La imagen que nos representa

Guadalajara celebró una jura de bandera civil en 2007. // Foto: www.lacronica.net

Guadalajara celebró una jura de bandera civil en 2007. // Foto: http://www.lacronica.net

Por Marta Perruca

Vivimos tiempos truculentos, en los que parece que se han dado las circunstancias precisas para que empiece a salir toda la mierda de debajo de las alfombras.

No es que en otro tiempo hayamos sido tan ingenuos como para no darnos cuenta de lo que estaba pasando. En el fondo, sabíamos que cada administración tenía sus tejemanejes y que en política siempre han existido intereses oscuros que nada tienen que ver con el servicio al ciudadano. Pero aquello no importaba demasiado, porque en nuestro cinismo, nos habíamos acomodado en una numerosa clase media con acceso a los servicios básicos y a algún que otro capricho que al Capitalismo interesaba que cada vez fuera más ambicioso y, claro, ya no nos conformábamos con ir de vacaciones a Benidorm, queríamos el crucero por el Atlántico y las playas de Punta Cana.

Puede que ahora que nos encontramos empapados por toda esa porquería sea cuando nos rasgamos las vestiduras o que la faz que hemos visto cuando se empiezan a caer las máscaras sea más horrible aún de lo que habíamos imaginado.

A mí, personalmente, toda esta situación me genera rechazo. Rechazo hacia el sistema, hacia nuestros dirigentes, hacia las administraciones, hacia el fisco, hacia la justicia y, sinceramente, en cierta medida, también hacia la sociedad. Ahora se oye mucho eso de “no nos representan” y creo que lo que realmente asusta es que sea así y que, finalmente,  la clase política sea precisamente eso: un fiel reflejo de la sociedad en la que vivimos.

En muchas ocasiones he ahondado en ese vértigo con difícil remedio y entonces, de veras, me han entrado unas ganas enormes de gritar: “¡Paren el mundo que yo me bajo!”, quién sabe,  hacer las maletas y pedir la nacionalidad en otro país, como hacen los artistas o los futbolistas a conveniencia, o presentarme un día cualquiera en el Ministerio de Interior y simplemente decir: “Quiero apostatar”. Huir del mundanal ruido y hacerme ermitaña, ahora que, casualmente, ha quedado  libre una vacante, desde que el querido ermitaño de Montesinos, Francisco Checa, falleciera el año pasado. Pero parece ser que eso no es posible y que una no puede ser apátrida tan fácilmente y pretender vivir en este país, al margen de todo lo que ello conlleva.

No es extraño que ahora que se afanan en cargar sobre nuestras espaldas todo el peso de la quiebra del sistema, tengamos ganas de escapar. Supongo que no es fácil ese ejercicio cruel de mirarse al espejo y comprobar que la imagen que éste nos devuelve no nos gusta en absoluto.

Y este divagar incontrolable por los oscuros recovecos de mi conciencia, no es gratuito, ni casual.  Y es que, no cabía en mi asombro cuando leía en la prensa la convocatoria que realizó el pasado lunes el Ayuntamiento de Guadalajara para celebrar una jura de bandera civil en la ciudad. Luego he comprobado que no es la primera vez que se lleva a cabo -el Consistorio ya la celebró en 2007- ni tampoco se trata de un hecho novedoso, puesto que otras ciudades españolas, como Algeciras, Valencia o Barcelona, han celebrado actos similares recientemente con una participación considerable.

Entiendo que lo cortés no quita lo valiente y que habrá quien pueda sentirse orgulloso de ser español y, al mismo tiempo, condenar los escándalos de corrupción que han salpicado a prácticamente la totalidad de las esferas que representan a nuestro país. Sin embargo, en un momento, me he preguntado cómo alguien, en medio de esta marabunta, puede dar un paso al frente de manera voluntaria para manifestar su orgullo por el Estado Español.

Claro, que ya se sabe que la oportunidad la pintan calva, y es en este preciso momento, en el que la marca “España” está tan degradada, cuando parece preciso llamar a los ciudadanos para configurar imágenes de patriotismo y respaldo a un sistema que se tambalea.

 

Es evidente que  huir es de cobardes y que, ahora que vienen mal dadas, rendirse no puede entrar dentro del guión, aunque tantas veces sienta un tremendo hastío por esta sociedad y fantasee con las idea de una vida eremita. Ahora, más que nunca, se deberían encontrar cauces de unión y consenso para remar todos en la misma dirección y conseguir salir adelante. Me atrevería incluso a afirmar que es igual de necesario restablecer la confianza en la clase política para que ello sea posible.

Pero eso, no se puede encauzar con un acto, en mi opinión, de lo más casposo y arcaico y que, además, recuerda a otra época que deberíamos enterrar de una vez por todas en el pasado. No se puede lograr ensalzando un sentimiento patriótico, como si el hecho de sentirnos españoles avalara las acciones de quienes nos representan.

La situación requiere de hechos reales y pasos firmes. Pide que se depuren responsabilidades, que los fraudes y corruptelas no quedan impunes. Reclama cambios estructurales que engrasen los engranajes de la Democracia, variaciones importantes que logren devolvernos una imagen en el espejo que sí nos represente.

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