Cómo hemos cambiado

Tasa bruta de natalidad en España y en Guadalajara. // Fuente: INE.

Tasa bruta de natalidad en España y en Guadalajara. // Fuente: INE.

Por Concha Balenzategui

Los datos del Movimiento Natural de la Población, publicados esta semana por el Instituto Nacional de Estadística, subrayan de nuevo la tendencia al envejecimiento de la población en la que estamos inmersos desde hace décadas. Además, desde hace unos años, los indicadores hacen notar cómo la crisis económica va alterando nuestra pirámide demográfica.

Cada vez que salen estas estadísticas, los españoles comprobamos que somos más viejos, porque cada vez vivimos más años y cada vez tenemos menos hijos. Volvemos a oír eso de que hay menos mujeres en edad fértil, que cada vez se quedan embarazadas más viejunas, y que tienen menos hijos como media. Para colmo, la diferencia entre el número de personas que nacen y el de fallecidos se va reduciendo paulatinamente, hasta tal punto que en algunas regiones de España ni se produce el relevo suficiente.

El INE no nos da una explicación más allá de sus propios datos. Es decir, si baja bruscamente la natalidad se debe a que las mujeres son menos fecundas (tienen menos hijos por mujer), y porque hay menos féminas en edad fértil, lo que se apoya en que el grupo de “procreadoras” es más pequeño, esto como consecuencia de que bajó la natalidad en los 80 y a principios de los 90, y de que hay menos inmigrantes en España y más españolas emigradas en edad de embarazo. No dice el INE que lo de tener hijos se está convirtiendo casi en un capricho, sea por tendencia o por la crisis económica.

Y es que a veces leemos los datos como si no fueran con nosotros, como si tuviéramos asumidos de forma determinista los fenómenos que están alterando nuestra sociedad, dicho lo de “alterar” sin ningún matiz positivo ni negativo. No se trata de lamentarse, pero sí de reflexionar, de poner los pies en el suelo, cuando una vez al año nos vemos en el espejo de la estadística y nos devuelve una imagen llena de arrugas. Lo de mirar a nuestros vecinos europeos y verlos más añosos no nos quita las canas.

Poner la lupa en los datos de natalidad de Guadalajara nos revela una situación más aguda. El número de nacimientos aquí también ha disminuido por quinto año consecutivo, pero mientras en el conjunto del país se ha reducido un 6’4 por ciento en 2013, en nuestra provincia la caída es del 9’6 por ciento. Desde el año 2008, en que la recién estrenada crisis dio la bienvenida al mundo a 3.152 niños, el número de nuevos bebés se ha reducido nada menos que un 22’64 por ciento en Guadalajara. El último año llegaron 2.570 niños. No estaría yo muy tranquila si fuera fabricante de chupetes, o profesor de educación infantil.

Tampoco viven tiempos de bonanza los vendedores de lápidas o de coronas mortuorias, por mucho que el negocio siempre esté asegurado. Afortunadamente, el número de muertes sigue bajando, y también por suerte, en Guadalajara siguen siendo más los que nacen que los que fallecen. Pero no podemos ignorar que el saldo va siendo paulatinamente más pequeño.

Yo empezaría a preocuparme seriamente si me dedicara a los banquetes de boda o a los trajes de novia. Los datos evidencian que el matrimonio también está en crisis, con apenas 926 enlaces en el año 2013. Desde el año 2002 hasta ahora, la cifra siempre se había mantenido por encima del millar.

Pero sobre todo, realmente estaría intranquila si fuera cura. El último dato me dice que en Guadalajara por cada boda bendecida por la Iglesia se celebran dos “por lo civil” (303 matrimonios católicos frente a 616 exclusivamente civiles). He aquí un cambio vertiginoso, y basta recordar que hasta el año 2000, las bodas civiles apenas eran un 20 por ciento del total en nuestra provincia.

Número de matrominos en Guadalajara. // Fuente: INE

Número de matrominos en Guadalajara. // Fuente: INE

Y esta es una de esas cuestiones que el INE no puede basar únicamente en sus propias cifras, porque hay un componente sociológico o económico clarísimo en que la gente deje de casarse, y más en que no acuda al altar para hacerlo. La sociedad está cambiando a pasos agigantados y la de Guadalajara, con sus particularidades, no deja de hacerlo.

Algunos datos más lo corroboran. Las mujeres tienen su primer hijo a los 31 años como media, cuando al principio de la Democracia parían con 26. La tasa de fecundidad ha bajado alrededor de 20 puntos en ese periodo en la provincia. Pero uno de los datos que más me ha sorprendido al bucear en las estadísticas es el número de niños nacidos, por así decirlo, “fuera del matrimonio”: Uno de cada tres bebés que vinieron al mundo en Guadalajara en 2012 están en esta circunstancia. No cabe aquí el término de “madres solteras”, que ni siquiera el INE usa, en el sentido de mujeres solas o niños no del todo deseados como cabría suponer a mediados de los 70, cuando este grupo apenas llegaba al 1 por ciento. Hablamos de padres -normalmente el bebé tiene un padre y una madre- que no se han casado, seguramente porque no quieren, o de mujeres que emprenden esta aventura de forma independiente, y en ambos casos en plena libertad.

Porcentaje de hijos de madres no casadas, en Guadalajara y en España. // Fuente: INE.

Porcentaje de hijos de madres no casadas, en Guadalajara y en España. // Fuente: INE.

Hay muchos más datos que nos hablan de una sociedad cambiante, con familias cada vez más pequeñas, jóvenes que se van de casa a edades tardías o mayores que viven solos. Son una realidad que no podemos ignorar, pinceladas de la sociedad en que vivimos, y que debe ir adaptándose a las nuevas costumbres con una velocidad lo más pareja posible a la que se producen los fenómenos. Hasta la Iglesia católica va tomando nota de los cambios, y parece empezar a armarse para combatir la crisis de matrimonios.

Nos tocará fabricar menos lápidas o menos chupetes, como decía un tanto a la ligera al inicio de este artículo. Pero sobre todo tendremos que empezar a gestionar los recursos pensando más en geriátricos que en guarderías. Tenemos que admitir que a los que aquí estamos nos gusta cada vez menos el humo de las velas y echamos mano de los anticonceptivos con más frecuencia. Debemos contar los que vivimos, los que llegan y los que se van, pero no solo de manera numérica, sino apreciando las nuevas formas de convivencia que hemos elegido o a las que las circunstancias nos están sirviendo.

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