó con retazos de palabras que el viento de la muerte ha traído a nuestra memoria.  A lo largo de esta semana han llegado citas célebres, pasajes de libros perpetuos y hasta el discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura, que pronunció allá por el año 1982. Éste arrancaba con el relato de un navegante florentino, Antonio Pigafetta, que acompañó a Magallanes en su primer viaje alrededor del mundo, en el que  escribió una crónica fabulosa de todo lo que la vista le permitió contemplar en esa América Meridional: “Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen”.

Imagino cómo narraría José Arcadio Buendía el despampanante invento de las papeleras inteligentes que el Ayuntamiento pretende instalar para que los dueños de perros sean más diligentes a la hora de acatar la norma y depositen las cacas de sus animales en los correspondientes contenedores. Quizá, si de uno de los fragmentos de 100 años de soledad se tratase,  fuera el gitano Melquiadés quien declamase a un público entregado los milagros de la ciencia que permiten, en un abrir y cerrar de ojos y a golpe de Tarjeta Ciudadana, identificar a esos buenos ciudadanos que cumplen con el mandato de deshacerse de los desechos caninos como Dios manda.

Acaso Buendía también contaría de esta tecnología un relato trepidante e increíble, que ante los miembros de su comunidad pudiera parecer una aventura fabulosa. Quizá dejara volar su imaginación para interpretar que por fin ha descifrado todos los secretos de la alquimia a través de esta tecnología que convierte las cacas de perro en oro. Bueno, en realidad sólo se sortean hasta 200 euros en vales para clínicas veterinarias de la ciudad, pero en la cabeza de José Arcadio Buendía todo es posible y casi con toda seguridad llenaría cada rincón de Macondo con estos extraños artefactos para colmar de riqueza a todos sus vecinos.

Macondo no solo es una aldea ficticia sacada de un relato complejo y audaz, una historia enredada en las vivencias de seis confusas generaciones. A veces pienso que todos los lugares tienen un poco de su esencia y solo necesitan que un explorador se adentre por primera vez en la espesura de la selva para narrar, desde  su mirada alucinada, todo lo que en ellos acontece.

Y el explorador puede que a su vuelta contase que se perdió buscando raudales de cultura en un lugar que los nativos llamaban eje cultural, pero en el que apenas se daban cita un puñado de edificios curiosos. Que quiso ir allí a un teatro, pero siempre estaba cerrado, por lo que caminó desconsolado hasta toparse con una enorme pantalla que chillaba con miles de luces cuyo mensaje no acertó a descifrar.

Quizá contaría que trató de mitigar su soledad con la compañía de algunos gatos callejeros y, cuando quiso compartir su bocadillo con ellos, unos señores muy serios le reprendieron tal acción y le dijeron que tendría que pagar una multa por hacerlo.

Puede que hablara de un largo camino rojo solo para bicicletas, que pone a prueba la habilidad de los ciclistas con curvas trazadas con escuadra y cartabón y cuestas con una inclinación imposible.

También de un rito de un tanto particular para sanar a los enfermos. Algunos de ellos, los que acuden al hospital en una especie de vehículo de cuatro ruedas, tienen que dar varias vueltas al edificio, hasta que por un incomprensible ritual, se les permite parar. El hospital –diría- es una construcción muy grande y siempre está lleno de gente. Dicen incluso que se ha quedado pequeño y que por eso decidieron levantar otro edificio más. Yo he visto la estructura –continuaría con su relato- pero os aseguro que por más que intenté agudizar la vista, no hallé ni rastro de persona alguna trabajando en su construcción. Quién sabe, podría decir que a pesar de que los nativos hablan su mismo idioma él no se enteraba de nada.

Todo el mundo –narraría- decía que la cosa está muy mal, pero los que mandan allí lo explican de una manera que parece que nadie entiende, por lo que unos y otros se pasan el día discutiendo en lugar de buscar soluciones. Al final la culpa de todo la tiene una tal “Herencia Recibida” y al preguntar a los de allí quien es esa Herencia, nadie me supo contestar.

Y supongo que podría relatar mil historias más y otras tantas anécdotas vividas a lo largo de aquel misterioso viaje por todos los Macondos que se esconden de la realidad tras un disfraz de argumentos falaces.

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2 pensamientos en “Los otros Macondos

  1. Marta, te felicito por semejante narración tan literaria y tan bien hecha. Más que sutiliza, yo diría elegancia en tu pluma. Enhorabuena, cada día te superas, en el fondo y en la forma.

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