Lo que quisimos ser de mayores

Aurora Egido, junto al director teatral, José Luis Gómez, durante el acto oficial de su ingreso en la RAE. // Foto: www.culturaenguada.es

Aurora Egido, junto al director teatral, José Luis Gómez, durante el acto oficial de su ingreso en la RAE. // Foto: http://www.culturaenguada.es

Por Marta Perruca

¿Qué quieres ser de mayor? ¿A quién no le han hecho esta pregunta alguna vez? Mi sobrino Alejandro, hace algunos años cuando apenas levantaba unos palmos del suelo, se empecinó en que quería ser camarero. Su respuesta, como cabría esperar, no satisfizo a ninguno de los presentes, que enseguida intentamos que cambiase de opinión. Supongo que, como siempre ha mostrado inquietud hacia los animales, esperábamos que dijera algo como explorador,  zoólogo o veterinario, pero ¿camarero? Entonces intervino mi hermano Luis: “Hijo mío, no me importa lo que quieras ser de mayor, como si quieres ser barrendero, lo  que yo espero es que seas el mejor”.

Los “adultos” tenemos la manía de agobiar a los más pequeños de nuestro entorno con esta cuestión, como si a los cinco años pudiésemos tener una conciencia clara y absoluta de qué es lo que queremos hacer el día de un mañana, que todavía se divisa muy lejano. Mi hermano Rafa, por ejemplo, lloró amargamente porque él de mayor no quería ser persona, quería ser el caballo Silver (el equino del Llanero Solitario).

De alguna manera, nos resultan divertidas las ocurrencias de los niños respecto a su futuro, pero lo cierto es que cuando formulamos la pregunta del millón siempre esperamos que éstos, ya sean nuestros hijos, sobrinos, primos o nietos, respondan algo como médico, dentista, astronauta, veterinario o, en su defecto, la profesión de su padre o su madre, cuando, en realidad, no importa demasiado lo que sean, siempre que consigan que aquello les apasione, porque solo de esa manera llegarán a ser los mejores.

De hecho, siempre he creído que mi cuñado Bienve es un gran camarero, desde mi punto de vista, el mejor del mundo, precisamente porque le encanta su trabajo. Regenta un pequeño y modesto mesón en Málaga, que siempre ocupa los primeros puestos en Trip Advisor. Por circunstancias, no pudo terminar sus estudios, pero ha sabido encontrar su camino y, como solemos decir, supera día a día los exámenes de la Escuela de la Vida con matrícula de honor. Ojalá mi sobrino Alejandro fuera en un futuro tan buen camarero como él. Seguramente, entonces, me sentiría tan orgullosa como si hubiera elegido cualquier otra profesión con un nombre rimbombante.

Ahora es mi sobrino Juan el que, como tantos otros jóvenes de la provincia, se enfrenta  a una prueba decisiva. Parece que fue ayer cuando me ponía la cabeza como un tiesto de camino al cole con todas esas historias a medio camino entre la fantasía y la realidad -tenía una imaginación desbordante y hablaba por los codos- y ahora se dispone a dar el primer paso hacia la vida adulta. Hoy, precisamente, termina los exámenes de la temida Selectividad, ese ejercicio cruel con el que nos atemorizaron durante años, haciéndonos creer que de ello dependía el resto de nuestra vida. Nada más lejos. El refranero tiene soluciones para casi todo y ya se sabe que “la vida da mil vueltas”. Quizá John Lennon consiguió describir ese vértigo algo mejor cuando dijo eso de que “la vida es aquello que nos pasa mientras nosotros nos empeñamos en hacer otros planes”.

El caso es que  parece que a los “adultos” nos complace atosigar también a nuestros seres queridos cuando alcanzan su adolescencia y se aproxima el momento de elegir un camino profesional,  aunque la pregunta adquiera entonces un tono algo más grave,  porque ya no se trata de una cuestión concerniente a un futuro muy lejano, sino a la primera decisión importante que tenemos que tomar en nuestra vida cuando nos graduamos: “¿Qué vas a hacer?”

Mi sobrino Juan, al cabo de los años, se había aprendido la respuesta de memoria y no vaciló un segundo: Medicina -dijo ni corto ni perezoso- y entonces también quisimos quitarle la idea de la cabeza. Supongo que los “adultos” somos así de cenizos: Que si es una carrera muy dura; que si no te va a dar la nota; que si esto; que si lo otro; que si lo de más allá (bla, bla, bla…). A veces pienso que nos encanta escucharnos a nosotros mismos y nos olvidamos con demasiada frecuencia de que la vida consiste precisamente en equivocarse, porque si miramos atrás ¿cuántos de nuestros errores terminaron por convertirse en aciertos?

Y no sé si a estas alturas alguien se sorprenderá cuando diga que de lo que realmente quería hablar hoy es de una molinesa ilustre, Aurora Egido, que acaba de ingresar oficialmente en la Real Academia Española (RAE). La verdad es que no sé lo que Aurora Egido contestaría cuando tuvo que enfrentarse a esa inevitable pregunta que nos llega a todos en la infancia “¿qué quieres ser de mayor?”, pero supongo que respondería que “Filología Hispánica” cuando le preguntaron qué quería hacer al terminar sus estudios. Dudo que entonces se imaginara que un día sería doctoraría en Filología Española; que llegaría a ser catedrática de Literatura Española en la Universidad de Zaragoza; que se especializaría en el Siglo de Oro y en la obra de Baltasar Gracián y que, después de recibir innumerables reconocimientos, ocuparía el sillón de la B en la RAE.

Desconozco si en ese momento los adultos de su entorno le auguraron un esplendoroso futuro en el mundo de las letras o permitieron que estudiara una carrera universitaria pensando que un día se casaría, tendría hijos y, como mucho, lograría ser profesora en algún instituto, pero no sé por qué estoy casi segura de que si Aurora Egido fuera uno de esos jóvenes que se enfrenta ahora a la selectividad y a esa otra cuestión de la adolescencia, alguien de su entorno le intentaría quitar la idea de la cabeza, porque “Filología Hispánica, no tiene salidas”.

Los dictados del Mercado se han radicalizado hasta tal punto que nos hemos olvidado de que este mundo también necesita filólogos, filósofos, maestros, profesores, actores, artistas, diseñadores, decoradores… y por supuesto, barrenderos, camareros, taxistas, camioneros, albañiles, fontaneros… entre un amplio abanico de profesiones habidas y por haber.

Desde luego, el ingreso de Aurora Egido en la RAE también ha traído a mi memoria la trayectoria de otros muchos molineses que han conseguido llegar alto a pesar de proceder de una tierra en la que escasean las oportunidades, o precisamente por ello, porque la adversidad forja el carácter. Algunos de ellos han sido  reconocidos por la Asociación Tierra Molinesa en sus premios anuales, entre los que se encuentran multitud de catedráticos, empresarios, altos funcionarios, deportistas, artistas… y sin poder evitarlo, me he acordado también de las insinuaciones de la presidenta regional, María Dolores Cospedal, sobre esa escuela rural que entendía como responsable del fracaso escolar en Castilla-La Mancha y que chocan frontalmente con la gran cantidad de licenciados que ha dado nuestra Guadalajara más rural.

A menudo pienso que, de lo que realmente carece esta sociedad es de personas apasionadas, de esas a las que cuando le plantearon la gran pregunta respondieron sin prejuicios y lucharon por convertirse en las personas que soñaron ser, quizá cuando aún no tenían la capacidad de responder a la otra pregunta de su infancia “¿qué quieres ser de mayor?, pero todo el mundo le hizo creer que podía ser alguien importante con el solo hecho de proponérselo: Esas que no eligieron su profesión de acuerdo a las exigencias del Mercado, sino siguiendo los dictados de su corazón, que suele tener más tino en lo que realmente nos conviene, y con el propósito de ser felices y ser útiles a la sociedad haciendo aquello que más les gusta; todos esos jóvenes que un día no tuvieron miedo a equivocarse y si lo hicieron lograron aprender de sus errores para convertirlos en aciertos.

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