Los gatos de mi callejón

Comederos en la plaza de Dávalos.

Comederos en la plaza de Dávalos.

Por Concha Balenzategui

Unos con la mente puesta en Lisboa, otros en Bruselas. Así que los que no sentimos pasión por las elecciones europeas –desafecto, que diría Marta Perruca-, y el fútbol nos provoca sarpullidos, llegamos con muy poca pasión a este fin de semana. Para los que no nos jugamos nada el sábado, pero tampoco el domingo -directamente, quiero decir- la jornada de reflexión aparece más tontorrona y sin sentido. Reacia a interferir en las reflexiones políticas del que las tenga, y nada dispuesta a hablar del partido, he buscado un tema que ni de rojos, ni de azules; ni de blancos ni de colchoneros. Un artículo para la reflexión a pie de calle. O a ras de suelo, que es donde me encuentro los curiosos recipientes que despiertan mi indignación, casi tanta como el fútbol.

Son comederos de gatos, al aire libre. Estos de la imagen estaban en la plaza Dávalos, entre árboles, coches y adoquines descolocados. Pero también los hay en el parque del Coquín. Seguro que algún observador peatonal los ha visto en algún punto más de la ciudad. Estos envases de plástico, con comida preparada para los felinos y agua fresquita y limpia, han sustituido a los tradicionales platos con pan y leche que caritativas señoras solían dejar antaño al pie de alguna tapia, o al borde de un solar abandonado.

En el Coquín por ejemplo, junto al colorido y prefabricado edificio de la nueva universidad, antes se apostaba frecuentemente una mujer provista de una bolsa grande, de esas que se usan para la compra, llena de comida para animales, y pasaba un buen rato rodeada de felinos. Desde que, hace unas semanas, una ordenanza prohíbe expresamente alimentar a los gatos callejeros, la amiga de los animalitos ha desaparecido. No la he vuelto a ver. En su lugar han surgido estos comederos, que supongo llenará de noche, a escondidas, para que nadie la sorprenda en su infracción.

Comedero para gatos en el parque del Coquín.

Comedero para gatos en el parque del Coquín.

El resultado es el mismo. Mi barrio, Cacharrerías, está plagado de gatos, como siempre. Como antes estuvo plagado de palomas, y sigue sufriendo las golondrinas que ponen las aceras perdidas. Y de cuando en cuando las cagarrutas de algún perro, porque tenemos un vecino al que no le da la gana llegarse hasta el espacio para deposiciones caninas que se creó, hace ya años, junto al colegio Pedro San Vázquez.

Estoy harta de los incívicos, de los guarros, con todas sus letras, y de los buenos samaritanos que ceban a los gatos para que proliferen sin control. Que se los lleven a casa, los laven y cuelguen sus fotos en Facebook. Pero que no alimenten a los que no están dispuestos a acoger. Lo llevo diciendo años, pero ahora la ordenanza municipal viene a darme la razón. Que los animalitos sueltos, sin control de enfermedades y parásitos, son un riesgo para los humanos, y una molestia para la convivencia. Porque hurgan en los contenedores y papeleras y esparcen la basura por la calle. Porque reparten orines y caquitas donde pisamos los peatones y donde juegan los niños, como este parque y el aledaño colegio.

Hace ya unos cuantos años, varios colegios de la capital sufrieron un verdadero problema porque sus patios se habían convertido en territorio felino. Las alarmas saltaron cuando encontraron un animal muerto, en avanzado estado de putrefacción, y descubrieron el origen de esos gusanos que aparecían en los babis de los más pequeños. Tuvieron que clausurar el arenero y dejar de usar el recinto hasta que se desinfectó todo durante las vacaciones. Entonces no había una normativa con la que frenar el irresponsable gesto de los mantenedores de animales. Pero ahora sí, al menos sobre el papel.

Hace años también que en Guadalajara se lucha contra la proliferación de las palomas, con halcones voladores y jaulas estratégicas, o con aleros protegidos con pinchos. Y hay que reconocer que alguno de estos métodos ha surtido efecto, al menos en mi barrio. El palomar en que se había convertido el Alcázar se ha reducido mucho, y ahora podemos tender la ropa sin temor a encontrarnos una desagradable sorpresa al recogerla. Ahora incluso se permite coger las olivas de los árboles de la ciudad, para evitar que se las coman los pájaros. Todavía no he visto a ningún vecino vareando por los parques, pero todo se andará.

A diferencia de las palomas, los gatos de mi callejón siguen teniendo otra consideración social, una cierta permisividad. La ordenanza es demasiado blanda, seguramente porque se ha tenido demasiado en cuenta la opinión de la asociación La Camada. Por eso se permite que la asociación protectora de animales eche comida a los felinos, porque -según dice la norma- los cazará, les dará un tratamiento sanitario y los castrará. Yo no sé si estos comederos son de los infractores o de la asociación amiga de los animales. Pero viene a ser lo mismo. Porque el resultado es que los alimentan y proliferan. Y es totalmente ilusorio pensar que alguien es capaz de echarle el lazo a un gato callejero.

Resulta también curioso que el Ayuntamiento premie al que cumple con su deber y recoja las cacas de su perro. ¿Por qué no premiamos, por ejemplo, a los que echan la basura en los contenedores correctos, o a los vecinos que salen de casa orinados? Yo propongo dejarnos de medias tintas. Si la normativa municipal es estricta con las personas, y las sanciona por hablar a gritos o beber en la calle, más debe serlo con los animales. O, más bien, con los humanos que permiten y promueven que los animales hagan desagradable la convivencia.

Hace años, cuando varios colegios de la ciudad llamaron la atención sobre el problema que los gatos les causaban, escribí un reportaje en la revista El Decano sobre sus causas y sus consecuencias. Y un lector me criticó, en tono de burla, por abordar un tema tan banal. Pero la legión felina que puebla mi barrio cada noche me dice que no hemos ganado la batalla. Un tema menor, seguramente. ¿Qué mejor para una jornada de reflexión anodina y futbolera?

Un pensamiento en “Los gatos de mi callejón

  1. “Es totalmente ilusorio pensar que alguien es capaz de echarle el lazo a un gato callejero” “Que se los lleven a casa, los laven y cuelguen sus fotos en Facebook” Aplausos a la coherencia ¿no?

    Se ha comprobado que la única forma de atajar el problema es controlar las colonias de gatos callejeros es la esterilización y la persecución del abandono y eso es un proceso que no sucede en un día. Las cruentas muertes solo provocan disminuciones temporales, pero luego las colonias reaparecen con igual o más fuerza. El no alimentarlos, obviamente reduce su número, pero no su hambre ni su necesidad de hurgar en la basura.

    Como, evidentemente, los gatos no van voluntariamente al veterinario a esterilizarse, es preciso ganarse primero su confianza alimentándolos, hasta que se pueden recoger en jaulas, esterilizarlos y devolverles a su entorno. Al profano le parecerá irrisorio, pero se ha demostrado que es la forma más efectiva. Sería bueno contrastar con algún experto, o con la misma Camada antes de criticar la acción.

    Particularmente, los gatos callejeros, que nunca se acercan al humano, tienen menos posibilidad de pegar una enfermedad a un niño que cualquier compañerito de clase. Y yo me preocuparía más del veneno depositado por algún desalmado con el que puede jugar un niño y provocarle una intoxicación.

    En fin, espero que entre todos seamos capaces de encontrar una solución que satisfaga a todos y se base en el respeto de los animales. Ya es de sobra conocida la frase de Gandhi de que la grandeza de una sociedad se juzga por cómo trata a sus animales.

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