Unos números bárbaros

Marta Torres, directora de 'Alegría, palabra de Gloria Fuertes', recoge el Max.

Marta Torres, directora de ‘Alegría, palabra de Gloria Fuertes’, recoge el Max.

Por Rubén Madrid

La Consejería de Cultura de nuestra región considera que una obra premiada con un Max, el Goya de las artes escénicas, apenas merece un aprobado justo en una valoración supuestamente técnica. El dato es tan elocuente que aquí podría empezar y acabar el artículo de hoy, dejando que ustedes escojan su lectura de este hecho: ¿Ineptitud o mala baba? Posiblemente no sabrían decir qué es peor.

La anécdota, ilustrativa en sí misma, sitúa sobre el tapete varios asuntos relevantes. En primer lugar, el maltrato que viene denunciando el mundo de la cultura en Castilla-La Mancha, en general, y las compañías de teatro, en particular; y por otro lado, todas las derivaciones, la mayoría peligrosas desde un punto de vista de salud democrática: si existe caza de brujas contra quien levanta la voz, si pagamos a gestores que defienden otros intereses diferentes a los generales o que están insuficientemente capacitados para su labor, y si tenemos consejeros que hacen lo contrario de lo que dicen, por ejemplo cuando hablan de fomentar la cultura o cuando defienden en sus discursos institucionales el apoyo a las pequeñas empresas de la región.

La denuncia a la que me refiero se resume con pocas palabras: para recibir unas ayudas estatales para sus giras, las compañías de todo el país necesitan que sus comunidades autónomas realicen una baremación de sus proyectos escénicos que resultan determinantes en la cuantía que finalmente recibirán. Los grupos de la región, según la asociación de profesionales Escenocam, sospechan que su Consejería –la nuestra, la de Marcial Marín- les infravalora. Aluden al cantoso caso de la obra de Teatro de Malta que recibió el Max al Mejor Espectáculo Infantil con ‘Alegría, palabra de Gloria Fuertes’, que fue valorada con 9 puntos sobre 15 (“un aprobado justo”). Pero completan su denuncia al indicar que ningún proyecto de una compañía de la asociación ha obtenido la máxima puntuación y que la mayoría obtuvo nueve sobre quince. Es decir, un aprobado justo, raspado, por los pelos.

“¿Prevaricación o incompetencia?”, se preguntan desde la compañía Teatro de Malta. ¿Tenemos tan mal teatro?, ampliamos nosotros, incapaces de creer que nuestros funcionarios hagan mal su trabajo.

No es la primera vez que la asociación de compañías escénicas polemiza con la Junta a propósito de las políticas que el Gobierno regional lleva a cabo durante esta legislatura, apuntando que la falta de apoyos sitúa a las empresas castellano-manchegas en desventaja con respecto a las de otros lugares del país, más y mejor respaldadas por sus administraciones. También ha criticado el cierre del Moderno (qué manías: compañías de teatro criticando el cierre de un teatro) y realizó un duro informe el año pasado concretando en cifras las consecuencias de los recortes.

De estos desacuerdos pueden venir, sospechan en la asociación de compañías, la desatinada baremación de las obras. “Si la expresión pública de mi desacuerdo con la supresión de las ayudas a las artes escénicas le ha valido un aprobado pelado a un proyecto al que la opinión general le ha otorgado mucho más valor, considero que estos hechos son constitutivos de delito”, le ha escrito al consejero la directora de la obra ganadora del Max, Marta Torres, que se sigue debatiendo entre dos opciones en busca de una explicación: “si tan solo ha sido la aplicación de una caprichosa manera de valorar, es síntoma de una incompetencia imperdonable”.

En contexto. Más allá de la larga batalla entre la asociación sectorial y las autoridades, la insatisfacción del mundo de la cultura, y sobre todo del mundo del teatro, es monumental. Me parece interesante como prueba de ello un apunte que hacía otro alcarreño, José Luis Matienzo –director de Escarramán– a la misma noticia en las redes sociales: “No es que un premio Max sea mi religión, pero que no alcance nivel para girar por CLM… Mi compañía lleva años representando a España por el extranjero (solo considero que representó a España cuando la Administración me ayuda, si no me represento a mí mismo) y llevo años no cumpliendo el mínimo para CLM. ¿Será que no tenemos la calidad exigible, serán las condiciones legales y administrativas impuestas, o será que programa gente que considera el teatro un marrón al que les obliga su trabajo de bibliotecario, animador sociocultural, organizador de cabalgatas, ferias populares, romerías y/o carnavales?”.

Ultramarinos de Lucas durante una actuación en un colegio. // Foto: R.M.

Ultramarinos de Lucas durante una actuación en un colegio. // Foto: R.M.

Desde hace un tiempo, las compañías alcarreñas no son profetas en su tierra… aunque sí en muchas otras. Resulta significativo del panorama teatral arriacense que la ciudad se haya quedado sin ver funciones de calidad que giran por todo el país, mientras el Festival Ducal de Pastrana recupera a hombres de teatro de la talla del propio Matienzo (el año pasado) o de Fernando Romo, en esta edición; mientras Yebes monta el magnífico ciclo primaveral ‘¡Cuánto cuento!’ con un plantel de artistas de primera fila ligados a Guadalajara, como Circo Sentidos o Carlos Jano; y mientras un ciclo reivindicativo en ‘la puñetera calle’ de Amigos del Moderno logra no sólo completar una programación digna de cualquier festival, sino además dar la oportunidad de que algunos de estos artistas actúen ante sus vecinos. Llamativo fue el caso de la actriz polaca, Malgosia Szkandera, afincada en la ciudad, cuyo montaje ‘Lady Bag’ ha girado por todo el mundo y del que en su ciudad sólo hemos podido ver una deliciosa pero escasa muestra de media hora, gracias precisamente a este ciclo reivindicativo.

Otra de las compañías más en forma, Ultramarinos de Lucas, recorre escenarios de Logroño, Ávila o Marchamalo, pero sigue sin estrenar algunas de sus obras en cartel en Guadalajara capital. ¿Falta calidad? Resulta obvio que no. Valga una muestra, por si hiciera falta: celebró sus 18 años sobre las tablas en la Sala Cuarta Pared, uno de los templos del teatro alternativo de Madrid. Hace un mes actuaba en La Casa Encendida, también en Maddrid. A los Ultramarinos no se les caen los anillos por adaptar sus montajes para un colegio o para el ciclo callejero de Amigos del Moderno, pero resulta incomprensible que no se les abra las puertas del Buero para que muestren su trabajo en plenitud.

Puestos a baremar, no está de más recordar que Ultramarinos, Szkandera y demás puntuarán siempre por encima del casposo espectáculo de moros y cristianos que brindó hace unos días una compañía valenciana en el IX Centenario de Alvar Fáñez.

Actitud y no aptitud. Ya hemos señalado en otras ocasiones los problemas de actitud que encontramos en los gestores de la cultura, principalmente en la concejala Nogueroles y en el consejero Marín. Una persona muy sabia de la cultura alcarreña me decía no hace mucho que los tan habituales y sonados encontronazos de la cultura local con el albaceteño se debían más a su ineptitud que a una estrategia especialmente ofensiva con las artes y las letras.

Uno también querría ser bienpensante y darle la razón, pero esta respuesta se queda escasa para explicar que, con mejores o peores resultados, desde el Gobierno regional se vuelquen con el vino frente a lo que hacen con los cuentos, o den alas a los toros cuando se las cortan al teatro. Lo mismo se puede decir con los derroches de entusiasmo de la concejala en turismo, materia en la que apenas nos queda ya asistir a unas fallas a las puertas del Dublin House.

Hay una más que fundada sospecha de que nos enfrentamos a un problema de actitud tanto o tan grave como el de aptitud. En ciertos corrillos es ya célebre la frase del presidente de una asociación cultural diciendo que nuestras autoridades son expertas en buscarle un problema a cada solución. En mil detalles se advierte cierta ojeriza. Valgan algunos recientes: impedir el reparto de periódicos gratuitos en el CMI de Aguas Vivas; no encontrar locales donde alojar a las asociaciones que dinamizan nuestras vidas sin ánimo de lucro; poner trabas a actividades de calle como un concierto en una terraza del centro o la fiesta del Rincón Lento; y prohibir la tradicional cena a los voluntarios del Maratón de los Cuentos en la Biblioteca y quererles cobrar cien euros por hacerla en el Patio de los Leones del Infantado.

Frente a estos comportamientos, da gusto redescubrir las palabras del que fuera alcalde republicano Marcelino Martín, cuando decía que “hacer hombres cultos es hacer hombres revolucionarios, constructores de un mundo nuevo” y que “la cultura es, por eso, la diosa más fecunda de todas las diosas que el hombre ha sido capaz de crear”. O leer las palabras de una de las antecesoras de Marín en el cargo, la guadalajareña Soledad Herrero, en un artículo con motivo del Día Internacional del Teatro en el que hablaba con pasión: “Pasen y cuéntenlo. Es el teatro. Y su vitalidad siempre renovada se celebra hoy con la alegría de un bien necesario en todo el mundo. Su mayor atractivo, la fuerza irresistible que le hará superar todas las crisis es esa capacidad de convertirse en bálsamo con el que un ser humano puede hasta anticiparse a sus heridas”.

Decía Goethe que todo hombre sordo a la voz de la poesía es un bárbaro. Pongan teatro donde dice poesía y tendrán a un consejero por bárbaro. Dijo también el paisano Buero Vallejo: “los que amamos el teatro sabemos que el maravilloso y revelador espejo de la vida humana que es siempre y que ha sido durante veintitantos siglos debería subsistir; sabemos que una sociedad sin teatro sería una sociedad gravísimamente mutilada”.

Mal estamos, don Antonio, a las puertas de su centenario. Nuestros bárbaros mutilan, recortan, infravaloran.

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