Somos menos

Guadalajara ha dejado de ofrecer un medio de vida para una parte de su población, que ha optado por marcharse. // Foto: R.M.

Por Concha Balenzategui

La población de la provincia ha vuelto a bajar en el último año. Son 2.336 personas menos el pasado 1 de enero, según los datos publicados por el Instituto Nacional de Estadística esta semana, y que tienen carácter provisional hasta que se publique el decreto para su confirmación, hacia finales de este año.

Es a todas luces un dato negativo, y no sólo en términos contables, pues viene a confirmar que el descenso del año anterior, de 1.814 personas, marcaba un cambio de tendencia. La población en nuestra provincia no había hecho sino subir de forma continuada desde principios de los 90, y en la última década Guadalajara había sido la provincia española que había crecido a un ritmo más rápido en toda España. Solo hay que ver que si bien hasta el año 2005 Guadalajara no alcanzó los 200.000 habitantes, ya en el año 2012 juntábamos la nada despreciable cifra de 259.537.

Una lectura rápida de estas cifras nos lleva a conclusiones que se me antojan demasiado simplistas, a fuerza de leer sólo las grandes magnitudes. Para empezar, que la tendencia a la baja se da en el conjunto de España y en todas las comunidades autónomas, a excepción de Ceuta y Melilla, que soportan una fuerte presión migratoria. La segunda interpretación viene servida por el hecho de que en Guadalajara el colectivo de extranjeros ha disminuido en 4.230 personas, y del recuento final concluimos que el número de españoles ha crecido entonces en 1.894 personas. Ambos argumentos, evidentemente ciertos, se los oí decir a la presidenta de la Diputación. Ana Guarinos, en su valoración de la noticia para la cadena Ser.

Pero hay mucho más que ahondar en estos flujos de población, porque en la ciencia de la demografía, como en todas las disciplinas de lo humano, las cosas no son blancas, negras ni mucho menos exactas, por mucho que las midamos con cifras.

Remontándonos un poco, no están tan lejos aquellos años ochenta en que nuestra provincia perdía población, sencillamente porque morían más personas que las que nacían. Los flujos migratorios, una vez pasados los años del desarrollismo más fuerte, no eran suficientes para compensar el crecimiento vegetativo negativo. No hay duda que una población envejecida e incapaz de restituirse a sí misma es una señal negativa, desde el punto de vista social y económico.

La tendencia cambió, y Guadalajara fue incrementando sus cifras gracias a la llegada de nuevos pobladores venidos de otras tierras. Primero ligeramente, luego con una energía que la ponía a la cabeza de las estadísticas nacionales. Municipios como Villanueva de la Torre se encaramaban a los titulares de la prensa nacional por su sorprendente capacidad de multiplicarse varias veces en un corto espacio de tiempo.

El crecimiento de esos años tampoco era positivo per se, por mucho que lo fuera en términos contables, y venía provocado por dos fenómenos. El primero, el despegue de la inmigración: Si en 1998 los extranjeros eran un 1,15 por ciento del conjunto de los empadronados, en 2012 rozaban el 16 por ciento. Es evidente que si al principio fue una escalada paulatina, la llegada masiva de los últimos años provocó sus desajustes. Pensemos por ejemplo en la pintoresca situación en los dos municipios donde actualmente, según los datos del INE, más de la mitad de los vecinos son extranjeros. O incluso en los ocho pueblos donde el número de foráneos constituye entre un 30 y un 50 por ciento del vecindario.

La otra causa del vertiginoso tenía su origen a muy pocos kilómetros, en la vecina Madrid, cuyos precios de vivienda expulsaron a sus habitantes hacia tierras de hipotecas menos imposibles. A través de estos nuevos pobladores se multiplicaron los municipios del corredor, y también se produjeron algunos desajustes entre el aluvión de personas y los servicios ofrecidos, o por un urbanismo desenfrenado y poco sostenible que extendía hasta el infinito las hileras de adosados sin pensar en las consecuencias.

Hoy, estos dos fenómenos han cesado. Los extranjeros menguan porque si les falta el sueldo nada les ata a estas tierras. Y tampoco las viviendas tienen una demanda en las actuales condiciones del mercado. Y la estadística ha dado la vuelta de nuevo como un calcetín, y nos encontramos perdiendo vecinos.

Hay que pensar que a pesar de algunos efectos negativos de los excesos del reciente modelo de desarrollo, no podemos renegar totalmente de él, pues también tenía sus beneficios. Y si Guadalajara ha dejado de ser competitiva como asentamiento de población, si ha perdido capacidad para atraer personas, y más aún las expulsa, es un mal asunto.

El descenso de población no deja de ser el síntoma de que nuestra provincia ha dejado de ofrecer un modo de vida factible para miles de personas, muchas de las cuales han hecho las maletas, y que son sólo la punta del iceberg de una gran cantidad que tampoco encuentra manera de ganarse las habichuelas, aunque aún no haya explorado nuevos horizontes.

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3 pensamientos en “Somos menos

  1. Un comentario muy lúcido, como todos los tuyos. El tema, esta vez, se refiere al número de pobladores. Lo que no analizan las cifras del INE, es la capacidad económica y de consumo de esos pobladores. Guadalajara está, sin ninguna duda, en la cola de la riqueza, aquí solo o casi solo existen pensionistas, parados, inmigrantes que sobreviven con ayudas, etc…

  2. Pingback: Perdiendo fuelle |

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